martes, 11 de febrero de 2014

Chaolas



De aquellos inviernos, en los que el aroma del caldo de nabizas inundaba las estancias de aquella casa de la laguna, cuyas ventanas bañadas por la pertinaz lluvia, y empañadas por el vaho, que el calor de la cocina de leña en discordancia con el frio reinante en el exterior, terminaba formando en los cristales de las mismas…de aquellos, ya solo son vagos recuerdos. Aún así, son los que me permiten ver con los ojos de la imaginación, los detalles que acuden a mi mente, al tiempo que hurgo entre los recuerdos; detalles tan infantiles, como aquel balanceo de las farolas que alumbraban la carretera, cómo único medio de iluminación por aquella época. 

Me parece estar viendo a mi abuelo, recogiendo el agua que se filtraba entre el alféizar de alguna que otra ventana y el marco de madera de la misma. Solía poner un trapo por el que una vez empapado, el agua descendía hasta el cubo en el que goteaba dicho trapo. Era esta una de tantas tareas que nos regalaba el invierno, sin olvidar las goteras que pudiesen aparecer en el faiado o desván, como resultado de alguna teja rota o movida por el viento.

Días, en los que el respeto o temor a los truenos y relámpagos me angustiaba. Recuerdo en más de una ocasión, la necesidad de encender alguna vela, como consecuencia de los apagones producidos por los cortes de luz. Noches de invierno sumidas en una oscuridad, en la que el resplandor producido por los relámpagos se hacía más notorio. Un insignificante espacio en el tiempo que podíamos citar como la antesala del estruendo del trueno, cuyo potencial, terminaba por hacer flaquear la llama de la vela; fenómenos a los que acompañaba la consabida oración de mi abuela: Santa Bárbara bendita…los entresijos del invierno. Un invierno del que no puedo olvidar en estas fechas por su proximidad, el antroido y las consabidas chaolas. Una exquisitez que comenzaba probando con pizcos de masa, y el enfado de mi abuela. La impaciencia de probar algo tan sabroso, que si bien me gustaba comerlas recién hechas, siempre me quedaba el dulce amargo de la última chaola de aquella fuente, en la que el azúcar se había ido licuando, para más tarde cristalizarse en el mismo centro de aquella sabrosa chaola. Las chaolas y los disfraces de aquellos martes de carnaval en el Bahía, son algunos entre otros recuerdos, de los que dependiendo de las fechas, terminan por acercarme a mi pueblo, a través de los ojos de mi imaginación. Algo, que para algunos puede resultar  grotesco, pero que para un pixin con ciertas afecciones de morriña crónica, resulta una experiencia inolvidable. 

Andrés Rubido García

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