Me resulta irresistible callar,
cuando despierto al resplandor, en el que los ecos de las musas del
romanticismo acuden a mi mente. Imposible no dar rienda suelta a mi instinto,
de rememorar todo aquello que vislumbro en mi imaginación. Es el ímpetu, nacido
de lo mas intimo de los sentimientos, que me impulsa a dejarlos fluir a través
de las letras que fielmente ordenadas, irán
dando sentido a las palabras que son en definitiva, el calcado testimonio de
aquellos, que como ráfagas de la más
sentida añoranza, me invitan a convertir y plasmar como textos, las ciertas
vivencias desenterradas de mis recuerdos.
Cuando eso ocurre, no existe nada
especial en concreto, solo la imagen de lo que en ese justo momento acude a mi
mente. Como olvidar el barómetro, un icono de nuestro pueblo, en cuyo parte
baja, el saliente de su pared, era utilizado como banco por los más añejos del
pueblo. Lugar en el que sentados comentaban y batallaban sus vivencias en
ocasiones coreadas por las risas del grupo y a veces entre debates que podían terminar
en un: xa me vou, ata logo. Más arriba, la fuente de la ribera y detrás la
escuela; a la que a pesar de haber acudido poco tiempo, conservo recuerdos de
muchos compañeros y de los manuscritos utilizados como el Europa y el Países y Mares.
A veces rememorar y meditar sobre
mi pueblo, me lleva a sentir la impotencia de las injusticias cometidas con
dichas iconografías. Entre ellas, aquella que además de ornamentar la plaza,
era el centro de reencuentro de las distintas mujeres que por allí iban o pasaban.
No precisamente lo hacían por casualidad; era la ingente obligación de
abastecer las necesidades de sus casas. Plaza convertida en el mercado de recursos,
depositados en las canastas de mimbre (paxes o paxecas) o simples cajas de
madera, que salpicaban el centro y alrededores de la misma, ambientándola con olores
frescos de las frutas o pescado. Era por
así decirlo, el centro de reunión, al que acudían otras personas con sus
artículos; para precisamente ganarse unos patacos o reales, con los que surtir
también dichas necesidades.
En aquella plaza, además de la
leche, las patatas, la fruta y el pescado curado, salado o fresco, entre el que
dependiendo de la época del año podíamos encontrar: sardinas o jureles, tanto
salados, lañados, frescos; además de la raya, el cazón, bogas, escachos,
fanecas. Había algo más, que era el fiel y perenne testigo de la misma plaza, y
una de las más constantes razones de las visitas de las mujeres, que a diario,
mañana y tarde, acudían con sus grandes jarras para el aseo y cubos de cinc;
algunos con baño de porcelana blanca y asas en forma de aro con empuñadura de
madera, que se utilizaban para el agua de beber y cocinar. Era el único medio
de aquella añorada época, con el que los hogares se surtían de aquel líquido,
elemento cristalino, y fresco que arrojaban sus cuatro caños. Una fuente
siempre acompañada y custodiada por cuatro arboles, con los que se terminaba de
darle a aquella rememorada y entrañable plaza, el toque natural del que siempre
presumió y con el que debería de haber permanecido. Una imagen que ha día de
hoy solo vive en el recuerdo de unos pocos.
Andrés Rubido García

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