Son ya muchos los años transcurridos sin visitarte. Muchos los años, en que por primera vez me aleje de ti por iniciativa nacida de mis mayores. Aún así, te mantengo vivo en mi recuerdo. Quizá, con una imagen distinta, a la del día de hoy. Quizá, por no ser yo tal cual el que te recuerda, sino el cativo, el chacho que continua viviendo en mí.
Por aquel entonces, eran muchas las calles y callejones, cuyo empedrado exigía cierto cuidado al caminar, aunque también recuerdo, que solo se conocían por nombres que no figuraban en letreros o placa alguna: A Carretera, a carretera do muelle, o calexón das queimas, o calexón de Picos…etc. Y otra con las que solo se soñaba, y que al cabo de los años existe, aunque no como entonces la imaginaba; pues por no tener, no tiene nada más que una entrada, además de el nombre, “La laguna”. Hoy, en el idioma gallego; no en nuestro castrapo de entonces, sería: A estrada, a estrada do peirao, o canellón das queimas, o canellón de Picos. A decir verdad, echo de menos nuestra forma de hablar el gallego, aunque esta no fuera la correcta. No me produce vergüenza el reconocer, que en más de una ocasión, tengo que echar mano del diccionario gallego.
Pero no pretendo hacer una crítica a nuestro idioma gallego. Quizá el
sentimiento de volver a mirar atrás, es lo que en realidad me lleva a escribir
estas argalladas, y echando mano de esa morriña que nos invade a una gran parte
de los gallegos; traer a mi recuerdo, aquel hermoso pueblo lleno de vida, de
gentes humildes y trabajadoras, de aquella concha llena de barcos, de sus
sirenas, de la sirena de la lonja, de las fábricas llenas de mujeres y hombres
trabajando. Eran tiempos de la posguerra, en los que la pobreza, reinaba entre
las familias trabajadoras, en una gran mayoría salpicadas del luto al que nos
consagró la maldita guerra. Acude a mi recuerdo aquel cantar de nuestra amada
Rosalía de Castro: Airiños airiños aires… "¡Muiñeira,
muiñeira!"
¡Ai, quen fora paxariño
de leves alas lixeiras!
¡Ai, con que prisa voara,
toliña de tan contenta,
para cantar a alborada
nos campos da miña terra!
E verda que non sei falar jallejo. Sinto ter que entender, que a culpa morreu solteira; sejun dicía meu abuelo, porque naide a quería. O único que sei, e que me sijo sentindo tan pixin coma sempre, recordando aquel porto de Cariño. Un precioso rincón jallejo, que os anos invitanme a recordalo, tal e cómo o conocín.
Andrés Rubido García

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