viernes, 13 de diciembre de 2013

Una historia que se repite



Son muchas las veces en las que he mencionado al pueblo que me vio nacer, sazonando cada letra, cada palabra; de nostalgia y recuerdos que hablan de mi niñez. De una época, en la que a pesar de mi acentuada morriña, puedo recordar nítidamente la lacra de la necesidad o miseria, del abuso y de la sin razón, sumadas a la imposición de un gobierno, que acallaba las bocas de los más desprotegidos.

La creación del Instituto Español de Emigración en el comienzo de la década de los 50, marcó un antes y un después. Comenzaban a aflorar las ambiciones que ayudaron a cambiar la forma de pensar, la necesidad de romper con los estigmas de la pobreza, de las marcadas diferencias, de la supresión de los abusos. En definitiva, sobradas razones que fomentaron entre las nuevas generaciones, el rechazo a trabajar la tierra, a calzar las zuecas, a perderse en una fabrica entre miles de kilos de sardinas, bocartes o jureles. Fue la necesidad de romper con la monotonía de vivir esclavizado entre golpes de mar. 

Había llegado el momento del cambio. Un momento que posiblemente fue un grano más de arena, en aquel cumulo de razones, que propiciaron paulatinamente, el cierre de las puertas de aquella veintena de fábricas. La industria conservera, comenzaba a desmoronarse. Una industria que llego a depender de la mano de obra traída de las cercanías del pueblo, con la que poder hacer frente a la gran cantidad de trabajo, que aquellas tarrafas llegadas a la concha, demandaban con sus sirenas.

Tiempos aquellos, en los que comenzaban a sonar con fuerza los ecos de la emigración. Unos nuevos aires que incitaban a despertar en las familias, la necesidad de buscar en tierras extranjeras, un salario más justo, que ayudase al crecimiento. Al intento de cumplir el sueño de muchas personas, a soñar con una casa propia y nueva, a la formación de nuevas familias. Huíamos del estancamiento, de la pobreza, del exceso de trabajo y de la esclavitud. 

Aquellos fueron años, en los que los vientos de la aún lejana prosperidad, comenzaron a despertar entre nosotros, entre muchos de los pixines de aquella época; el deseo de abandonar nuestro terruño.  Para muchos fue un camino largo, pero con un firme deseo de regresar, y que a pesar de los interminables años en tierra extraña, pudieron retornar al lado de los suyos. Para otros, el comienzo de aquella emigración, fue también un dudoso adiós, que con el transcurrir del tiempo, se hizo realidad. Una realidad que a día de hoy y por desgracia, se me antoja machacona.

Andrés Rubido García

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