Mi diario, el archivo de mi pasado, un íntimo cuaderno que habiendo
adquirido el volumen de un libro, no siempre resulta atractivo ojear, y mucho
menos, escudriñar entre los textos que con el transcurrir de los años, han ido
rellenando una a una las carillas de
dicho libro. Páginas entre las que
adormecen además de los inolvidables recuerdos, aquellos que han sido causa de
tristeza, de temor, de dolor, de lágrimas que resbalaban silenciosas por las
mejillas, como fruto del llanto ahogado.
Hoy, como tantas otras veces, mi diario se abre dejando fluir los
recuerdos. Desde una de las primeras e imaginarias hojas, me asalta la imagen
de aquel compartido pupitre del escolar, el recuerdo de los compañeros, y de
aquellos años compartidos con ellos, en un pueblo en el que las imborrables
huellas de la posguerra, pobreza y caciquismo, fueron por así decirlo, una de
tantas muestras, en las que el dolor a veces contenido, y luto arrastrado
durante años; vienen a recordarme aquellos días en los que la voz de mi abuelo,
me hablaba del hambre aplacada con cachelos, patatas cocidas, pescado fresco o salado, entre los que destacaba el
chicharrón; así como otros platos nacidos del ingenio de la mísera pobreza,
como as papas pejas, caldo de castañas, etc. Estilo y sistema de vida que se
hicieron fuertes entre nuestros antepasados y cuyos ecos continuaron resonando
por bastante tiempo entre nosotros; entre los que como yo, somos hijos y nietos
de una posguerra y titulares de las últimas cartillas del racionamiento.
Apenas quedan huellas de aquel pueblo, cuyos días transcurrían entre el
agudo sonido de la sirena de la lonja y los de las tarrafas. Una época en la que el jabón Lagarto y la visita a los ríos de Barreiros,
Majoleiro, a Tortela; continuaban siendo un peregrinar por parte de nuestras
madres y abuelas, cargadas con sus calderos de ropa. La “comodidad” llegaría a
principios de la década de los sesenta, cuando el lavadero cobro una nueva
imagen. Lejos quedaban aún los rumores de las llamadas lavadoras, solo
utilizadas en aquellas casas visitadas por Don Dinero con fluidez y frecuencia.
Frente a la opulencia, lejos de donde el cacique se apoltronaba en sus
repujados sillones de cuero; un frenesí que se extendía entre la llamada de
los marineros a través de las marcas blancas colgadas en el castro, la descarga
de pescado de lanchas y barcos, el ajetreo de las fábricas de conservas, los raños y sachos removiendo la tierra, cuyo
fruto comenzaba a llenar los paxes de patatas nuevas, y a teñir los campos
sembrados del amarillo dorado del trigo. La trastienda por así decirlo,
era la necesidad de una gran parte de nuestra gente, emigrando a otros países,
con la mirada puesta en la posibilidad de ahorrar, de hacer una casa, de dejar
atrás aquellos ridículos salarios, con los que el caciquismo tapaba las bocas
de nuestros antepasados. Era la elección entre la cara de la emigración y la
cruz del caciquismo. Una emigración que
no tenía cabida en mi mente de diez años. Con aquella edad, me encontraba
ocupado con mis amigos, caminando
entre los surcos de aquellos
sembrados de trigo, por los que rebuscábamos con el máximo sigilo los grillos
que más tarde serian nuestros trofeos de caza.
Andrés Rubido García

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