viernes, 20 de enero de 2012

El indigente

Como cada mañana, había madrugado con el deseo de pasear por la bahía, y aprovechar para hacer unas fotos a las obras del segundo puente; algo que venía haciendo con cierta asiduidad desde su comienzo. Comenzaba a amanecer cuando cargado con los prismáticos y la cámara de fotos, enfile mis pasos bajo la luz de las farolas de la calle, que aún permanecían encendidas. El tímido resplandor del amanecer, anunciaba la proximidad del astro rey en un día que se prometía primaveral, y en el que las blanquecinas y redondeadas formas de las nubes, empujadas por la brisa de levante, jugaban a su paso con los primeros rayos del sol que asomaban por el horizonte. Un horizonte nítidamente marcado en la lejanía, por la recortada silueta de las montañas de la sierra, que a su vez, ofrecían una contrastada y bella imagen. El acerado del paseo y su entorno, conservaban la humedad desprendida durante la gélida noche y aún presente en el ambiente. Sobre la barandilla que bordea y se extiende a todo lo largo del paseo, varios pescadores con sus cañas lanzadas y apoyadas sobre dicha balaustrada, esperaban pacientemente la picada de algún confiado y hambriento pez. La baja temperatura, se evidenciaba, incluso entre los buenos días que educadamente se regalaban pescadores y viandantes entre sí, haciendo sonrientes alusiones al frio matutino y a la escasa pesca.

Continué caminando en dirección al puente y más concretamente, al espigón que sirve de abrigo al club náutico; lugar desde donde acostumbro hacer las primeras fotos, para luego dirigirme hacia el entronque del puente con el paseo. A medida que me acercaba, pensaba, en que sería mejor esperar a tener el Sol más alto, para evitar contrastes de luz; por lo que decidí prolongar mi paseo más allá de lo habitual. Fue casi llegando al final del mismo, cuando observe sobre la parte trasera de uno de los bancos, un cuerpo cubierto con un gran cartón. Decidí acercarme cautelosamente, en la completa seguridad de que se trataba de una persona. Cuando estuve lo suficientemente cerca, pude ver unos zapatos raídos con la suela muy gastada que sobresalían de debajo del cartón. Por un instante, asociar a una persona dormida, sin más abrigo que el de un cartón bajo el manto de aquella gélida noche, me hizo pensar en lo peor. Me quede contemplándolo, y esperanzado en apreciar algún movimiento capaz de borrar mi negativo presagio. Fue justo en el momento que había decidido acercarme algo más, para asegurarme de que todo iba “Bien”, cuando asomo una de sus manos rebuscando en el suelo, un envase de vino tinto y totalmente vacío.

- Buenos días jefe ¿Está usted bien? -exclamé y pregunté con cierta preocupación y arriesgándome a tener que soportar la más abrupta de las respuestas- Entreabrió los ojos y se quedo mirándome fijamente. Estaba esperando su contestación, cuando escuché una voz detrás de mí.

 - Está usted perdiendo el tiempo, ni caso; con la borrachera que tiene ni se entera del frio. Ignore la detestable “aclaración” haciendo oídos sordos, mientras por el rabillo del ojo, contemplaba al individuo que acababa de vomitar semejante despropósito. Volví la mirada hacia el indigente, con la intención de tratar de ayudarle con algunas monedas, pero se había vuelto a quedar dormido. Opte por dejárselas en el suelo, al lado de un cartón doblado y sobre el que apoyaba la cabeza, como si de una almohada se tratase. Un cartón, en el que la humedad de aquella fría noche, había dejado marcado con su huella.

De regreso, me preguntaba sobre la infinidad de dramáticas circunstancias que terminan conduciendo y obligando a una persona a vivir y pernoctar en la calle, sin más abrigo que un cartón y alguna que otra limosna que le permita satisfacer, o en el peor de los casos, “mitigar” sus necesidades. Pensando en todas y cada una de las crudas realidades con las que nos sorprende la vida, había llegado a casa con un montón de imágenes dramáticas bailando en mi mente, y la tarjeta de memoria de la cámara de fotos vacía.

Andrés Rubido García

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