Cuantas veces apoyado en
la barandilla de popa y con la vista perdida en el horizonte, en el que apenas
horas antes se erguía una ciudad, y que poco a poco se había diluido en la
distancia hasta perderse. El mismo horizonte sobre el que continuaba
escudriñando con mis ojos. Una experiencia repetitiva y que me surgía en la
salida de cada puerto.
Pensando en ello, he
rebuscado siempre entre mis vivencias, en la posibilidad de que alguna me
hubiese dejado su marcada huella e inconscientemente, fuese la razón que me impulsase a ese pueril deseo. Más solo
encontré dos, que analizadas detenidamente, podían ser el origen de dicha manía.
Desde que tengo uso de
razón, el hecho de haber sufrido desde muy niño las consecuencias de la
emigración; las despedidas son para mí sinónimo de tristeza, y quizá por ello,
también comencé a rehusar el decir adiós. Prefiero decir hasta pronto, aunque
el periodo de ausencia se prevea largo. Nunca he sido supersticioso; pero quizá
el haber comenzado a navegar desde muy temprana edad y haber escuchado a los
mayores profiriendo frases como: “Sabemos de la salida, pero no del regreso”. Dichos
populares y marineros, que sumados al hecho de haber sido naufrago por primera
vez con 18 años, comenzaron a hacer mella en mi mente; de tal manera, que en la
medida que transcurría el tiempo y a los que hube de sumar dos naufragios más,
comencé a ver la botella medio vacía.
Sea como fuere, salir de
puerto y ver como todo aquello que más quieres, se diluye en el horizonte, absorbido
por la creciente distancia y la calima…Disolver el nudo que se forma en la
garganta, al tiempo que embargado por las circunstancias y la impotencia, sentir
como se me humedecían los ojos; mientras en silencio y mentalmente, terminaba
por aceptar el camino elegido, el que me había planteado como profesional para seguir
a la búsqueda del salario con el que dar de comer a los míos…
Recuerdo que en cierta
ocasión un experimentado marino, de los llamados lobos de mar me decía: “Es
cuestión de acostumbrarse” Sin embargo, a día de hoy, jubilado y en tierra
firme, con el pelo convertido en canas y una edad sexagenaria; aún se me ponen
los bellos de punta cuando un mal tiempo me lleva a pensar en las criaturas que
están navegando, y que como marinos, sufren las impredecibles y en muchas
ocasiones delicadas circunstancias.
Por todo ello, creo haber
llegado a una conclusión, de la que se desprende que no he sabido ser un marino
por más que lo he intentado, pues a pesar de mis cerca de cuarenta años navegados,
con la mente cincelada por las variopintas circunstancias, el viento y los
golpes de mar; así como ver aquel gran barco convertido en cascaron ante las
grandes montañas de mar sobre las que cabalgábamos, más que cabalgar, bailar al
son que nos marcaban las condiciones, riendo por no llorar y desayunando aquel
vendaval con la información que nos llegaba y en la que se hablaba, de mar
arbolada a montañosa y, con la Virgen del Carmen en mi mente…una y otra vez, repitiéndose
las experiencias, pues como dice el refrán: Detrás del mal tiempo viene la
calma y viceversa. A lo largo de los años; solo he hallado una razón válida extraída de dicha conclusión: la duda que aún
hoy convive conmigo, la de no haber llegado a ser un buen marino, quizá porque
nunca conseguí llegar a acostumbrarme. Después de todo, lo importante es tener
la suerte de contarlo y poder dar gracias a la vida, rodeado de aquellos que
más quieres, con las fuerzas suficientes para poder superar algún que otro
naufragio con los que la vida nos suele sorprender, a pesar de estar en tierra
firme.
Andrés Rubido García

Esto; lo tengo tengo escuchado a marineros de Cariño que hoy están jubilados, de nuestra edad, arriba o abajo alrededor de los 60. Son sentimientos que aunque no los he vivido en directo, si lo escuché mucho, "Nunca me afixen a andar o mar", incluso que se mareaban. Por eso el mar es muy sacrificado, le agradezco a mi padre que, me dejara ni siquiera acercarme al muelle, por miedo a que de niño quisiera embarcar. Es un sufrimiento que cuando ves los precios del pescado en lonja y en el mercado, uno dice: "Que injusticia" ¿quien se lleva el dinero de los que sufren en el mar.
ResponderEliminarUn abrazo Andrés y que disfrutes con los tuyos muchos años
Aun respetando tu anonimato, no puedo por menos que agradecer tu sincero y elocuente comentario. El marinero es el que vive y sufre en silencio hasta que un día se decide a revelar al menos una pequeña parte, de esa vida ruda y “solitaria”; compartiéndola con aquellos que sabe apreciaran muy mucho dicha reflexión. Un gran abrazo amigo.
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