domingo, 18 de marzo de 2012

Día de Reyes


Habíamos terminado de cenar y nos hallábamos jugando una partida de cartas, cuando el patrón nos informo de una fuerte borrasca entrando por las Canarias. La llegada de esa noche del 5 de enero, se producía en medio de una mar serena, cuya superficie se podía utilizar como espejo; no obstante, me dirigí a la sala de maquinas y con la ayuda del compañero que estaba de guardia, recogimos y aseguramos todo el material y el cierre de puertas de taquillas y cajones, ante la llegada de fuerte oleaje.

Apenas había podido conciliar el sueño y cuando consulte mi reloj, eran poco más de las 06:00 horas. Salí a la cubierta y el mar era un rebaño de ovejas, es decir, infinidad de pequeñas olas coronadas por la espuma blanca de su rompiente. Subí al puente y estuve intercambiando unas palabras con el patrón. El barco, un tangonero dedicado al marisco, se encontraba con las artes en el agua y en arrastre, por lo que le pregunte la hora que pensaba recoger los aparejos.

- Si no pasa nada, sobre las 12:00 horas.

Baje del puente y me dirigí a la sala de maquinas para comprobar el nivel de aceite en el cárter del motor principal. El balance o escora que podía generarse con el fuerte oleaje, ponía en riesgo que la bomba de aceite aspirase aire, con el consiguiente riesgo de que se nos parase el motor principal. Es la razón, por lo que en tales circunstancias, se procuraba mantener el nivel de aceite en el máximo. Estando en la sala de maquinas, se recibió la orden del puente, para poner en marcha la maquinilla. Al parecer, el patrón había decidió meter los aparejos abordo. Más tarde pude enterarme de su intención de recoger y trincar puertas. 

La fuerza del vendaval y la dirección del viento, nos ponía muy difícil el poder navegar a la búsqueda de un puerto de abrigo, donde poder esperar a que el temporal amainase. El fuerte viento del sudoeste, cobraba fuerza según avanzaba el día. Los fuertes chubascos, tan solo ayudaban a disminuir el blanco de las crestas de las olas. Unas olas, que habían comenzado como borreguillos al amanecer y que a las 10:00 de la mañana, se habían convertido en verdaderas montañas coronadas por la blanca espuma de sus rompientes. Me hallaba en el puente cuando sonó el teléfono, por lo que el patrón que se hallaba hablando por radio con otro barco, me pidió que contestase. La casualidad quiso que al otro lado del hilo telefónico se hallase mi mujer.

- ¡Hola! Te llamaba para saber ¿cómo estáis? Porque aquí hace un día infernal.
- Pues será en Cádiz, -le contesté- porque lo que es aquí, está lloviendo un poco y hace un poquito de viento, pero nada que no sea propio del invierno.
- No te creo nada -me respondió.
- Loli, aquí está el tiempo bueno, no te voy a decir que este calmita, pero se está bien.
- Bueno…espero que así sea.
- ¿Cómo estás tú y los niños?
- Bien, aquí abriendo los regalos, cuando llegues si Dios quiere, abrirás los tuyos.
- Vale niña…bueno te dejo que tenemos un trabajo pendiente y ya más tarde si Dios quiere te llamo.

Me había olvidado de la festividad de reyes, una celebración muy señalada; pero que las circunstancias totalmente ajenas a nuestra voluntad, nos había exigido la dedicación integra de nuestros cinco sentidos en algo nada codiciado. La mar arbolada, comenzaba a convertirse en una mar gruesa que por momentos, dificultaba más el poder navegar. El destino era el puerto de Tánger, por ser el único cuyo rumbo nos permitía navegar medio apopados, con el oleaje en la aleta de babor. El día comenzó a perder su brillo, tornándose la escasa y tenue claridad del mismo en una oscuridad propia del atardecer. La abundante lluvia comenzó a arreciar con fuerza, impidiéndole la fuerza del viento caer con naturalidad, lo que obligaba al chubasco a volar en sentido horizontal, y cuyas gotas se clavaban en el rostro como si de alfileres se tratase. La preocupación comenzó a percibirse en nuestros rostros, en nuestro estado de ánimo. Intentábamos por todos los medios restar importancia a la cruda gravedad del momento. Una gravedad y un momento que parecía no tener fin. Preocupado por el cariz que iba cobrando el día, baje a la sala de maquinas por lo que pudiera pasar. Me aproxime al compañero de guardia, y le pregunte.

- ¿Alguna novedad?
- Todo bien…de momento -me contestó. 

Aquella respuesta entrecortada, me confirmo que no solo yo era el que estaba asustado. Trate de tranquilizarlo, procurando que no se me notase el nudo que aún conservaba en mi garganta desde que terminara de colgar el teléfono.

- No te preocupes, - le tranquilice- vamos navegando para Tánger de arribada.
- Andrés, de esta no nos libramos.
- En peores me he visto y aquí estoy -le conteste para acallar sus temores, que en cierto modo, eran los míos y los de todos.

Después de varias horas de navegación y haber pasado cabo Espartel, comenzábamos a ver Tánger. Aproveche la tranquilidad de ese momento, para llamar a casa; entre otras cosas, porque necesitaba de tranquilizar a Lola y me sentía deseoso de poder hablar con mis hijos. Mientras marcaba, la emoción fruto de la creciente calma a la que por momentos nos acercábamos, comenzó a embargarme. Los nervios comenzaban a relajarse y ese sentimiento de haber superado el mal trago, comenzaba a formar parte de un recuerdo, como una anécdota más en el diario mental de un marino. Al otro lado del hilo telefónico, el tono de llamada había sido sustituido por una vocecilla de apenas tres años que me dijo:

- ¡Papi! ¿Eres tú?
- Si hijo, ¿Qué te han puesto los reyes?

Fue mientras hacia la pregunta y con los ojos humedecidos, cuando pensé en la suerte que habíamos tenido; el Día de Reyes nos acababa de regalar una nueva vida, con la que poder continuar disfrutando de nuestros seres queridos.

Andrés Rubido García

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