De entre esos primeros recuerdos que con tanto apego
abrigo; no aparece mi pueblo, ni la casa en que nací. Tampoco encuentro por más
que e rebuscado, recuerdos de Carmen, de aquella mujer que siendo mi madre, solo
conozco a través de envejecidos retratos en blanco y negro, y de la que tanto me
hubiese gustado, rebrotar aquellos que imagino, fueron bellos momentos con ella
compartidos. Momentos maternales de caricias, del roce de sus manos sobre mi
piel, de sus abrazos, de sus besos. Pero… ¿de que me sirven esos flases vagos y
pobres cuando me esfuerzo en sentirla cerca de mí, aunque solo sea en mi
imaginación? Al final, aceptar un imposible impregnado de pena y rabia, es lo
que como siempre me lleva a desistir de un deseo, del que solo conservo los retratos
y el luto en mi corazón.
Mis primeros recuerdos de niñez, se ubican a muchos
kilómetros de mi pueblo natal. Es por ello por lo que prefiero rebuscar, entre
aquellos días en los que de regreso en mi pueblo, compartía grandes y
agradables momentos con mi familia, con mi gente, con amigos inolvidables. Días
de escuela entre tareas de dictado y cuentas interminables de dividir por
cuatro cifras, de recitar el nacimiento y desembocadura de los ríos, de calderetas
de leche en polvo; de los juegos con los amigos en el recreo. Días que me
recuerdan mis raíces, mi tierra, mi pueblo. Un paréntesis que se abre con el comienzo de un nuevo tramo de mi vida,
a finales de aquel mes de Octubre de 1957. Un día en el que otoño se había teñido
de un gris ligeramente oscuro y en el que la lluvia regaba generosamente el
entorno. Arrodillado en el asiento trasero del autobús del Farruco, o “El
correo” como popularmente le decíamos en el pueblo; contemplaba entre las gotas
de agua que resbalaban por el cristal, como las curvas se iban plegando en la
distancia. Aquel verde paisaje cargado de arboles, de carretera con numerosas
curvas, no me resultaba extraño. Me agradaba hasta el punto de hacerme sentir
feliz. Ansiaba la llegada al pueblo como si una gran sorpresa me esperase.
Escribir aferrándome a aquellos recuerdos aprovechándome
de ellos como del más completo borrador, es volver a revivir cada momento, cada
instante, con la misma ilusión y deseo que fueron vividos. Son tan importantes
para mí cada uno de ellos, que aún me parece estar percibiendo la frialdad del
cristal sobre el que mantenía posada mi frente, mientras contemplaba la
carretera en aquel día gris de octubre. Mentiría si dijese que todos fueron
momentos maravillosos, me excedería con tal afirmación. Sin embargo, puestos
a recordar y una vez sopesados, la balanza se inclina ante un inolvidable y feliz
reencuentro con mi pueblo, con mis raíces. Es por ello que quiero continuar
recordando el olor de la hierba cortada, el de la brasa de la hoguera, hecha en
el terreno con las hierbas secas, y en la que asábamos las patatas; el de todos
y cada uno de los aromas que me hablan de Galicia, de mi tierra. De aquel
Cariño en el que el olor ha pescado fresco se fundía con el del olor de los
cocederos de las fábricas.
Hoy 50 años después de haberse cerrado aquel paréntesis,
continúan vivos en mi recuerdo todos y cada uno de los momentos vividos. Tan
solo hecho de menos aquellos que ocultos tras las nieblas, me impiden revivir
con mi madre lo que únicamente puedo imaginar mientras contemplo alguno de
aquellos antiguos retratos. Por aquel entonces, era el día de la Inmaculada,
hoy es el primer domingo de mayo, y para mi es un día que comenzó queriendo
recordar y solo sucumbirá con mi último gemido. Un gemido ahogado y
convertido en un beso con el que me gustaría poder decirle hoy ¡Te quiero!
Andrés Rubido García

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