Hay momentos en los que me siento
arrullado por un sentimiento, de cuyas entrañas me nace el deseo de navegar por
el mar de los sueños. Sentirme a bordo de una gamela, sin más remo que una
tabla desprendida de alguna vieja caja, y en la que aún se conserva un tanto
borrosas, las iniciales del que fuera su propietario. Una navegación, en la que
el tiempo ha sido sustituido por el celoso
deseo de recrearme, contemplando los barcos fondeados en la concha. En
ella y por ella, he paseado infinidad de veces mi mirada. Entonces y a pesar de
mi corta edad, ya me gustaba disfrutar de tu generosa belleza.
Correteando y jugando, he
recorrido tus caminos queriendo descubrir algo nuevo; grabando en mi mente
todos y cada uno de los rincones, que a su vez han sido los motivos de mi
obstinada contemplación.
En mi anterior relato, hacía
referencia al aroma de aquel caldo de nabizas; presente muy a menudo en
aquellos inviernos que podían durar lo indecible, y en los que la crudeza de
los mismos, nos limitaba nuestros juegos callejeros. De aquellos inviernos, también acude
a mi mente la época de matanza. Algún
que otro día soleado, y del que se aprovechaba la ocasional bonanza del tiempo
para poder sacrificar aquel cerdo, que había sido comprado nueve o diez meses
antes. Desde que amanecía y la llegada del matachín con sus herramientas se
hacía presente, así como la imagen de aquel banco de madera, o… ¿Por qué no
decirlo? Patíbulo del animal; sus berridos alcanzaban mis oídos mucho antes de
que comenzase la ceremonia, como algo que nunca pude superar. Tan solo, después
de haber sido colgado, y pasado el tiempo prudencial para su despiece; ayudaba
a pelar los dientes de ajo y en alguna que otra ocasión, a contemplar como
llenaban ayudándose de un embudo, aquellas tripas previamente lavadas en el
rio, y que una vez rellenadas, serian las sabrosas morcillas o chorizos que en
largas ristras, se terminarían colgando para su curación, alrededor de la
campana de la cocina de leña.
En la medida que transcurría el
tiempo; entre el olor de las sardinas asadas y el de alguna que otra empanada.
Cuando las manos encallecidas por el arduo y duro trabajo, echaban mano de los
raños para recoger de la tierra el fruto de la siembra de la patata. Entonces,
se acostumbraba a sacudir los rastrojos secos de los terrones, para luego hacer
una hoguera y terminar asando, algunas de aquellas patatas, que se compartían
entre el merecido descanso con el que rematar la cosecha. Esto viene a
recordarme la ayuda que se prestaban entre sí, las familias y vecinos. Una
experiencia que se repetía de igual manera, cuando se acercaba el tiempo de
mallar el trigo; una costumbre, que me habla de la buena relación e intelecto
que unía a los habitantes del pueblo.
Son estos enriquecedores
recuerdos, los que me invitan a navegar sin rumbo fijo, por ese inmenso mar
lleno de añoradas anécdotas, y en su día, compartidas con familiares y amigos,
que a pesar de los años, perduran entre mis recuerdos. Son por así decirlo, los
momentos de ocio en los que, tendido en mi imaginario diván, doy rienda suelta
a la más gratificante terapia. Unos recuerdos, entre cuyas sombras me sumerjo
buscando el consuelo de poder revivirlos a través de la nostalgia, que es por
así decirlo, el sentido amor por la tierra, uno de los ungüentos más
gallegos...la morriña.
Andrés Rubido García

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