Cuando las mieles del triunfo comienzan a adentrarse en la antesala del olvido, empujadas por el día a día, entre los que florece algún que otro episodio, invitándonos a espontaneas celebraciones cargadas de humildad y sencillez. Es cuando se hace patente la amplia trayectoria de nuestra vida. Quizá no puedan catalogarse como grandes hazañas, pero sí existen triunfos en nuestro devenir, marcados a lo largo de la misma. Triunfos de amor, de acercamiento, de amistad, de aprendizaje; de mantener siempre viva la llama de la fragua, en la que hemos de continuar forjando nuestra autoestima, nuestra propia historia. Siempre dispuestos en esa lucha por la supervivencia. Siempre tratando de mantener el equilibrio emocional, en ese titánico y desconocido futuro que nos llega cargado de sorpresas, y a las que nuestra razón de ser, nos invita a afrontar todas y cada una de las pruebas a las que nos somete la vida.
Creo necesario mirar atrás, aunque solo sea por un instante. Me atrevería a decir, que necesitamos contemplar ciertas huellas dejadas; no sólo aquellas, cuyos pasos fueron dados con firmeza y acierto; sino también, por los que hemos dado bajo la timidez, bajo la duda y cómo no, bajo la indiferencia; aquellos que terminaron con tropiezos y caídas. De ellos hemos tenido que aprender, para evitar en lo posible tropezar nuevamente.
Como marino, son infinitas las veces en las que apoyado en la barandilla de popa, observaba como se perdía en la lejanía, hasta hundirse en el horizonte: la ciudad, el puerto, la civilización…todo, hasta quedar únicamente la estela que el barco dejaba en su navegar, la cual, poco a poco también terminaba por diluirse en sí misma, en su propia masa, por desaparecer. Algo muy distinto a lo que ocurre con la estela de la vida. Una marca, una huella o referencia de nuestro paso, a la que siempre recurrimos como únicos archivos, testigos referentes de nuestra historia. En ellos, se conserva una de las enciclopedias más valiosas del ser humano. La enciclopedia de los recuerdos, aquella que solemos abrir para revivir nuestra niñez, nuestros momentos más añorados, reencuentros, etc. Un diario de incalculable valor y forjado en el día a día, con las herramientas de la constancia, en la incesante búsqueda del mantenimiento de nuestros deseos más perseguidos, entre los que el cariño y el amor hacia nuestros semejantes, hacia nuestros amigos, y cómo no, hacia nuestros seres más queridos, son por así decirlo, el vínculo de nuestra razón de ser.
Andrés Rubido García

Me encanta el blog! a seguir así!
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