Recordar aquellas mujeres arrodilladas a la orilla del río lavando la ropa, con las rodillas aisladas de la fría humedad de la tierra por un saco u otro remedio. Soportando la frialdad del agua en sus arrugadas y en muchas ocasiones, entumecidas manos. En sus rostros, se reflejaba la preocupación por terminar, para corriendo más que caminando, con aquellos barreños de zinc cargados de ropa sobre sus cabezas, ir a la búsqueda de un lugar donde poner su coladas “ao clareo” como decimos en el pueblo. Pero no terminaban aquí sus obligaciones; apenas han comenzado con la primera luz del día. Unas obligaciones que influidas por las necesidades de la época, les conducían a ganarse unas míseras pesetas en las fábricas de conservas de pescado y en otras muchas más dedicaciones, como era el tener que trabajar la tierra y cuidar de los animales, etc.
Hablar de estas mujeres, es hablar de unas mujeres impolutas, entre cuyas obligaciones figuraba la clara determinación de afrontar todas y cada una de las tareas de su casas, de su hogares. Unos hogares que a pesar de las innumerables obligaciones, se mostraban orgullosamente limpios y cuidados, por unas manos que aunque encallecidas y cansadas; siempre se hallaban dispuestas para ayudar a solventar cualquier faena por dura que fuese.
Mujeres forjadas entre el trabajo, el sufrimiento, las estrecheces, y porque no decirlo, entre aquellas obligaciones innatas de llorar en silencio y alimentar el ánimo entre los suyos, con el jarabe de la sonrisa. Unas sonrisas germinadas en aquellos labios de madres, nacidas de la cuna de una maldita guerra, cuyos miedos habitaron en sus mentes a lo largo de sus vidas.
Entre ellas, también hubo un tiempo que aunque corto, estuvo Carmen, la mía, mi madre. Aquella mujer, a la que a pesar de que el destino no me permitió poder conocerla ni disfrutar de ella. Hoy ese mismo destino, tan solo madurado en el tiempo, ha sentido la necesidad de tocarme en lo más profundo de mis sentimientos, y desojando mi cuidado y vivo sentimiento de hijo, me ha venido a recordar la necesidad de brindarle a todas aquellas madres, el más grande de mis elogios y como no, el más cariñoso de los abrazos, aunque al decirlo, desfile por mi mente una vez más, la necesidad de imaginar, como era la mía…
Andrés Rubido García

Gracias por ser así.
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