viernes, 27 de diciembre de 2013

Añorada Navidad


Del preámbulo de aquella navidad de la posguerra, cuya principal actividad giraba en torno a  la búsqueda de serrín, musgo y figuritas, como parte de un todo, que terminaría haciendo posible como cada año en nuestros hogares, la recreación del Nacimiento del niño Dios. Recreación que en la iglesia del pueblo, recuerdo en el lado derecho del crucero (Transepto) donde se encontraba la imagen de la Inmaculada. Hoy, de aquella pueril y acontecida ilusión que comenzaba en diciembre, y en la que los niños y niñas de mi época hablábamos de los reyes magos; de aquella…solo queda el recuerdo vago y añorado.

Por aquel entonces, no se hablaba de Papá Noel. Un Papá Noel que transportado en su mágico trineo tirado de renos voladores, es hoy por así decirlo, el encargado de dejarle a estas niñas y niños los primeros regalos de la Navidad, al pie de un árbol que ha enraizado con fuerza en la mayoría de los hogares españoles. Un árbol, que ha ayudado a desplazar y borrar de nuestras mentes y hogares, la implicación de la familia, en el montaje de aquel ameno y festivo escenario, elegido para el entonces llamado Nacimiento.

Mucho ha llovido desde aquella escopeta que disparaba tapones de corcho, de aquella muñeca de cartón, de aquel portaaviones o tambor de hojalata…de la ilusión de aquellos niños y niñas, hoy abuelos y abuelas, que nos dormíamos con el afán de encontrarnos en nuestro ansiado despertar, aquel soñado juguete, que en muchas ocasiones terminaba siendo solo eso…un sueño desvanecido entre lágrimas

La vida sigue, y  se continua alimentando la ilusión de unos Reyes Magos, a día de hoy un tanto olvidados, y en plena competencia con un Papa Noel, del que podríamos decir, se ha instalado en nuestra cultura, a la sombra de un árbol cargado de ornamentos y bombillitas; cuyo esfuerzo económico soportan los bolsillos de los mismos que desde antaño, alimentan dicha ilusión.  

Andrés Rubido García

viernes, 13 de diciembre de 2013

Una historia que se repite



Son muchas las veces en las que he mencionado al pueblo que me vio nacer, sazonando cada letra, cada palabra; de nostalgia y recuerdos que hablan de mi niñez. De una época, en la que a pesar de mi acentuada morriña, puedo recordar nítidamente la lacra de la necesidad o miseria, del abuso y de la sin razón, sumadas a la imposición de un gobierno, que acallaba las bocas de los más desprotegidos.

La creación del Instituto Español de Emigración en el comienzo de la década de los 50, marcó un antes y un después. Comenzaban a aflorar las ambiciones que ayudaron a cambiar la forma de pensar, la necesidad de romper con los estigmas de la pobreza, de las marcadas diferencias, de la supresión de los abusos. En definitiva, sobradas razones que fomentaron entre las nuevas generaciones, el rechazo a trabajar la tierra, a calzar las zuecas, a perderse en una fabrica entre miles de kilos de sardinas, bocartes o jureles. Fue la necesidad de romper con la monotonía de vivir esclavizado entre golpes de mar. 

Había llegado el momento del cambio. Un momento que posiblemente fue un grano más de arena, en aquel cumulo de razones, que propiciaron paulatinamente, el cierre de las puertas de aquella veintena de fábricas. La industria conservera, comenzaba a desmoronarse. Una industria que llego a depender de la mano de obra traída de las cercanías del pueblo, con la que poder hacer frente a la gran cantidad de trabajo, que aquellas tarrafas llegadas a la concha, demandaban con sus sirenas.

Tiempos aquellos, en los que comenzaban a sonar con fuerza los ecos de la emigración. Unos nuevos aires que incitaban a despertar en las familias, la necesidad de buscar en tierras extranjeras, un salario más justo, que ayudase al crecimiento. Al intento de cumplir el sueño de muchas personas, a soñar con una casa propia y nueva, a la formación de nuevas familias. Huíamos del estancamiento, de la pobreza, del exceso de trabajo y de la esclavitud. 

Aquellos fueron años, en los que los vientos de la aún lejana prosperidad, comenzaron a despertar entre nosotros, entre muchos de los pixines de aquella época; el deseo de abandonar nuestro terruño.  Para muchos fue un camino largo, pero con un firme deseo de regresar, y que a pesar de los interminables años en tierra extraña, pudieron retornar al lado de los suyos. Para otros, el comienzo de aquella emigración, fue también un dudoso adiós, que con el transcurrir del tiempo, se hizo realidad. Una realidad que a día de hoy y por desgracia, se me antoja machacona.

Andrés Rubido García

domingo, 24 de noviembre de 2013

Donde quiera que estén

Cuando percibo la proximidad de la tormenta, cuando en mis largos paseos por el litoral contemplo la bravura del mar. Aún cuando hallándome al abrigo del hogar, la borrasca hace acto de presencia, con el clásico rugir del viento y la lluvia golpeando los cristales de las ventanas…Cuando tras el deslumbrante relámpago, el chasquido del trueno irrumpe el silencio, seguido de otro relámpago; acude a mi mente el recuerdo de los difíciles momentos vividos en el mar, a lo largo de mi vida como marino. Es aquí, cuando inevitablemente, el temor de los posibles siniestros me entristece, haciéndome imaginar la cantidad de criaturas que estarán sufriendo en silencio el azote del vendaval. Es como volver a revivir todas y cada una de aquellas difíciles situaciones, entre las que solo cabe, la necesidad de creer y aferrarse a esa pequeña porción de esperanza, que en ocasiones, parece difuminarse en un mar de miedo.


Hoy quiero desear la mejor de las suertes, y hacer extensible mi recuerdo, a todos esos compañeros conocidos o no, que al igual que yo en su momento, han hecho del mar su centro de trabajo. Para ellos, toda la suerte imaginable, y mi deseo, de que siempre se rodeen del optimismo de esa esperanza que les acompañará a buen puerto.


A aquellos otros…que aun habiendo sido encontrados sus cuerpos, el silencio continúa siendo la única respuesta del fatal desenlace, mi respeto y mi recuerdo. De igual forma, a los que han sucumbido ante las inclemencias del tiempo, o por otras siniestras circunstancias, perdiéndose entre las aguas. Ellos son la razón, que empuja a familiares y amigos, a dejarse la vista oteando el horizonte del océano…de ellos, nunca podre despedirme, y aunque a la mayoría no los haya llegado a conocer,  mi sentimiento marinero, no me permite dejarlos fuera de ese hueco que permanece abierto en mi corazón. A todos ellos… ¡Hasta siempre!


Andrés Rubido García

jueves, 14 de noviembre de 2013

El Mundo al revés


Por cada día que pasa, por cada noticia que nos llega; mayor es la indignación y la rabia que me embarga. Todo ello, consecuencia de tan funestas aptitudes adoptadas por las autoridades responsables. Preguntas y más preguntas sin respuestas, en este loco mundo, en el que la sensación burlesca, vomitada por parte de los encargados de velar por la seguridad ciudadana, de la justicia, así como por los escalonados fallos en el cumplimiento de ese olvidado sentido de lo que en algún tiempo se conocía como  justicia; se me hace por cada instante que pasa, una, y nunca mejor dicho, puta y amarga realidad. A decir verdad…no entiendo el hecho de que personas imputadas, y enjuiciadas como asesinas y, altamente peligrosas, les estén concediendo el don de libertad. La misma libertad y derecho de la que semejantes alimañas, privaron a sus víctimas; aquellas a las que continúan llorando sus familiares y amigos. 


Por otra parte, que podemos decir de aquellos que disfrutan apropiándose y enriqueciéndose a costa de lo ajeno. Aquellos corruptos y ladrones de cuello duro y trajes de marca…de los más grandes cuatreros jamás vistos. Indeseables personajes que han vivido y viven disfrutando por todo lo alto sin cortarse un pelo. Esos, que presumen de codearse con la créme de la créme, a costa del sudor del pueblo trabajador. 


Por último y por si fueran pocos los desmanes de este mundo vicioso y corrompido; vuelve a los medios de comunicación aquel famoso y tan jaleado eslogan: “NUNCA MAIS”. Lo hacen con tal negatividad, que se me empieza antojar que puede llegar a desmoronarse, como consecuencia del reparto “juicioso” de penitencias, ofertado por las autoridades competentes. A ellos, les pediría que tuviesen los cojones necesarios para revivir a través de video, las desastrosas imágenes que emanadas del las corroídas entrañas del “Prestige”, inundaron y embadurnaron de negro las costas de Galicia. Digo esto, porque cabe la posibilidad de que a estos Señores, que seguro no sintieron la necesidad de mancharse las manos con aquel negro petróleo; se les haya podido escapar algún detalle, con el que sopesar razonablemente la realidad de la tragedia.  Una catástrofe cuya negra huella aún vive en la mente de todo un pueblo. Una gran catástrofe medioambiental, de la que gracias a la unidad y entrega de un pueblo, de todo un país, que voluntariosamente se digno a prestar la ayuda necesaria; evitaron con ello, mayores y negativas consecuencias. Todo ello, mientras los más grandes culpables y responsables de la gran catástrofe, continúan después de once años y a día de hoy, riéndose de un pueblo, gracias a la incompetencia de los que sentados en una poltrona, dictan y nunca mejor dicho, fallo tras fallo; sentencias injustas que rubrican a golpe de martillo, en alguna sala de lo que podríamos dar en llamar: Palacio de Injusticias. 


Andrés Rubido García

sábado, 2 de noviembre de 2013

En un día como hoy


En un día como hoy, perdona si no he ido a ponerte flores, si no he ido a santiguarme y rezar ante tu lápida. En un día como hoy, he dedicado mí tiempo al igual que cuando era un niño…e igual que entonces, me he llenado de emoción imaginándote mientras contemplaba tu foto. 

Si supieras las veces que me he imaginado entre tus brazos. Tantas, como veces he visto a mi esposa estrechar a nuestros hijos…a tus nietos. Sentir el calor de madre, aquel que me brindo la tuya, mi abuela. Aquella mujer que hablándome de ti, se le inundaban los ojos de lágrimas, de la misma forma que se me inundan los míos al escribirte. Extraña emoción que me invade cuando te nombro en silencio, cuando trato de recordar momentos vividos junto a ti; y a los que mi mente se niega a responder.

Me queda el consuelo de conservarte en mi mente, aunque la imagen me llegue a través de antiguas fotos, que guardo con el mismo cariño, con el que te abrazaría y te besaría en estos y en todos y cada uno de los momentos en que te recuerdo, si te tuviese a mi lado…

En un día como hoy, tan solo quiero decirte y expresarte con palabras, lo que por carencia física no he podido. Hoy, como cada día quiero decirte…imaginando tu bello rostro entre mis manos; que conservo en mi corazón, todos los besos que me distes en esas imágenes que mi mente no recuerda, pero que mis sentimientos de hijo me hablan de ellos, y es por eso, que una vez más beso tu foto y te digo “mamá…te quiero”

Andrés Rubido García

viernes, 23 de agosto de 2013

Hurgando en mi baúl


Lejos de cuestionar la necedad o debilidad, ante el hecho de avivar los recuerdos; confieso ser todo un bohemio, gustoso de perderse entre aquellos que han endulzado una parte de mi vida. De los malos, tan solo procuro rescatar, aquellos que sin pretender convertirlos en un mal menor,  me sirven como experiencia y referente, para aprender a aceptar, a canalizar, o simplemente para no volver a equivocarme.

De entre los buenos e imborrables recuerdos, acuden a mi mente, familiares y amigos que al igual que yo, viven en otros puntos geográficos, y en ocasiones, se emocionan suspirando por su pueblo. Sentimientos naturales y propios del ser humano, que a mí personalmente, me motivan y transportan en el tiempo. 

Cuantas veces hurgando en aquella caja de fotos, o en aquel  álbum, en el que las imágenes en blanco y negro, me invitan a detenerme, a contemplar y a acariciar con mis dedos,  aquellas  descoloridas y envejecidas por el paso del tiempo. Aquellas que si bien en su momento no les di importancia, hoy son una puerta abierta a multitud de recuerdos. Una simpleza que me lleva a retroceder en el tiempo, haciéndome revivir recuerdos plagados de imágenes, de escenas que a pesar de los años, se mantienen vivas en mi mente. Es la magia del tiempo impregnada en aquellas inmortalizadas imágenes, cuya huella amarillenta no impide el hecho de que solo con mirarlas, haga brotar en mí la nostalgia.

Subir la calle de la Iglesia y pararme en el taller de zapatería que había al comienzo de la misma, o acompañar a mi abuela hasta la tienda de la Señora Josefa del Canelo, en la que acostumbraba a entrar. Recuerdo a la señora Josefa, quitar la tapa de uno de aquellos enormes frascos de cristal, para ofrecerme un caramelo; luego, salíamos por la puerta que daba a la calle  de Las Angustias, llevándome además del sabor del caramelo, el agradable aroma del pan recién hecho. Eran ocasiones en las que acompañaba a mi abuela a hacer la compra, y en las que en el trayecto que separa la Laguna del centro del pueblo, solíamos pararnos con las personas, mayormente señoras que conocían a mi abuela; de las que siempre escuchaba como remate de aquel obligado saludo e intercambio de aquel inevitable ¿Como lle vay?, la frase que hacía referencia a mi madre: ¡María Vicenta!...Malo do que se vay.  Misceláneas y añoradas iconografías, entre las que vislumbro los juegos en una playa, hoy menguada, y en la que en ciertas ocasiones, comía aquel bocadillo de sardinas en aceite, comprado por mi abuelo en la tienda de marino; mientras esperaba para ayudarle con el pescado que compraba. El entorno de la Lonja de pescados, un rincón  del que también guardo muchos recuerdos. En ellos veo a mi primo Pancho, o a Suso, subastando el pescado; o a alguna que otra mujer pelando un lote de rayas con la ayuda de una navaja y un alicate. Apoyadas sobre la pared de la lonja, una gran cantidad de bicicletas, algunas con una caja de madera sobre su porta paquetes, esperando a ser cargada de sardinas o jureles, para su posterior venta por las aldeas. Otras un poco más cuidadas y sin esa caja de madera, eran el medio de locomoción utilizado por la mayoría de los fabricantes que acudían a la subasta. Mentiría, si no extendiese mis recuerdos a o gordiño, un icono de aquel entorno animado por su peculiar forma de tararear y cantar aquella letra do Rodaballo. 

Vivencias de antaño, compartidas con familiares y amigos, que tristemente se quedaron por el camino, y que gracias a esos imborrables recuerdos, siguen a mi lado. Recuerdos que mantengo vivos y no precisamente por su valor  encomiable y significativo; mayormente, por ser la verdadera razón de mantener un trozo de mi ser anclado a un rincón y a sus gentes, a esos familiares y amigos, que aunque lejos, me consta que podrán leer y entender estos sentimientos, por los que a pesar de los años, continuo queriéndoles con el mismo apego del pixin, que siempre fui y seré, a pesar de la distancia y de los años.

Andrés Rubido García