Son
muchas las veces en las que he mencionado al pueblo que me vio nacer, sazonando
cada letra, cada palabra; de nostalgia y recuerdos que hablan de mi niñez. De
una época, en la que a pesar de mi acentuada morriña, puedo recordar nítidamente
la lacra de la necesidad o miseria, del abuso y de la sin razón, sumadas a la
imposición de un gobierno, que acallaba las bocas de los más desprotegidos.
La
creación del Instituto Español de Emigración en el comienzo de la década de los
50, marcó un antes y un después. Comenzaban a aflorar las ambiciones que
ayudaron a cambiar la forma de pensar, la necesidad de romper con los estigmas
de la pobreza, de las marcadas diferencias, de la supresión de los abusos. En
definitiva, sobradas razones que fomentaron entre las nuevas generaciones, el
rechazo a trabajar la tierra, a calzar las zuecas, a perderse en una fabrica
entre miles de kilos de sardinas, bocartes o jureles. Fue la necesidad de
romper con la monotonía de vivir esclavizado entre golpes de mar.
Había
llegado el momento del cambio. Un momento que posiblemente fue un grano más de
arena, en aquel cumulo de razones, que propiciaron paulatinamente, el cierre de
las puertas de aquella veintena de fábricas. La industria conservera, comenzaba
a desmoronarse. Una industria que llego a depender de la mano de obra traída de
las cercanías del pueblo, con la que poder hacer frente a la gran cantidad de
trabajo, que aquellas tarrafas llegadas a la concha, demandaban con sus
sirenas.
Tiempos
aquellos, en los que comenzaban a sonar con fuerza los ecos de la emigración.
Unos nuevos aires que incitaban a despertar en las familias, la necesidad de
buscar en tierras extranjeras, un salario más justo, que ayudase al crecimiento.
Al intento de cumplir el sueño de muchas personas, a soñar con una casa propia
y nueva, a la formación de nuevas familias. Huíamos del estancamiento, de la
pobreza, del exceso de trabajo y de la esclavitud.
Aquellos
fueron años, en los que los vientos de la aún lejana prosperidad, comenzaron a
despertar entre nosotros, entre muchos de los pixines de aquella época; el
deseo de abandonar nuestro terruño. Para
muchos fue un camino largo, pero con un firme deseo de regresar, y que a pesar
de los interminables años en tierra extraña, pudieron retornar al lado de los
suyos. Para otros, el comienzo de aquella emigración, fue también un dudoso
adiós, que con el transcurrir del tiempo, se hizo realidad. Una realidad que a
día de hoy y por desgracia, se me antoja machacona.
Andrés
Rubido García

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