miércoles, 29 de mayo de 2013

Valorando


Recorrer los caminos entre las lindes de los terrenos, cuyos limítrofes  bordes cubiertos y peinados de verde hierba, contribuían a la inequívoca demarcación entre dichas lindes; ya solo es posible a través del recuerdo.  Caminos que habiendo nacido en algunos casos como senderos o atajos a través de tierras de labranza, y que con el tiempo han sido forjados entre acalorados e innumerables debates. 

Hoy he querido dedicar mi tiempo de ocio, a corretear por ellos una vez más aunque solo sea a través de mi añoranza, jugando con aquel aro fruto del refuerzo de un caldero de cinc, que en su tiempo había sido utilizado por mi abuela para llevar y traer la ropa que lavaba en el río de Barreiros. 

De mi paso por tan entrañables veredas, recuerdo entre otros, aquel rumor al aproximarme al caño que corría cerca de la casa del Menofilo. Un momento en el que siempre me surgía el deseo de arrodillarme a beber. Era como la llamada del caño con su delicado e inconfundible susurro del agua en su discurrir, el que me invitaba ya no solo a refrescar mi garganta, sino también a contemplar aquel cristalino milagro de la naturaleza. No por ello, he olvidado aquel cubo de porcelana con tapa de madera y siempre lleno de agua cerca del fregadero. Un cubo que también se ha paseado sobre la cabeza de mi abuela en cada uno de los viajes que hacía a la fuente. Tiempos aquellos en los que las conversaciones entre vecinos sobre la tan sonada traída de aguas, aun no se había hecho eco; tiempos, en los que las fuentes del pueblo aún susurraban el inconfundible sonido del agua por cada uno de sus caños.

Juegos, correrías y momentos de ocio por aquellos entrañables caminos, que si bien en su momento los disfrutaba sin apreciar el grandioso valor, siempre simbólico de las cosas sencillas, y que de hace un tiempo a esta parte, he comenzado a percibir, que es en la sencillez de las cosas, donde radica la grandeza que llena mi vacio en esos admirables momentos. Posiblemente resulte grotesco si digo, que la sencillez de las mismas no resta el inconmensurable valor de cada una de ellas. Algo que por supuesto, nada tiene que ver con las dispendiosas cosas materiales, entre las que la humildad  se pierde ahogada por la ambición desmedida. 

Me gustaría que mi destino me hubiese sonreído de otra manera, y no me refiero precisamente al hecho de sentirme quejumbroso por cuestiones familiares o económicas, nada más lejos de mi realidad; sino más bien, a la pánfila capacidad con la que me ha llegado el entendimiento con el que poder darme cuenta de la importancia de esa gran e interminable colección de maravillas con las que nos colma la vida. Todo ello, sin la necesidad de tener que haber vivido duros fragmentos, para darme cuenta de ello. Aún así, y echando mano del extenso listín refranero, debo decir como en alguna otra de mis reflexiones: ¡Gracias a la vida!

Andrés Rubido García

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