Recorrer los
caminos entre las lindes de los terrenos, cuyos limítrofes bordes cubiertos y peinados de verde hierba, contribuían
a la inequívoca demarcación entre dichas lindes; ya solo es posible a través
del recuerdo. Caminos que habiendo
nacido en algunos casos como senderos o atajos a través de tierras de labranza,
y que con el tiempo han sido forjados entre acalorados e innumerables debates.
Hoy he
querido dedicar mi tiempo de ocio, a corretear por ellos una vez más aunque solo sea a través de mi
añoranza, jugando con aquel aro fruto del refuerzo de un caldero de cinc, que
en su tiempo había sido utilizado por mi abuela para llevar y traer la ropa que
lavaba en el río de Barreiros.
De mi paso
por tan entrañables veredas, recuerdo entre otros, aquel rumor al aproximarme
al caño que corría cerca de la casa del Menofilo. Un momento en el que siempre
me surgía el deseo de arrodillarme a beber. Era como la llamada del caño con su
delicado e inconfundible susurro del agua en su discurrir, el que me invitaba
ya no solo a refrescar mi garganta, sino también a contemplar aquel cristalino
milagro de la naturaleza. No por ello, he olvidado aquel cubo de porcelana con tapa
de madera y siempre lleno de agua cerca del fregadero. Un cubo que también se
ha paseado sobre la cabeza de mi abuela en cada uno de los viajes que hacía a
la fuente. Tiempos aquellos en los que las conversaciones entre vecinos sobre
la tan sonada traída de aguas, aun no se había hecho eco; tiempos, en los que las fuentes del pueblo aún susurraban el inconfundible sonido del agua por cada uno de sus caños.
Juegos,
correrías y momentos de ocio por aquellos entrañables caminos, que si bien en
su momento los disfrutaba sin apreciar el grandioso valor, siempre simbólico de
las cosas sencillas, y que de hace un tiempo a esta parte, he comenzado a
percibir, que es en la sencillez de las cosas, donde radica la grandeza que llena mi vacio en esos admirables momentos. Posiblemente
resulte grotesco si digo, que la sencillez de las mismas no resta el inconmensurable valor de cada
una de ellas. Algo que por supuesto, nada tiene que ver con las dispendiosas cosas materiales,
entre las que la humildad se pierde
ahogada por la ambición desmedida.
Me gustaría
que mi destino me hubiese sonreído de otra manera, y no me refiero precisamente
al hecho de sentirme quejumbroso por cuestiones familiares o económicas, nada
más lejos de mi realidad; sino más bien, a la pánfila capacidad con la que me
ha llegado el entendimiento con el que poder
darme cuenta de la importancia de esa
gran e interminable colección de maravillas con las que nos colma la vida. Todo
ello, sin la necesidad de tener que haber vivido duros fragmentos, para darme
cuenta de ello. Aún así, y echando mano del extenso listín refranero, debo
decir como en alguna otra de mis reflexiones: ¡Gracias a la vida!
Andrés Rubido García

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