A medida que se avanzaba, el desnivel del camino con respeto a sus laderas se hacía más notorio; tanto, que se terminaba pasando por debajo de unas zarzas que crecían a ambos lados, y que casi alcanzaban a cubrir el ancho del camino. Unos cuantos pasos más arriba, comenzaba a escucharse el murmullo de un estrecho arroyo, el cual bajaba serpenteando el sendero hasta verter su minúsculo caudal, sobre un remanso de rasgos un tanto artificiales. En él, se hacía evidente el esmerado cuidado que mis paisanos dedicaban al mismo. Tanto sus bordes como el fondo, se hallaban recubiertos por unas piedras (seixos) aplastadas y con bordes redondeados; mostrándose todas ellas, perfectamente encajadas y ordenadas como si de un puzle se tratase. Su agua, invitaba a los caminantes que por allí pasaban, a inclinarse sobre aquella y nunca mejor dicho, “pileta”, en cuanto a su particular forma y tamaño; para saciar una sed, a veces inexistente, y una vez probado el liquido elemento, valorar el puro frescor natural, de tan salvaje sustancia, y virginal transparencia.
Desde bien entrado el verano y hasta el comienzo del otoño, las abundantes y espesas zarzamoras a las que hago referencia, comenzaban a llenarse de su preciado fruto, del cual solía dar buena cuenta, metiéndolas en una botella vacía y machacándolas con un palo hasta conseguir convertirlas en una especie de zumo, o simplemente, comerlas directamente; llegando a compartir el sabroso manjar, con algún que otro sorbo, de la fresca agua del arroyo.
Aquellos…eran otros tiempos; eran días, meses y años, en los que mi mente vagaba desconociendo la dureza y entresijos de la realidad de la vida. Era vivir disfrutando de la familia, de los amigos, de aquellos con los que compartía la escuela de Don Filiberto, y la escuela de la calle, del campo, de la playa, de los juegos y anécdotas…son los mismos entre los que hoy me sumerjo como bohemio por las callejuelas de mi mente, los mismos que suelo compartir desde el recuerdo; y con los que a través de ellos, soy capaz de llegar a acariciar la textura del barro de las canicas; así como el de aquellas maderas de las que hacíamos las espadas, alfanjes, pistolas, o simplemente, los palos y las billardas, para jugar a los caños. En aquel tiempo…sí…entonces sí salíamos a la calle con la intención de reunirnos, ya fuese para juagar o simplemente para pasar el rato juntos hablando de nuestras niñerías…Unas niñerías que facilitaban el disfrute de aquellos juegos, hoy “obsoletos”, pero que eran la verdadera química de la comunicación, del dialogo, de la más completa relación social. Juegos inventados o sin inventar y que entre nosotros mismos acordábamos las formas, el desarrollo y las normas. Al final, terminábamos jugando, riendo y disfrutando como niños que éramos. Unos niños de otra época; de un mundo que si bien le quedaba mucho por desarrollar, se satisfacían con vivir y participar de aquel ambiente, cuyas reglas un tanto estrictas, no nos impedían alcanzar aquel mínimo sustento de felicidad especial. Aunque quizá lo verdaderamente especial, era el exceso de nuestra inocencia, que comenzaba a embadurnarse de la picaresca y de una gran fuente de imaginación que inundaba nuestros cerebros. Éramos niños ávidos por descubrir nuevas experiencias, y sobre todo, la impuesta obligación de mantener vivo el respeto por nuestros mayores; a los que desde estos párrafos homenajeo y añoro, al igual que a todos aquellos amigos de los que conservo una imperecedera amistad y como no, uno de mis más preciados tesoros; el ineludible recuerdo de todos y cada uno de ellos.
Andrés Rubido García

Magnifico, como siempre.
ResponderEliminarSalud
Jorge
¡Gracias Amigo Jorge!
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