Mirar atrás, rebuscando entre los episodios que ya forman parte de mi pasado, y que me permiten soñadoramente retroceder en el tiempo, hasta el punto de poder revivir aquellos días, en los que vestido con un babi azul, atendía como dependiente a los clientes de la ferretería Trinquete. Por aquel entonces, aún no habían colgado sobre su puerta, el rótulo de la avenida que allí comienza, y cuyo nombre hace alusión a su inaugurador. Voluntad y deseo en aquella época, de los grandes empresarios y mandatarios de la villa, al haber concedido al entonces ministro de educación y ciencias, -Hoy recientemente fallecido- el privilegio de dedicarle su nombre, a una de las más importantes arterias de nuestro pueblo. A lo largo de aquella avenida, y en su margen derecha, tras dejar la fábrica de Marujita Canela y el nuevo edificio de la cofradía, recuerdo a marineros remendando los aparejos. La cercanía de la playa de la concha con las embarcaciones fondeadas, así como alguna que otra varada sobre su arena, hacían de aquella avenida y relleno, un bello mirador. A medida que se discurría por ella, después de haber dejado atrás y en su margen izquierdo: El barómetro, la Fuente de la Rivera, la escuela de “Chámallo tú”, la tahona, y ya cerca de la casa del Canelo; crecía el rumor y ambiente marinero. El despertar de un nuevo día veraniego, se traducía con un gran número de embarcaciones entrando y anunciándonos con sus pitadas el tipo de pescado; al tiempo que sobre el relleno comenzaban a agruparse los camiones de los llamados fresqueros. El bullicio en el exterior e interior de la lonja, era una muestra más de la buena pesca, entre las otras pequeñas muestras de pescado, con la que cada embarcación nos informaba de la especie y calidad del mismo, así como de la llegada de cada una de las tarrafas -algunas salpicadas con la buena suerte, a la que calificábamos como “Lancha e barco”.
Fabricantes conserveros y fresqueros, competían en las subastas, de la misma forma, que en la rambla lo hacían las peixeiras y peixeiros, entre los que se encontraba mi abuela. Siempre esperanzados en poder comprar algo de pescado, para su posterior venta por las ferias de los pueblos o aldeas del interior. Podía verlos apoyados o sentados sobre alguna de las gamelas varadas, o arrodillados sobre el firme de la rambla, contando las docenas o cientos que les hubiesen entrado en la compra de aquel quiñón, salavardo o chona.
El constante trasiego de personas y vehículos a lo largo de aquella avenida, se traducía entre camiones grandes y pequeños, zorras o carros empujados y guiados por hombres o mujeres, carretillas y también alguna que otra bicicleta, acondicionada en su porta paquetes, para poder transportar alguna que otra caja de pescado, o remolcar un pequeño carro en el que cargarlas y, con la que poder ganarse unas pesetas.
En las embarcaciones atracadas al muelle y otras veces varadas, podía ver a las mujeres enterradas en pescado hasta la cintura. Mujeres a las que se les conocía si mal no recuerdo, como envasadoras. Eran otros tiempos, eran tiempos en los que el ruido de las zuecas que calzaban las mujeres y que resonaban tanto por la avenida como por el interior de las fábricas, así como las escamas salpicadas en sus marcados rostros, vestimentas y brazos; se traducían como sello y testigo de un arduo trabajo. Un trabajo a pesar del cual, se mantenían siempre ilusionadas y sonrientes, en un pueblo que a pesar de la dureza de la época, también sonreía esperanzado en poder hacer prevalecer sus derechos y, cómo no, escapar de la miseria y el abuso de los que desde sus poltronas de cuero, nos imponían los salarios.
Andrés Rubido García
Fabricantes conserveros y fresqueros, competían en las subastas, de la misma forma, que en la rambla lo hacían las peixeiras y peixeiros, entre los que se encontraba mi abuela. Siempre esperanzados en poder comprar algo de pescado, para su posterior venta por las ferias de los pueblos o aldeas del interior. Podía verlos apoyados o sentados sobre alguna de las gamelas varadas, o arrodillados sobre el firme de la rambla, contando las docenas o cientos que les hubiesen entrado en la compra de aquel quiñón, salavardo o chona.
El constante trasiego de personas y vehículos a lo largo de aquella avenida, se traducía entre camiones grandes y pequeños, zorras o carros empujados y guiados por hombres o mujeres, carretillas y también alguna que otra bicicleta, acondicionada en su porta paquetes, para poder transportar alguna que otra caja de pescado, o remolcar un pequeño carro en el que cargarlas y, con la que poder ganarse unas pesetas.
En las embarcaciones atracadas al muelle y otras veces varadas, podía ver a las mujeres enterradas en pescado hasta la cintura. Mujeres a las que se les conocía si mal no recuerdo, como envasadoras. Eran otros tiempos, eran tiempos en los que el ruido de las zuecas que calzaban las mujeres y que resonaban tanto por la avenida como por el interior de las fábricas, así como las escamas salpicadas en sus marcados rostros, vestimentas y brazos; se traducían como sello y testigo de un arduo trabajo. Un trabajo a pesar del cual, se mantenían siempre ilusionadas y sonrientes, en un pueblo que a pesar de la dureza de la época, también sonreía esperanzado en poder hacer prevalecer sus derechos y, cómo no, escapar de la miseria y el abuso de los que desde sus poltronas de cuero, nos imponían los salarios.
Andrés Rubido García

Muy bonito tocayo..
ResponderEliminarme encanta..
Un abrazo..
Andrés E. Garcia Vidal
¡¡¡Mil gracias tocayo!!! Me alegro de que te haya gustado. Como podrás ver, son episodios de nuestro terruño, un poco centrados en mis vivencias. Un abrazo
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