Lejos de cuestionar la necedad o debilidad, ante el hecho de avivar los
recuerdos; confieso ser todo un bohemio, gustoso de perderse entre aquellos que
han endulzado una parte de mi vida. De los malos, tan solo procuro rescatar,
aquellos que sin pretender convertirlos en un mal menor, me sirven como
experiencia y referente, para aprender a aceptar, a canalizar, o simplemente para
no volver a equivocarme.
De entre los buenos e imborrables recuerdos, acuden a mi
mente, familiares y amigos que
al igual que yo, viven en otros puntos geográficos, y en ocasiones, se
emocionan suspirando por su pueblo.
Sentimientos naturales y propios del ser humano, que a mí personalmente, me
motivan y transportan en el tiempo.
Cuantas veces hurgando en aquella caja de fotos, o en aquel álbum, en el que las imágenes en blanco y
negro, me invitan a detenerme, a contemplar y a acariciar con mis dedos, aquellas descoloridas y
envejecidas por el paso
del tiempo. Aquellas que si bien en su momento no les di importancia, hoy son una puerta abierta a multitud de recuerdos.
Una simpleza que me lleva a retroceder en el tiempo, haciéndome revivir recuerdos plagados de imágenes, de escenas que
a pesar de los años, se mantienen vivas en mi mente. Es la magia del
tiempo impregnada en aquellas inmortalizadas imágenes, cuya huella amarillenta
no impide el hecho de que solo
con mirarlas, haga brotar en mí la nostalgia.
Subir la calle de la Iglesia y pararme en el taller de zapatería que
había al comienzo de la misma, o acompañar a mi abuela hasta la tienda de la
Señora Josefa del Canelo, en la que acostumbraba a entrar. Recuerdo a la señora
Josefa, quitar la tapa de uno de aquellos enormes frascos de cristal, para
ofrecerme un caramelo; luego, salíamos por la puerta que daba a la calle
de Las Angustias, llevándome además del sabor del caramelo, el agradable aroma
del pan recién hecho. Eran ocasiones en las que acompañaba a mi abuela a hacer
la compra, y en las que en el trayecto que separa la Laguna del centro del
pueblo, solíamos pararnos con las personas, mayormente señoras que conocían a
mi abuela; de las que siempre escuchaba como remate de aquel obligado saludo e
intercambio de aquel inevitable ¿Como lle vay?, la frase que hacía referencia a
mi madre: ¡María Vicenta!...Malo do que se vay. Misceláneas y añoradas
iconografías, entre las que vislumbro los juegos en una playa, hoy menguada, y
en la que en ciertas ocasiones, comía aquel bocadillo de sardinas en aceite,
comprado por mi abuelo en la tienda de marino; mientras esperaba para ayudarle
con el pescado que compraba. El entorno de la Lonja de pescados, un rincón
del que también guardo muchos recuerdos. En ellos veo a mi primo Pancho, o a
Suso,
subastando el pescado; o a alguna que
otra mujer pelando un lote de rayas con la ayuda de una navaja y un
alicate. Apoyadas sobre la pared de la lonja, una gran cantidad de bicicletas,
algunas con una caja de madera sobre su porta paquetes, esperando a ser cargada
de sardinas o jureles, para su posterior venta por las aldeas. Otras un poco
más cuidadas y sin esa caja de madera, eran el medio de locomoción utilizado
por la mayoría de los fabricantes que
acudían a la subasta. Mentiría, si no extendiese mis recuerdos a o gordiño, un
icono de aquel entorno animado por su peculiar forma de tararear y cantar
aquella letra do Rodaballo.
Vivencias de antaño, compartidas con familiares y amigos, que tristemente se quedaron por el camino, y que
gracias a esos imborrables recuerdos, siguen a mi lado. Recuerdos que mantengo vivos y no precisamente por su valor encomiable y significativo; mayormente, por ser la verdadera razón de mantener un
trozo de mi ser anclado a un
rincón y a sus gentes, a esos familiares y amigos, que aunque lejos, me consta
que podrán leer y entender estos sentimientos, por los que a pesar de los años,
continuo queriéndoles con el
mismo apego del pixin, que siempre fui y seré, a pesar de la distancia y de los
años.
Andrés
Rubido García

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