miércoles, 9 de septiembre de 2020

Argalladas morriñentas

 

Son ya muchos los años transcurridos sin visitarte. Muchos los años, en que por primera vez me aleje de ti por iniciativa nacida de mis mayores. Aún así, te mantengo vivo en mi recuerdo. Quizá, con una imagen distinta, a la del día de hoy. Quizá, por no ser yo tal cual el que te recuerda, sino el cativo, el chacho que continua viviendo en mí.

Por aquel entonces, eran muchas las calles y callejones, cuyo empedrado exigía cierto cuidado al caminar, aunque también recuerdo, que solo se conocían por nombres que no figuraban en letreros o placa alguna: A Carretera, a carretera do muelle, o calexón das queimas, o calexón de Picos…etc. Y otra con las que solo se soñaba, y que al cabo de los años existe, aunque no como entonces la imaginaba; pues por no tener, no tiene nada más que una entrada, además de el nombre, “La laguna”.  Hoy, en el idioma gallego; no en nuestro castrapo de entonces, sería: A estrada, a estrada do peirao, o canellón das queimas, o canellón de Picos. A decir verdad, echo de menos nuestra forma de hablar el gallego, aunque esta no fuera la correcta. No me produce vergüenza el reconocer, que en más de una ocasión, tengo que echar mano del diccionario gallego.

Pero no pretendo hacer una crítica a nuestro idioma gallego. Quizá el sentimiento de volver a mirar atrás, es lo que en realidad me lleva a escribir estas argalladas, y echando mano de esa morriña que nos invade a una gran parte de los gallegos; traer a mi recuerdo, aquel hermoso pueblo lleno de vida, de gentes humildes y trabajadoras, de aquella concha llena de barcos, de sus sirenas, de la sirena de la lonja, de las fábricas llenas de mujeres y hombres trabajando. Eran tiempos de la posguerra, en los que la pobreza, reinaba entre las familias trabajadoras, en una gran mayoría salpicadas del luto al que nos consagró la maldita guerra. Acude a mi recuerdo aquel cantar de nuestra amada Rosalía de Castro: Airiños airiños aires… "¡Muiñeira, muiñeira!"
¡Ai, quen fora paxariño
de leves alas lixeiras!
¡Ai, con que prisa voara,
toliña de tan contenta,
para cantar a alborada
nos campos da miña terra!

E verda que non sei falar jallejo. Sinto ter que entender, que a culpa morreu solteira; sejun dicía meu abuelo, porque naide a quería. O único que sei, e que me sijo sentindo tan pixin coma sempre, recordando aquel porto de Cariño. Un precioso rincón jallejo, que os anos  invitanme a recordalo, tal e cómo o conocín.

Andrés Rubido García

jueves, 18 de junio de 2020

¿Planeta Azul?


Me gustaría despertarme con ilusiones compartidas, con deseos de salir a la calle y repartir los consabidos ¡Buenos días!, ¡Buenas tardes! O ¡Buenas noches! Con abrazos, sin reparar a quien o con quien. No me resulta lógico y mucho menos simple, aceptar la cantidad de herramientas antisociales que se manejan en este siglo, del que recuerdo cuando era niño, como algo muy lejano y en el que creía que se acabarían las guerras, los odios y rencores, para dar paso al entendimiento por medio del dialogo. Una de las herramientas más antiguas sofisticadas y perfectas, al alcance de la humanidad y tan poco utilizada. Pues de eso se trata, de buscar la paz entre la humanidad. De tender puentes  y vías de comunicación, en vez de barreras.
Resulta odioso, ver que incluso rodeados de una pandemia de tal magnitud, los políticos aprovechen para insultarse, incluso para hacer lo que bien podría darse en llamar, mítines de propaganda política, sazonados de abundante demagogia; buscando la forma y manera de aniquilar al gobierno u otro cualquier partido; en vez de aunar  ideas y fuerza, para poder llegar a vencer a esta pandemia por el bien de la humanidad, de este planeta, que como si de arena se tratase, se nos escurre de entre las manos.
En esta época, supuestamente tan avanzada en cuanto a productos de última generación, nos rasgamos las vestiduras por los colores de una bandera, como si en ello nos fuera la vida… esa vida que se nos apaga con esta pandemia que no sabemos bloquear, por culpa de la ceguera de nuestras ideas personales, que al parecer, después de no servir para nada, perdemos tiempo y vida en este bello planeta, plagado de envidias, de odios, de intereses creados, de políticas demagógicas, que tan solo nos conducen a encrucijadas oscuras y sin salida.
Es verdad que el hombre, es el único animal, que es capaz de tropezar,  no una ni dos ni tres, con la misma piedra; sino infinidad de veces, por su terquedad, por ese ego autoimpuesto, flagelándose y sufriendo las consecuencias de  su incapacidad de dialogo, único puente de unión, que nos puede llevar a una solución, que se me antoja, podría tener algo que ver, con ese día en el que pudiésemos vivir en paz, en medio de este planeta azul.

Andrés Rubido García

domingo, 14 de junio de 2020

Entre Poldo y yo


No son pocos los años transcurridos, pero me resulta difícil aceptar la rapidez del paso de los mismos. Entre ellos, contemplo como si de un videoclip se tratase; momentos de felicidad, de quietud, de las alegrías y ¿por qué no decirlo?, de las tristezas; siendo estas últimas más duraderas, mas pausadas en el transcurrir. Toda una larga lista de amontonados momentos, en un abrir y cerrar de ojos… De verme sentado ante un pupitre, ha estar trabajando de dependiente. De escuchar las palabras de mis abuelos, a verme abandonando mí pueblo. De verme navegando por primera vez, mientras intento encontrar la razón del porqué. De comenzar a jugar con los sentimientos del querer. De soñar despierto lo más maravilloso, hasta llegar a verme en el más feliz de los días; todo ello, mientras le esperaba en el altar.
Hoy que me duermo y despierto a su lado, recuerdo todo eso y mucho más. El primero de los besos. El nacimiento de todos y cada uno de mis hijos. De encontrarme navegando y contando los interminables días en medio de cielo y mar, para volver de nuevo a puerto. De aquellos amontonados besos en cada una de las despedidas, para volver a navegar. Luego llegarían las argucias para esconder el temor ante el hecho de tener que zarpar. Por cada año que pasaba, se me hacía más difícil, hasta llegar al punto de sentirme cobarde ante la tempestad. Me hablan de lobos de mar, de que estamos hechos de otra casta…y me veo como el alumno suspenso ante tal titulación, aun habiendo naufragado tres veces. Son tantos los días que he vivido contemplando el horizonte, escudriñando ese punto en el que el cielo se confunde con el mar; con la mirada fija, como pretendiendo ver todo aquello que echaba de menos.  Han sido tantos y tantos días, sin teneros a mi lado, que a pesar…Del paso de los años, se me ha hecho corto este largo paseo por el camino de la vida, de ese tic-tac, que dependiendo del momento, siempre continuaba y continua con su compás, mientras pensaba en el mañana…que ha día de hoy, ya no vislumbro. Quizá el aceptar que a pesar de no estar navegando entre olas, continuo siendo un naufrago ante la adversidad. Dando largas a mis problemas, mientras me consuelo con las nuevas generaciones, con mis hijos, con mis nietos.

Andrés Rubido García

viernes, 1 de mayo de 2020

Desvariando


Quizá mí longevo cerebro y este desesperante  confinamiento, me han llevado a ver de forma más acusada, las  dificultades de estos tiempos que corren, entender que por una vez en el mundo llueve a gusto de todos, es algo que nunca ha llegado a ocurrir desde la aparición del hombre sobre la tierra. Siempre ha habido y habrá baches, o simplemente alguna que otra piedra, con la que el hombre es capaz sin proponérselo, de tropezar más de tres veces con ella.
Hoy por hoy veo mi pueblo, y tengo que reconocer, dejando de lado la añoranza, que el cambio es sustancial. Grandes edificios, casas impensables en mi época, calles asfaltadas y con aceras, un paseo… gran paseo marítimo, plazas reformadas…
Aquí es donde sin pretenderlo toco techo y me pregunto. ¿Dónde está el encanto del pueblo que me vio nacer? Aquel en el que los niños jugaban a los caños, a la billarda, a las canicas con bolas de barro e balocos, o con los peones que comprábamos en casa del tío Chinto. No, no es añoranza, es utilizar aquella vieja balanza, y poner en cada plato, lo que tenemos y lo que no tenemos.
Me apena ver una lonja de pescados vacía, Una fábrica de hielo, que sin el suficiente conocimiento, estará bajo mínimos; una concha que sigue llorando la falta de barcos. Sin olvidarnos de la hermosa playa que rodeaba aquella concha… ¿Donde están las dunas de arena? Creo recordar una plaza con una hermosa fuente de cuatro caños y custodiada de cuatro hermosos arboles.
Hemos avanzado tanto en nuestro querido y amado pueblo, que yo mismo sin ir más lejos, me siento extranjero en mi tierra.
Hablar de miseria, no, no es precisamente de lo que trato, pero acaso estamos tan lejos de ese espeluznante tema. ¿Cuántos son los hogares que existen con todos sus miembros en paro? ¿Cuántos son los matrimonios que necesitan de la pensión de los abuelos, para poder al menos lograr un sustento?
Me consta que en mi época, el trabajador era totalmente esclavizado y vilipendiado, desde sus butacones de cuero, por fuertes empresarios, que eran en definitiva los que engordaban sus cuentas. Precisamente, eso conllevó a la emigración a su punto más álgido… ¿Diferente a lo que ocurre hoy?
Sinceramente, sé que me vais a tratar de un morriñento, o más castellanamente hablando de un puñetero sentimental nostálgico. Quizá estéis en lo cierto, pero aún hoy es el día con el que continuo soñando con aquel pueblo, en el que la gente sonreía y vivía alrededor del aroma de los cocederos de más de veinte fabricas trabajando, y una concha llena de barcos, y no por ello, pretendo olvidar la falta de preparación cultural, nada comparable con los tiempos que corren, máxime, los últimos inventos de nueva generación, que sin ir muy lejos, tenemos que caminar con pies de plomo, para no tropezar, con la cantidad de estafadores  y trileros, que a pesar de que ya no hay piedras en el camino, podemos tropezar de la manera más tonta.

Andrés Rubido García

lunes, 27 de abril de 2020

¡Mamá te quiero!


¡No! No me he equivocado en el día de la celebración de la madre. Simplemente quiero recordarme a mí mismo, que el día de mi Madre, es cualquier día del año, cualquier momento, en el que me quede contemplado esa foto que conservo de ella, y en la que aparecemos los dos.

Una vez más siento la necesidad de plantar cara a ese gigante tan grande como es el marketing. Sinceramente, ¿Quién es ese gigante, al que permitimos que nos rijamos como miembros de una inmensa manada de corderitos atravesando por la cañada que a él le convenga, según momento, día o fiesta del año para recordarnos fechas, para recordarnos la joya?… ¿Quién es ese tan atento y respetuoso, capaz de desmelenarse, en pos de que cumplamos con sus urdidas patrañas? 

Son tantos los años preñados de preguntas sin respuestas. Tantos mis infructuosos intentos por recobrar una memoria que apenas comenzaba a ejercitarse como tal, que hoy como queriendo pretender un imposible, me vuelvo a recrear, contemplando tu foto, y casi murmurando diciéndote ¡Mamá! Pero ni en mis lágrimas derramadas, encuentro ese granito que me sirva, aunque sea por un solo momento, para poder decirte… ¡Lo recuerdo! Recuerdo aquel día, el instante, aquel beso mientras te imagino acunándome entre tus brazos.

Hoy, como en cada instante, acuden a mi mente mis queridos nietos. Y es hoy ¡mamá!, cuando creo que haya donde estés, deberás estar disfrutando de que la familia crece, de que ya son tres tus bisnietos, único regalo que puedo hacerte, a través de esta carta, que me consta, habrás terminado de leerla, al mismo tiempo que yo de escribirla.

Mamá, permíteme que con esta pequeña carta, pueda extender todo mi amor, a todas las madres del mundo, y felicitaros en nombre de todos esos hijos que os quieren del mismo modo que yo os quiero y respeto, dado el gran don del que Dios os ha dotado, y de esa forma Felicitarlas a todas, como si de una sola se tratase…Quizá, porque para mí, todas las madres sois iguales ¡mamá! Recibe de mis labios, aunque solo pueda ser de forma virtual, todos esos besos y arrumacos, que me hubiese gustado poder darte en persona ¡Te quiero Mamá!

Andrés Rubido García