La vida, esa Señora que nos abre sus puertas a la realidad en cada despertar; la misma que nos brinda el nuevo amanecer, un nuevo día con la sonrisa a veces franca y abierta, a veces forzada y doliente...Es quizá la señora por antonomasia, más adulada, alagada, y cómo no, la más deseada. Ella, la que avanza y transcurre indiferente, la que no entiende de sonrisas ni lágrimas, la que está por encima del placer y el sufrimiento.
La vida, fuente de infinidad de caños en los que nos inclinamos a beber, y de los que en ocasiones desconocemos sus bondades, sus maldades. Cualidades estas, que nos son dadas sin pedirlas, pero que nos llegan a través de una de sus innumerables gárgolas, en las que inconscientemente nos inclinamos a beber, a calmar nuestra sed. Una sed…de cariño, de amor; porque necesitamos de querer, amar y sentirnos a su vez queridos y amados.
Nuestro mayor error estriba, cuando contagiados por la animadversión hacia alguno de nuestros semejantes, nos inclinamos por nuestros negativos deseos, permitiendo salir lo más perverso de nuestras entrañas. Nuestra mente nos inunda con las más retorcidas ideas y sin apenas pensarlo, queremos calamar la sed del mal, la de la indiferencia, la del egoísmo, la de la envidia, la de la venganza...todas ellas, lechos en los que se asienta la conciencia, el remordimiento, el arrepentimiento.
Son infinitos los placeres que nos brinda la Señora, y en su magnánima donación desinteresada, no lo son menos, aquellos que nos hacen sucumbir, hasta el punto de llegar a aborrecerla. Aun así, ella nos atrae, nos llama con la voz del silencio salpicada con el aroma del deseo; de saciar en ella y con ella, nuestro mayor deseo de felicidad y placer. Al final, nos duela o no, terminamos escuchando la frase más cantada de entre los humanos. Entre otras cosas, porque en lo más íntimo de nuestro ser, no terminamos de creernos que sea esta Señora, la culpable de nuestros males. Después de todo, nunca tenemos muy claros nuestros designios; quizá por ello, solemos olvidarnos del “gracias a la vida”, para decir aquello de “Dios aprieta pero no ahoga”
Posiblemente necesitemos y anhelemos sentir el gozo fluyendo por los poros de nuestra piel, y cómo no, gritar a los cuatro vientos, ¡¡¡Gracias a la vida!!!...Y solo cuando ese instante glorioso nos llegue, será la señal inequívoca de que somos poseedores de la más ambicionada riqueza. Es ese gran placer, el que nos permite sentir que todo nuestro entorno respira felicidad, que esa misma felicidad la respiran y disfrutan todos y cada uno de nuestros seres queridos; es en definitiva, la más autentica de las felicidades…de las riquezas. Sería por así decirlo, aquella que más se aproxime a la plena felicidad...compartida.
Andrés Rubido García

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