jueves, 29 de marzo de 2012

Bohemio del pasado


A medida que se avanzaba, el desnivel del camino con respeto a sus laderas se hacía más notorio; tanto, que se terminaba pasando por debajo de unas zarzas que crecían a ambos lados, y que casi alcanzaban a cubrir el ancho del camino. Unos cuantos pasos más arriba, comenzaba a escucharse el murmullo de un estrecho arroyo, el cual bajaba serpenteando el sendero hasta verter su minúsculo caudal, sobre un remanso de rasgos un tanto artificiales. En él, se hacía evidente el esmerado cuidado que mis paisanos dedicaban al mismo. Tanto sus bordes como el fondo, se hallaban recubiertos por unas piedras (seixos) aplastadas y con bordes redondeados; mostrándose todas ellas, perfectamente encajadas y ordenadas como si de un puzle se tratase. Su agua, invitaba a los caminantes que por allí pasaban, a inclinarse sobre aquella y nunca mejor dicho, “pileta”, en cuanto a su particular forma y tamaño; para saciar una sed, a veces inexistente, y una vez probado el liquido elemento, valorar el puro frescor natural, de tan salvaje sustancia, y virginal transparencia.

Desde bien entrado el verano y hasta el comienzo del otoño, las abundantes y espesas zarzamoras a las que hago referencia, comenzaban a llenarse de su preciado fruto, del cual solía dar buena cuenta, metiéndolas en una botella vacía y machacándolas con un palo hasta conseguir convertirlas en una especie de zumo, o simplemente, comerlas directamente; llegando a compartir el sabroso manjar, con algún que otro sorbo, de la fresca agua del arroyo.

Aquellos…eran otros tiempos; eran días, meses y años, en los que mi mente vagaba desconociendo la dureza y entresijos de la realidad de la vida. Era vivir disfrutando de la familia, de los amigos, de aquellos con los que compartía la escuela de Don Filiberto, y la escuela de la calle, del campo, de la playa, de los juegos y anécdotas…son los mismos entre los que hoy me sumerjo como bohemio por las callejuelas de mi mente, los mismos que suelo compartir desde el recuerdo; y con los que a través de ellos, soy capaz de llegar a acariciar la textura del barro de las canicas; así como el de aquellas maderas de las que hacíamos las espadas, alfanjes, pistolas, o simplemente, los palos y las billardas, para jugar a los caños. En aquel tiempo…sí…entonces sí salíamos a la calle con la intención de reunirnos, ya fuese para juagar o simplemente para pasar el rato juntos hablando de nuestras niñerías…Unas niñerías que facilitaban el disfrute de aquellos juegos, hoy “obsoletos”, pero que eran la verdadera química de la comunicación, del dialogo, de la más completa relación social. Juegos inventados o sin inventar y que entre nosotros mismos acordábamos las formas, el desarrollo y las normas. Al final, terminábamos jugando, riendo y disfrutando como niños que éramos. Unos niños de otra época; de un mundo que si bien le quedaba mucho por desarrollar, se satisfacían con vivir y participar de aquel ambiente, cuyas reglas un tanto estrictas, no nos impedían alcanzar aquel mínimo sustento de felicidad especial. Aunque quizá lo verdaderamente especial, era el exceso de nuestra inocencia, que comenzaba a embadurnarse de la picaresca y de una gran fuente de imaginación que inundaba nuestros cerebros. Éramos niños ávidos por descubrir nuevas experiencias, y sobre todo, la impuesta obligación de mantener vivo el respeto por nuestros mayores; a los que desde estos párrafos homenajeo y añoro, al igual que a todos aquellos amigos de los que conservo una imperecedera amistad y como no, uno de mis más preciados tesoros; el ineludible recuerdo de todos y cada uno de ellos.

Andrés Rubido García

viernes, 23 de marzo de 2012

Imaginando tus besos


Recordar aquellas mujeres arrodilladas a la orilla del río lavando la ropa, con las rodillas aisladas de la fría humedad de la tierra por un saco u otro remedio. Soportando la frialdad del agua en sus arrugadas y en muchas ocasiones, entumecidas manos. En sus rostros, se reflejaba la preocupación por terminar, para corriendo más que caminando, con aquellos barreños de zinc cargados de ropa sobre sus cabezas, ir a la búsqueda de un lugar donde poner su coladas “ao clareo” como decimos en el pueblo. Pero no terminaban aquí sus obligaciones; apenas han comenzado con la primera luz del día. Unas obligaciones que influidas por las necesidades de la época, les conducían a ganarse unas míseras pesetas en las fábricas de conservas de pescado y en otras muchas más dedicaciones, como era el tener que trabajar la tierra y cuidar de los animales, etc.

Hablar de estas mujeres, es hablar de unas mujeres impolutas, entre cuyas obligaciones figuraba la clara determinación de afrontar todas y cada una de las tareas de su casas, de su hogares. Unos hogares que a pesar de las innumerables obligaciones, se mostraban orgullosamente limpios y cuidados, por unas manos que aunque encallecidas y cansadas; siempre se hallaban dispuestas para ayudar a solventar cualquier faena por dura que fuese.

Mujeres forjadas entre el trabajo, el sufrimiento, las estrecheces, y porque no decirlo, entre aquellas obligaciones innatas de llorar en silencio y alimentar el ánimo entre los suyos, con el jarabe de la sonrisa. Unas sonrisas germinadas en aquellos labios de madres, nacidas de la cuna de una maldita guerra, cuyos miedos habitaron en sus mentes a lo largo de sus vidas.

Entre ellas, también hubo un tiempo que aunque corto, estuvo Carmen, la mía, mi madre. Aquella mujer, a la que a pesar de que el destino no me permitió poder conocerla ni disfrutar de ella. Hoy ese mismo destino, tan solo madurado en el tiempo, ha sentido la necesidad de tocarme en lo más profundo de mis sentimientos, y desojando mi cuidado y vivo sentimiento de hijo, me ha venido a recordar la necesidad de brindarle a todas aquellas madres, el más grande de mis elogios y como no, el más cariñoso de los abrazos, aunque al decirlo, desfile por mi mente una vez más, la necesidad de imaginar, como era la mía…

Andrés Rubido García

domingo, 18 de marzo de 2012

Día de Reyes


Habíamos terminado de cenar y nos hallábamos jugando una partida de cartas, cuando el patrón nos informo de una fuerte borrasca entrando por las Canarias. La llegada de esa noche del 5 de enero, se producía en medio de una mar serena, cuya superficie se podía utilizar como espejo; no obstante, me dirigí a la sala de maquinas y con la ayuda del compañero que estaba de guardia, recogimos y aseguramos todo el material y el cierre de puertas de taquillas y cajones, ante la llegada de fuerte oleaje.

Apenas había podido conciliar el sueño y cuando consulte mi reloj, eran poco más de las 06:00 horas. Salí a la cubierta y el mar era un rebaño de ovejas, es decir, infinidad de pequeñas olas coronadas por la espuma blanca de su rompiente. Subí al puente y estuve intercambiando unas palabras con el patrón. El barco, un tangonero dedicado al marisco, se encontraba con las artes en el agua y en arrastre, por lo que le pregunte la hora que pensaba recoger los aparejos.

- Si no pasa nada, sobre las 12:00 horas.

Baje del puente y me dirigí a la sala de maquinas para comprobar el nivel de aceite en el cárter del motor principal. El balance o escora que podía generarse con el fuerte oleaje, ponía en riesgo que la bomba de aceite aspirase aire, con el consiguiente riesgo de que se nos parase el motor principal. Es la razón, por lo que en tales circunstancias, se procuraba mantener el nivel de aceite en el máximo. Estando en la sala de maquinas, se recibió la orden del puente, para poner en marcha la maquinilla. Al parecer, el patrón había decidió meter los aparejos abordo. Más tarde pude enterarme de su intención de recoger y trincar puertas. 

La fuerza del vendaval y la dirección del viento, nos ponía muy difícil el poder navegar a la búsqueda de un puerto de abrigo, donde poder esperar a que el temporal amainase. El fuerte viento del sudoeste, cobraba fuerza según avanzaba el día. Los fuertes chubascos, tan solo ayudaban a disminuir el blanco de las crestas de las olas. Unas olas, que habían comenzado como borreguillos al amanecer y que a las 10:00 de la mañana, se habían convertido en verdaderas montañas coronadas por la blanca espuma de sus rompientes. Me hallaba en el puente cuando sonó el teléfono, por lo que el patrón que se hallaba hablando por radio con otro barco, me pidió que contestase. La casualidad quiso que al otro lado del hilo telefónico se hallase mi mujer.

- ¡Hola! Te llamaba para saber ¿cómo estáis? Porque aquí hace un día infernal.
- Pues será en Cádiz, -le contesté- porque lo que es aquí, está lloviendo un poco y hace un poquito de viento, pero nada que no sea propio del invierno.
- No te creo nada -me respondió.
- Loli, aquí está el tiempo bueno, no te voy a decir que este calmita, pero se está bien.
- Bueno…espero que así sea.
- ¿Cómo estás tú y los niños?
- Bien, aquí abriendo los regalos, cuando llegues si Dios quiere, abrirás los tuyos.
- Vale niña…bueno te dejo que tenemos un trabajo pendiente y ya más tarde si Dios quiere te llamo.

Me había olvidado de la festividad de reyes, una celebración muy señalada; pero que las circunstancias totalmente ajenas a nuestra voluntad, nos había exigido la dedicación integra de nuestros cinco sentidos en algo nada codiciado. La mar arbolada, comenzaba a convertirse en una mar gruesa que por momentos, dificultaba más el poder navegar. El destino era el puerto de Tánger, por ser el único cuyo rumbo nos permitía navegar medio apopados, con el oleaje en la aleta de babor. El día comenzó a perder su brillo, tornándose la escasa y tenue claridad del mismo en una oscuridad propia del atardecer. La abundante lluvia comenzó a arreciar con fuerza, impidiéndole la fuerza del viento caer con naturalidad, lo que obligaba al chubasco a volar en sentido horizontal, y cuyas gotas se clavaban en el rostro como si de alfileres se tratase. La preocupación comenzó a percibirse en nuestros rostros, en nuestro estado de ánimo. Intentábamos por todos los medios restar importancia a la cruda gravedad del momento. Una gravedad y un momento que parecía no tener fin. Preocupado por el cariz que iba cobrando el día, baje a la sala de maquinas por lo que pudiera pasar. Me aproxime al compañero de guardia, y le pregunte.

- ¿Alguna novedad?
- Todo bien…de momento -me contestó. 

Aquella respuesta entrecortada, me confirmo que no solo yo era el que estaba asustado. Trate de tranquilizarlo, procurando que no se me notase el nudo que aún conservaba en mi garganta desde que terminara de colgar el teléfono.

- No te preocupes, - le tranquilice- vamos navegando para Tánger de arribada.
- Andrés, de esta no nos libramos.
- En peores me he visto y aquí estoy -le conteste para acallar sus temores, que en cierto modo, eran los míos y los de todos.

Después de varias horas de navegación y haber pasado cabo Espartel, comenzábamos a ver Tánger. Aproveche la tranquilidad de ese momento, para llamar a casa; entre otras cosas, porque necesitaba de tranquilizar a Lola y me sentía deseoso de poder hablar con mis hijos. Mientras marcaba, la emoción fruto de la creciente calma a la que por momentos nos acercábamos, comenzó a embargarme. Los nervios comenzaban a relajarse y ese sentimiento de haber superado el mal trago, comenzaba a formar parte de un recuerdo, como una anécdota más en el diario mental de un marino. Al otro lado del hilo telefónico, el tono de llamada había sido sustituido por una vocecilla de apenas tres años que me dijo:

- ¡Papi! ¿Eres tú?
- Si hijo, ¿Qué te han puesto los reyes?

Fue mientras hacia la pregunta y con los ojos humedecidos, cuando pensé en la suerte que habíamos tenido; el Día de Reyes nos acababa de regalar una nueva vida, con la que poder continuar disfrutando de nuestros seres queridos.

Andrés Rubido García

miércoles, 14 de marzo de 2012

La felicidad compartida


La vida, esa Señora que nos abre sus puertas a la realidad en cada despertar; la misma que nos brinda el nuevo amanecer, un nuevo día con la sonrisa a veces franca y abierta, a veces forzada y doliente...Es quizá la señora por antonomasia, más adulada, alagada, y cómo no, la más deseada. Ella, la que avanza y transcurre indiferente, la que no entiende de sonrisas ni lágrimas, la que está por encima del placer y el sufrimiento.

La vida, fuente de infinidad de caños en los que nos inclinamos a beber, y de los que en ocasiones desconocemos sus bondades, sus maldades. Cualidades estas, que nos son dadas sin pedirlas, pero que nos llegan a través de una de sus innumerables gárgolas, en las que inconscientemente nos inclinamos a beber, a calmar nuestra sed. Una sed…de cariño, de amor; porque necesitamos de querer, amar y sentirnos a su vez queridos y amados.

Nuestro mayor error estriba, cuando contagiados por la animadversión hacia alguno de nuestros semejantes, nos inclinamos por nuestros negativos deseos, permitiendo salir lo más perverso de nuestras entrañas. Nuestra mente nos inunda con las más retorcidas ideas y sin apenas pensarlo, queremos calamar la sed del mal, la de la indiferencia, la del egoísmo, la de la envidia, la de la venganza...todas ellas, lechos en los que se asienta la conciencia, el remordimiento, el arrepentimiento.

Son infinitos los placeres que nos brinda la Señora, y en su magnánima donación desinteresada, no lo son menos, aquellos que nos hacen sucumbir, hasta el punto de llegar a aborrecerla. Aun así, ella nos atrae, nos llama con la voz del silencio salpicada con el aroma del deseo; de saciar en ella y con ella, nuestro mayor deseo de felicidad y placer. Al final, nos duela o no, terminamos escuchando la frase más cantada de entre los humanos. Entre otras cosas, porque en lo más íntimo de nuestro ser, no terminamos de creernos que sea esta Señora, la culpable de nuestros males. Después de todo, nunca tenemos muy claros nuestros designios; quizá por ello, solemos olvidarnos del “gracias a la vida”, para decir aquello de “Dios aprieta pero no ahoga”

Posiblemente necesitemos y anhelemos sentir el gozo fluyendo por los poros de nuestra piel, y cómo no, gritar a los cuatro vientos, ¡¡¡Gracias a la vida!!!...Y solo cuando ese instante glorioso nos llegue, será la señal inequívoca de que somos poseedores de la más ambicionada riqueza. Es ese gran placer, el que nos permite sentir que todo nuestro entorno respira felicidad, que esa misma felicidad la respiran y disfrutan todos y cada uno de nuestros seres queridos; es en definitiva, la más autentica de las felicidades…de las riquezas. Sería por así decirlo, aquella que más se aproxime a la plena felicidad...compartida.

Andrés Rubido García

jueves, 8 de marzo de 2012

En defensa de la mujer


Abrazada a su vientre, entre lágrimas de silencio y sollozos ahogados por el miedo, da rienda suelta a su instinto materno de protección. En otras circunstancias, desearía gritar a los cuatro vientos su estado de buena esperanza, su embarazo. Un sueño próximo a convertirse en realidad, un sueño de ser mamá por segunda vez, y que el solo hecho de pensarlo, estremece su cuerpo, como si de un delito se tratase.

Ante el espejo, y después de haberse enjuagado su dolorido rostro, lo seca con sumo cuidado, mientras contempla los hematomas que circundan sus parpados y parte de la comisura de sus labios. Se aplica un poco de maquillaje entre muecas de dolor y tras terminar de acicalarse y colocarse unas oscuras gafas, se dispone a llevar a su pequeño al colegio. Por el camino, trata de convencerle para que no diga nada del enfado de papá con mamá -Este será nuestro secreto- le comenta.

Ella, vive aislada del mundo que le rodea, como una víctima más de la cobardía de un degenerado, del que prefiere no hablar ni comentar. Tanto es así, que vive aferrada a la esperanza de que cambiará, de que no es malo, de que tan solo le ocurre cuando se toma una copa de más, porque digan lo que digan, es su esposo y el padre de su hijo, al que quiere con locura.

En su soledad, entre movimientos fluctuantes, y su pensamiento puesto en el recuerdo de la última paliza, intenta ejercer sus labores de ama de casa. El día transcurre con el creciente temor de ver las agujas del reloj encumbrando las nueve de la noche. Es la hora en la que suele aparecer su marido, su amor, el padre de su hijo. De repente, cuando más ensimismada está en sus pensamientos, su cuerpo se estremece ante el sonido del timbre de la puerta. Presurosa y temblorosa acude a abrirla, temiendo en el estado en que vendrá, pensando en que decirle para contentarlo, en abrazarlo y besarlo...Tras el crujido que produce la puerta al cerrarse, su cuerpo es abatido contra el suelo, mientras se protege con sus brazos y escucha las palabras incoherentes que brotan de los labios ebrios de su maltratador, de su verdugo. Es una más entre las innumerables palizas acontecidas a lo largo de tan nefasta relación.

Fuera en la calle, la vida transcurre en un día que toca a su fin, entre cierto bullicio de mujeres que unidas han decidió prepararse para celebrar el día de la mujer trabajadora; y en el que seguramente, aprovecharan, para una vez más, criticar la violencia de género, algo de cuyas consecuencias podrían hablarnos largo y tendido, infinidad de mujeres, que lejos de denunciar, mantienen silenciadas y en un secreto nacido de las entrañas del temor; las vejaciones y maltratos sufridos por un “compañero” que les ha tocado en suerte. Todo un gran compañero en apariencia, un esposo modelo; de no ser porque en su interior, se oculta el más vil cobarde de los degenerados.

Andrés Rubido García