Siempre
he pensado que las personas que han tenido una vida longeva, son también aquellas
a las que su destino les ha permitido disfrutar
en la medida de lo posible, las cuatro etapas de las que se compone la
longevidad de la vida. Es así tal y como yo lo veo, y a cada una de las cuales podríamos
bautizar con los mismos nombres con los que conocemos las estaciones del
año.
La
primavera, aquella etapa en la que el único vinculo que durante toda la
gestación nos ha mantenido unidos con nuestra madre, ha de ser cortado para
nacer a la vida y caminando por ella alcanzar los 20 años. Una de las más
bellas etapas de la vida, en la que la realidad que nos rodea, disiente con las
mentes alocadas de nuestra juventud. Es a partir de los últimos cinco años de
dicha etapa, cuando nuestro deseo de ser adultos se acrecienta. La información
sobre aquello que más nos interesa y está considerado como tabú, nos va
llegando con cuentagotas, en la misma medida en que nos negamos a ver y aceptar
ciertas dificultades, que nuestros adultos se esfuerzan por explicarnos. Solo
aceptamos los juegos, las risas, los primeros amoríos, y solo en algunos casos,
nuestro denodado esfuerzo por los estudios.
Llegado el verano de la vida, que comienza con
los recién cumplidos 21 años y que nos acompañará hasta cumplidos los cuarenta;
es el periodo en el que se consolida la marcada huella de la adultez, y en el
que quedará definido y constituido
nuestro perfil, como nuestra principal tarjeta de presentación. Ciclo en
el que se entremezclan los esfuerzos por culminar aquellos estudios, que han de
ser el sustento de nuestro futuro con la formación de la que será nuestra nueva
familia. El hecho de ver cumplida nuestras ilusiones al lado del gran amor
soñado, da como fruto que cada uno de los importantes acontecimientos, nos haga
sentir más responsables, y en el que juntos nos esforzaremos por educar a lo largo de este trozo de vida, nuestra
descendencia, que en muchos casos, estará terminando su primavera, junto al término
de nuestro verano de la vida.
Quien
no ha escuchado en más de una ocasión aquella popular frase que dice: “De los
cuarenta para arriba, no te mojes la barriga” Quizá porque comienza nuestro
otoño. El otoño de nuestra vida, en el que perseveramos por continuar aparentando,
en ocultar las canas, y sobre todo, en aprender a soportar que nuestros hijos
digan de nosotros: “Nuestros viejos…” Algo, que si bien en un principio puede
llegar a molestarnos, después de todo, hasta terminamos por entender la frase,
como un calificativo cariñoso; entre otras cosas, porque la verdadera realidad,
pasa por comenzar a canalizar, que hace tiempo que ha comenzado a marchitarse
nuestra juventud.
A
día de hoy, y en mi caso, al igual que el de muchos otros, mi primavera es tan
solo un añorado recuerdo, que me permite vagar y revivir infinidad de gratos y
emotivos momentos. Tanto es así, que en ocasiones me dejo llevar hasta alcanzar
a verme reviviendo aquel bello verano de mí vida. Y porque no…es como poner a
funcionar el video mental de mi imaginación, y despertarme paseando por aquel
otoño, en el que me parece que fue ayer cuando sople aquella tarta floreada y rematada
con una guinda muy especial, en la que se vislumbraba las dos brillantes llamas
de un encendido 60.
Andrés
Rubido García

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