viernes, 1 de mayo de 2020

Desvariando


Quizá mí longevo cerebro y este desesperante  confinamiento, me han llevado a ver de forma más acusada, las  dificultades de estos tiempos que corren, entender que por una vez en el mundo llueve a gusto de todos, es algo que nunca ha llegado a ocurrir desde la aparición del hombre sobre la tierra. Siempre ha habido y habrá baches, o simplemente alguna que otra piedra, con la que el hombre es capaz sin proponérselo, de tropezar más de tres veces con ella.
Hoy por hoy veo mi pueblo, y tengo que reconocer, dejando de lado la añoranza, que el cambio es sustancial. Grandes edificios, casas impensables en mi época, calles asfaltadas y con aceras, un paseo… gran paseo marítimo, plazas reformadas…
Aquí es donde sin pretenderlo toco techo y me pregunto. ¿Dónde está el encanto del pueblo que me vio nacer? Aquel en el que los niños jugaban a los caños, a la billarda, a las canicas con bolas de barro e balocos, o con los peones que comprábamos en casa del tío Chinto. No, no es añoranza, es utilizar aquella vieja balanza, y poner en cada plato, lo que tenemos y lo que no tenemos.
Me apena ver una lonja de pescados vacía, Una fábrica de hielo, que sin el suficiente conocimiento, estará bajo mínimos; una concha que sigue llorando la falta de barcos. Sin olvidarnos de la hermosa playa que rodeaba aquella concha… ¿Donde están las dunas de arena? Creo recordar una plaza con una hermosa fuente de cuatro caños y custodiada de cuatro hermosos arboles.
Hemos avanzado tanto en nuestro querido y amado pueblo, que yo mismo sin ir más lejos, me siento extranjero en mi tierra.
Hablar de miseria, no, no es precisamente de lo que trato, pero acaso estamos tan lejos de ese espeluznante tema. ¿Cuántos son los hogares que existen con todos sus miembros en paro? ¿Cuántos son los matrimonios que necesitan de la pensión de los abuelos, para poder al menos lograr un sustento?
Me consta que en mi época, el trabajador era totalmente esclavizado y vilipendiado, desde sus butacones de cuero, por fuertes empresarios, que eran en definitiva los que engordaban sus cuentas. Precisamente, eso conllevó a la emigración a su punto más álgido… ¿Diferente a lo que ocurre hoy?
Sinceramente, sé que me vais a tratar de un morriñento, o más castellanamente hablando de un puñetero sentimental nostálgico. Quizá estéis en lo cierto, pero aún hoy es el día con el que continuo soñando con aquel pueblo, en el que la gente sonreía y vivía alrededor del aroma de los cocederos de más de veinte fabricas trabajando, y una concha llena de barcos, y no por ello, pretendo olvidar la falta de preparación cultural, nada comparable con los tiempos que corren, máxime, los últimos inventos de nueva generación, que sin ir muy lejos, tenemos que caminar con pies de plomo, para no tropezar, con la cantidad de estafadores  y trileros, que a pesar de que ya no hay piedras en el camino, podemos tropezar de la manera más tonta.

Andrés Rubido García

No hay comentarios:

Publicar un comentario