De aquellos
inviernos, en los que el aroma del caldo de nabizas inundaba las estancias de
aquella casa de la laguna, cuyas ventanas bañadas por la pertinaz lluvia, y
empañadas por el vaho, que el calor de la cocina de leña en
discordancia con el frio reinante en el exterior, terminaba formando en los
cristales de las mismas…de aquellos, ya solo son vagos recuerdos. Aún así, son
los que me permiten ver con los ojos de la imaginación, los detalles que acuden
a mi mente, al tiempo que hurgo entre los recuerdos; detalles tan infantiles,
como aquel balanceo de las farolas que alumbraban la carretera, cómo único
medio de iluminación por aquella época.
Me parece estar
viendo a mi abuelo, recogiendo el agua que se filtraba entre el alféizar de
alguna que otra ventana y el marco de madera de la misma. Solía poner un trapo
por el que una vez empapado, el agua descendía hasta el cubo en el que goteaba
dicho trapo. Era esta una de tantas tareas que nos regalaba el invierno, sin
olvidar las goteras que pudiesen aparecer en el faiado o desván, como resultado
de alguna teja rota o movida por el viento.
Días,
en los que el respeto o temor a los truenos y relámpagos me angustiaba.
Recuerdo en más de una ocasión, la necesidad de encender alguna vela, como
consecuencia de los apagones producidos por los cortes de luz. Noches de invierno sumidas en una
oscuridad, en la que el resplandor producido por los relámpagos se hacía más
notorio. Un insignificante espacio en el tiempo que podíamos citar como la antesala
del estruendo del trueno, cuyo
potencial, terminaba por hacer flaquear la llama de la vela; fenómenos
a los que acompañaba la consabida oración de mi abuela: Santa Bárbara bendita…los
entresijos del invierno. Un invierno del que no puedo olvidar en estas fechas
por su proximidad, el antroido y las consabidas chaolas. Una exquisitez que comenzaba probando con pizcos de masa, y
el enfado de mi abuela. La impaciencia de probar algo tan sabroso, que
si bien me gustaba comerlas recién hechas, siempre me quedaba el dulce amargo
de la última chaola de aquella fuente, en la que el azúcar se había ido licuando,
para más tarde cristalizarse en el mismo centro de aquella sabrosa chaola. Las
chaolas y los disfraces de aquellos martes de carnaval en el Bahía, son algunos
entre otros recuerdos, de los que dependiendo de las fechas, terminan por
acercarme a mi pueblo, a través de los ojos de mi imaginación. Algo, que para
algunos puede resultar grotesco, pero
que para un pixin con ciertas afecciones de morriña crónica, resulta una
experiencia inolvidable.
Andrés Rubido García

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