Del preámbulo de aquella navidad de la posguerra, cuya principal
actividad giraba en torno a la búsqueda
de serrín, musgo y figuritas, como parte de un todo, que terminaría haciendo posible como cada año en nuestros
hogares,
la recreación del Nacimiento del niño Dios. Recreación que en la iglesia
del pueblo, recuerdo en el lado derecho del crucero (Transepto) donde se encontraba
la imagen de la Inmaculada. Hoy, de aquella pueril y acontecida ilusión que comenzaba en diciembre, y
en la que los niños y niñas de mi época hablábamos de los reyes magos; de
aquella…solo
queda el recuerdo vago y añorado.
Por aquel entonces, no se hablaba de Papá Noel. Un Papá Noel que
transportado en su mágico trineo tirado de renos voladores, es hoy por así decirlo, el encargado de dejarle
a estas niñas y niños los primeros regalos de la
Navidad, al pie de un árbol que ha enraizado con fuerza en la mayoría de los
hogares españoles. Un árbol, que ha ayudado a desplazar y borrar de nuestras
mentes y hogares, la implicación de la familia, en el montaje de aquel ameno
y festivo escenario, elegido para el entonces llamado Nacimiento.
Mucho ha llovido desde aquella escopeta que disparaba
tapones de corcho, de aquella muñeca de cartón, de aquel portaaviones o tambor de hojalata…de la ilusión de aquellos niños y niñas, hoy abuelos y abuelas, que nos dormíamos con el afán de
encontrarnos en nuestro ansiado despertar, aquel soñado juguete, que en muchas
ocasiones terminaba siendo solo eso…un sueño desvanecido entre lágrimas.
La vida sigue, y se continua alimentando la ilusión de unos Reyes Magos, a día de hoy un
tanto
olvidados, y en plena competencia con un Papa Noel, del que podríamos
decir, se ha instalado en nuestra cultura, a la sombra de un árbol cargado de ornamentos
y bombillitas; cuyo esfuerzo económico soportan los bolsillos de los mismos que
desde antaño, alimentan dicha ilusión.
Andrés
Rubido García

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