miércoles, 26 de junio de 2013

Una bicicleta de ensueño



Decir que en aquel taller de Xueiras, dormitaba una de mis ilusiones, no es ningún despropósito. Se trataba de algo más que un simple capricho, un deseo convertido en una ilusión por aquella bicicleta, que para mi ciego y adolescente gusto, tropezaba con las 1200 pesetas que costaba. Era por así decirlo, un coste, que para el bolsillo de mis abuelos se presumía sino imposible, difícil, dado los tiempos que corrían. Un sueño, que se diluía una y otra vez, en el reflejo del manillar niquelado de aquella bicicleta, y que Xueiras, solía invitarme a contemplar en cada una de las visitas que acostumbraba a hacerle. 

Aprender a montar en bicicleta fue toda  una osadía y temeridad por mi parte. Aquella tranquila tarde, me dirigí con una vieja bicicleta, a la acera que bordeaba el lateral de la fábrica de tallón, y cuyo acceso conducía a la playa. Aprovechaba como apoyo, la pared de la fábrica a mi derecha, y a mi izquierda unos bidones que aunque pegados al borde de la acera, no terminaban por invadirla. Fue por ese pasillo por el que aprendí a mantenerme, no sin antes haberme caído unas cuantas veces; unas contra la pared, y otras contra los bidones; en definitiva, unos simples rasguños que después de asegurar mi aprendizaje, no me impidieron enfilar la carretera en dirección al puerto, donde pensaba dar la vuelta para regresar y devolver la bicicleta. Por cada metro que avanzaba, me encontraba más contento y seguro de mi mismo. Sin embargo, el manejo del manillar se me antojaba imposible de mover, como si estuviese bloqueado. Pensando en ello me encontraba, cuando a la altura de la fábrica de Fanego, apareció delante de mí una señora que me privaré de mencionar por respeto, y a la que no me cansaba de gritarle ¡¡Apártese por favor!! La Señora, lejos de apartarse me respondió ¡Apártate ti carallo! Al final, sucedió lo que me temía, los nervios y respuesta de novato hicieron de las suyas, el manillar no giraba y por si fuera poco, mis manos aferradas al manillar, tardaron en encontrar los frenos, razón por la que termine atropellándola, con la rueda delantera enmarañada en su vestido y entre las piernas de la Señora, a la que no sabía cómo pedirle perdón. 


Después de tan tremenda peripecia, mi afición por montar en bicicleta fue en aumento, aunque a decir verdad, tan solo dos fueron las bicicletas a las que más acceso tuve. La primera de ellas, era la que me facilitaban en la Ferretería Trinquete durante el tiempo que estuve trabajando como dependiente de la misma. Dicha bicicleta se utilizaba para realizar ciertos servicios de desplazamiento, como era el hecho de ir cada mañana, a recoger cierta cantidad de pan en la tahona de Paco, para luego repartirlo entre la tienda de Bardancas que había en el alto de los Pedrouzos y la casa que la familia Trinquete tenía en Sismundi.  Los otros servicios surgían como consecuencia de tener que acudir al almacén que la ferretería tenía ubicado en el callejón que hoy es conocido como  Rúa Soneira. La otra bicicleta, también fue consecuencia de un nuevo puesto de trabajo. Una empresa para la que también estuve trabajando, aunque por poco tiempo. Se trataba de un sobrino de mi abuelo, Pancho de Bares, que era por aquella época, vendedor de la lonja y que junto con otros socios, montaron una empresa cuyo almacén, era contiguo al de Jesús Escourido.


Por último, aquella que pudo ser y no fue, por tratarse de algo inalcanzable, solo puedo disfrutarla entre mis sueños y recuerdos de adolescente. Aquella fue una ilusión perdida, por el camino de los imposibles. Sea como fuere, en aquella Orbea de color azul, de finas líneas dibujadas en rojo y blanco, a lo largo del cuadro y de cada uno de los laterales de los guardabarros…aun me subo en mis sueños. Sueños, en los que sentado sobre aquel sillín de cuero, pedaleo y recorro largos paseos con ella imaginados. Aquella fue mi única bicicleta, la única que aun existe en mi recuerdo, aunque la última imagen real que de ella atesoro, se quedase entre las paredes de aquel taller de Xueiras.


Andrés Rubido García

2 comentarios:

  1. ...No pretendo amigo ANDRES,homologarme con tu escrito, como siempre elocuente y cargado de recuerdos..
    Pero me has hecho recordar mi infancia cuando luchaba contra una indomable bicicleta que obstinada ,a pesar de su falta de razonamiento, se dirigía más donde ella quería que mis primeras intenciones de domador de bicípedos, que triunfante luego de varias luchas cuasi épicas, pude al fin corroborar que la mente superior domina a la inferior..
    Poco duró aquella hermosa bicicleta verde claro que mi padre con mucho esfuerzo, y mensualidades mediante, pudimos hacer parte del patrimonio de los LOPEZ..o los gallegos de mitad de cuadra,como cariñosamente o peyorativamente nos decían, ya que había otros de REDONDELA y LOGROÑO, " haciéndose la AMERICA", en el barrio...
    Y poco duró...No la robaron...Pero sí desapareció, ya que un intendente allá por el sesenta, en su afán desmedido por recaudar para las arcas in eternum vacías del distrito, y al grito de "EUREKA",emulando al griego ARQUIMEDES, pero sin haber inventado nada genial, sólo transformándose en una especie de ave de rapiña con forma humana, inventó una ley de patentamiento de bicicletas..
    No hubo boletín oficial, ni aviso a nadie del pueblo..Sólo procedió a levantar e infraccionar las bicicletas que no tuvieran patentamiento,algo imposible de realizar ya que ni siquiera había chapitas que corroboraran el cumplimiemto, al día siguiente de tal abusiva ley, inconsulta e irracional..
    Y la bicicleta verde se fué....me la sacaron, tenía yo doce años y no pude evitar el atropello de fornidos municipales que levantaban al camión municipal casi cien bicicletas , la gestión de inventar multas había sido un éxito ya que había a dos cuadras un frigorífico, donde los obreros concurrían en bicicletas, quienes fueron víctimas del gobernante con delirios megalómanos neronianos y autoritarismo incurable..
    Había que ir al día siguiente al municipio a pagar la multa inventada, y nos dieron un papel para retirarla, luego de oblar tan felliniana idiotez con forma de castigo por no cumplir con una ley inexistente...y proceder a su retiro...y yo en plena ansiedad por estar separado un día, de una parte mía con dos ruedas y manubrio..
    Pero no apareció...lloré por sus manillares cromados , su asiento acolchado, sus frenos nuevos que muchas veces no los usaba a tiempo, producto de ello , la marca de errores conductivos quedaron en su guardabarro..
    ...y lloré muchos meses, sobretodo cuando veía que mipadre iba a pagar algo que no existía más...algo que quedó en el recuerdo, y generó rencor por el atropello a que fué sometido mi sueño...por alguien que inventó la ley y la usó para su bienestar, ni siquiera para el pueblo...
    Tuve otras bicis...por supuesto, pero esta fué como el primer amor, lleno de fantasías, sueños y la gran capacidad de estirarse y alcanzar el cielo con las manos,y sentirse un caballo alado al tomar velocidad y en forma inconsciente cruzar esquinas, levantando un poco del suelo y acercarme al cielo, imaginariamente para mi madre que me seguía de cerca, pero no para mí que me sentía gracil y etéreo, y agradecer por ser la persona más feliz del mundo, ...pero como siempre pasa...alguien apareció ...y se llevó mi ilusión....

    ResponderEliminar
  2. ¡¡Gracias Pepe!! Una vez más por tener la delicada exquisitez en tus siempre agradecidos comentarios. En este caso, permíteme decir, que más que un sencillo comentario, es toda una historia real, fruto del abuso de poder, cargada de un dramatismo, que para mi forma de ver y llevándolo a mis experiencias vividas, dejan al descubierto una vez más, la provocación desmedida de ese autoritarismo, al amparo de la fuerza de la que siempre hacen uso los enfermos, que no saben cómo ocultar la desbordada cobardía que les ahoga. Un gran abrazo

    ResponderEliminar