Quizá mí longevo cerebro y este
desesperante confinamiento, me han
llevado a ver de forma más acusada, las
dificultades de estos tiempos que corren, entender que por una vez en el
mundo llueve a gusto de todos, es algo que nunca ha llegado a ocurrir desde la
aparición del hombre sobre la tierra. Siempre ha habido y habrá baches, o
simplemente alguna que otra piedra, con la que el hombre es capaz sin
proponérselo, de tropezar más de tres veces con ella.
Hoy por hoy veo mi pueblo, y
tengo que reconocer, dejando de lado la añoranza, que el cambio es sustancial.
Grandes edificios, casas impensables en mi época, calles asfaltadas y con
aceras, un paseo… gran paseo marítimo, plazas reformadas…
Aquí es donde sin pretenderlo
toco techo y me pregunto. ¿Dónde está el encanto del pueblo que me vio nacer? Aquel
en el que los niños jugaban a los caños, a la billarda, a las canicas con bolas
de barro e balocos, o con los peones que comprábamos en casa del tío Chinto. No,
no es añoranza, es utilizar aquella vieja balanza, y poner en cada plato, lo
que tenemos y lo que no tenemos.
Me apena ver una lonja de
pescados vacía, Una fábrica de hielo, que sin el suficiente conocimiento,
estará bajo mínimos; una concha que sigue llorando la falta de barcos. Sin
olvidarnos de la hermosa playa que rodeaba aquella concha… ¿Donde están las
dunas de arena? Creo recordar una plaza con una hermosa fuente de cuatro caños
y custodiada de cuatro hermosos arboles.
Hemos avanzado tanto en nuestro
querido y amado pueblo, que yo mismo sin ir más lejos, me siento extranjero en
mi tierra.
Hablar de miseria, no, no es
precisamente de lo que trato, pero acaso estamos tan lejos de ese espeluznante
tema. ¿Cuántos son los hogares que existen con todos sus miembros en paro?
¿Cuántos son los matrimonios que necesitan de la pensión de los abuelos, para
poder al menos lograr un sustento?
Me consta que en mi época, el
trabajador era totalmente esclavizado y vilipendiado, desde sus butacones de
cuero, por fuertes empresarios, que eran en definitiva los que engordaban sus
cuentas. Precisamente, eso conllevó a la emigración a su punto más álgido…
¿Diferente a lo que ocurre hoy?
Sinceramente, sé que me vais a
tratar de un morriñento, o más castellanamente hablando de un puñetero
sentimental nostálgico. Quizá estéis en lo cierto, pero aún hoy es el día con
el que continuo soñando con aquel pueblo, en el que la gente sonreía y vivía
alrededor del aroma de los cocederos de más de veinte fabricas trabajando, y
una concha llena de barcos, y no por ello, pretendo olvidar la falta de
preparación cultural, nada comparable con los tiempos que corren, máxime, los
últimos inventos de nueva generación, que sin ir muy lejos, tenemos que caminar
con pies de plomo, para no tropezar, con la cantidad de estafadores y trileros, que a pesar de que ya no hay
piedras en el camino, podemos tropezar de la manera más tonta.
Andrés Rubido García

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