Abrazada a su vientre, entre lágrimas de silencio y sollozos ahogados por el miedo, da rienda suelta a su instinto materno de protección. En otras circunstancias, desearía gritar a los cuatro vientos su estado de buena esperanza, su embarazo. Un sueño próximo a convertirse en realidad, un sueño de ser mamá por segunda vez, y que el solo hecho de pensarlo, estremece su cuerpo, como si de un delito se tratase.
Ante el espejo, y después de haberse enjuagado su dolorido rostro, lo seca con sumo cuidado, mientras contempla los hematomas que circundan sus parpados y parte de la comisura de sus labios. Se aplica un poco de maquillaje entre muecas de dolor y tras terminar de acicalarse y colocarse unas oscuras gafas, se dispone a llevar a su pequeño al colegio. Por el camino, trata de convencerle para que no diga nada del enfado de papá con mamá -Este será nuestro secreto- le comenta.
Ella, vive aislada del mundo que le rodea, como una víctima más de la cobardía de un degenerado, del que prefiere no hablar ni comentar. Tanto es así, que vive aferrada a la esperanza de que cambiará, de que no es malo, de que tan solo le ocurre cuando se toma una copa de más, porque digan lo que digan, es su esposo y el padre de su hijo, al que quiere con locura.
En su soledad, entre movimientos fluctuantes, y su pensamiento puesto en el recuerdo de la última paliza, intenta ejercer sus labores de ama de casa. El día transcurre con el creciente temor de ver las agujas del reloj encumbrando las nueve de la noche. Es la hora en la que suele aparecer su marido, su amor, el padre de su hijo. De repente, cuando más ensimismada está en sus pensamientos, su cuerpo se estremece ante el sonido del timbre de la puerta. Presurosa y temblorosa acude a abrirla, temiendo en el estado en que vendrá, pensando en que decirle para contentarlo, en abrazarlo y besarlo...Tras el crujido que produce la puerta al cerrarse, su cuerpo es abatido contra el suelo, mientras se protege con sus brazos y escucha las palabras incoherentes que brotan de los labios ebrios de su maltratador, de su verdugo. Es una más entre las innumerables palizas acontecidas a lo largo de tan nefasta relación.
Fuera en la calle, la vida transcurre en un día que toca a su fin, entre cierto bullicio de mujeres que unidas han decidió prepararse para celebrar el día de la mujer trabajadora; y en el que seguramente, aprovecharan, para una vez más, criticar la violencia de género, algo de cuyas consecuencias podrían hablarnos largo y tendido, infinidad de mujeres, que lejos de denunciar, mantienen silenciadas y en un secreto nacido de las entrañas del temor; las vejaciones y maltratos sufridos por un “compañero” que les ha tocado en suerte. Todo un gran compañero en apariencia, un esposo modelo; de no ser porque en su interior, se oculta el más vil cobarde de los degenerados.
Andrés Rubido García

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