domingo, 2 de diciembre de 2012

Tras el horizonte



Cuantas veces apoyado en la barandilla de popa y con la vista perdida en el horizonte, en el que apenas horas antes se erguía una ciudad, y que poco a poco se había diluido en la distancia hasta perderse. El mismo horizonte sobre el que continuaba escudriñando con mis ojos. Una experiencia repetitiva y que me surgía en la salida de cada puerto.

Pensando en ello, he rebuscado siempre entre mis vivencias, en la posibilidad de que alguna me hubiese dejado su marcada huella e inconscientemente, fuese la razón  que me impulsase a ese pueril deseo. Más solo encontré dos, que analizadas detenidamente, podían ser el origen de dicha manía.

Desde que tengo uso de razón, el hecho de haber sufrido desde muy niño las consecuencias de la emigración; las despedidas son para mí sinónimo de tristeza, y quizá por ello, también comencé a rehusar el decir adiós. Prefiero decir hasta pronto, aunque el periodo de ausencia se prevea largo. Nunca he sido supersticioso; pero quizá el haber comenzado a navegar desde muy temprana edad y haber escuchado a los mayores profiriendo frases como: “Sabemos de la salida, pero no del regreso”. Dichos populares y marineros, que sumados al hecho de haber sido naufrago por primera vez con 18 años, comenzaron a hacer mella en mi mente; de tal manera, que en la medida que transcurría el tiempo y a los que hube de sumar dos naufragios más, comencé a ver la botella medio vacía.

Sea como fuere, salir de puerto y ver como todo aquello que más quieres, se diluye en el horizonte, absorbido por la creciente distancia y la calima…Disolver el nudo que se forma en la garganta, al tiempo que embargado por las circunstancias y la impotencia, sentir como se me humedecían los ojos; mientras en silencio y mentalmente, terminaba por aceptar el camino elegido, el que me había planteado como profesional para seguir a la búsqueda del salario con el que dar de comer a los míos…

Recuerdo que en cierta ocasión un experimentado marino, de los llamados lobos de mar me decía: “Es cuestión de acostumbrarse” Sin embargo, a día de hoy, jubilado y en tierra firme, con el pelo convertido en canas y una edad sexagenaria; aún se me ponen los bellos de punta cuando un mal tiempo me lleva a pensar en las criaturas que están navegando, y que como marinos, sufren las impredecibles y en muchas ocasiones delicadas circunstancias.

Por todo ello, creo haber llegado a una conclusión, de la que se desprende que no he sabido ser un marino por más que lo he intentado, pues a pesar de mis cerca de cuarenta años navegados, con la mente cincelada por las variopintas circunstancias, el viento y los golpes de mar; así como ver aquel gran barco convertido en cascaron ante las grandes montañas de mar sobre las que cabalgábamos, más que cabalgar, bailar al son que nos marcaban las condiciones, riendo por no llorar y desayunando aquel vendaval con la información que nos llegaba y en la que se hablaba, de mar arbolada a montañosa y, con la Virgen del Carmen en mi mente…una y otra vez, repitiéndose las experiencias, pues como dice el refrán: Detrás del mal tiempo viene la calma y viceversa. A lo largo de los años; solo he hallado una razón válida  extraída de dicha conclusión: la duda que aún hoy convive conmigo, la de no haber llegado a ser un buen marino, quizá porque nunca conseguí llegar a acostumbrarme. Después de todo, lo importante es tener la suerte de contarlo y poder dar gracias a la vida, rodeado de aquellos que más quieres, con las fuerzas suficientes para poder superar algún que otro naufragio con los que la vida nos suele sorprender, a pesar de estar en tierra firme.

Andrés Rubido García

2 comentarios:

  1. Esto; lo tengo tengo escuchado a marineros de Cariño que hoy están jubilados, de nuestra edad, arriba o abajo alrededor de los 60. Son sentimientos que aunque no los he vivido en directo, si lo escuché mucho, "Nunca me afixen a andar o mar", incluso que se mareaban. Por eso el mar es muy sacrificado, le agradezco a mi padre que, me dejara ni siquiera acercarme al muelle, por miedo a que de niño quisiera embarcar. Es un sufrimiento que cuando ves los precios del pescado en lonja y en el mercado, uno dice: "Que injusticia" ¿quien se lleva el dinero de los que sufren en el mar.
    Un abrazo Andrés y que disfrutes con los tuyos muchos años

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    1. Aun respetando tu anonimato, no puedo por menos que agradecer tu sincero y elocuente comentario. El marinero es el que vive y sufre en silencio hasta que un día se decide a revelar al menos una pequeña parte, de esa vida ruda y “solitaria”; compartiéndola con aquellos que sabe apreciaran muy mucho dicha reflexión. Un gran abrazo amigo.

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