miércoles, 21 de noviembre de 2012

Crepúsculo



Siempre he pensado que las personas que han tenido una vida longeva, son también aquellas a las que su destino les ha permitido disfrutar  en la medida de lo posible, las cuatro etapas de las que se compone la longevidad de la vida. Es así tal y como yo lo veo, y a cada una de las cuales podríamos bautizar con los mismos nombres con los que conocemos las estaciones del año.  

La primavera, aquella etapa en la que el único vinculo que durante toda la gestación nos ha mantenido unidos con nuestra madre, ha de ser cortado para nacer a la vida y caminando por ella alcanzar los 20 años. Una de las más bellas etapas de la vida, en la que la realidad que nos rodea, disiente con las mentes alocadas de nuestra juventud. Es a partir de los últimos cinco años de dicha etapa, cuando nuestro deseo de ser adultos se acrecienta. La información sobre aquello que más nos interesa y está considerado como tabú, nos va llegando con cuentagotas, en la misma medida en que nos negamos a ver y aceptar ciertas dificultades, que nuestros adultos se esfuerzan por explicarnos. Solo aceptamos los juegos, las risas, los primeros amoríos, y solo en algunos casos, nuestro denodado esfuerzo por los estudios.

 Llegado el verano de la vida, que comienza con los recién cumplidos 21 años y que nos acompañará hasta cumplidos los cuarenta; es el periodo en el que se consolida la marcada huella de la adultez, y en el que quedará definido y constituido  nuestro perfil, como nuestra principal tarjeta de presentación. Ciclo en el que se entremezclan los esfuerzos por culminar aquellos estudios, que han de ser el sustento de nuestro futuro con la formación de la que será nuestra nueva familia. El hecho de ver cumplida nuestras ilusiones al lado del gran amor soñado, da como fruto que cada uno de los importantes acontecimientos, nos haga sentir más responsables, y en el que juntos nos esforzaremos  por educar a lo largo de este trozo de vida, nuestra descendencia, que en muchos casos, estará terminando su primavera, junto al término de nuestro verano de la vida. 

Quien no ha escuchado en más de una ocasión aquella popular frase que dice: “De los cuarenta para arriba, no te mojes la barriga” Quizá porque comienza nuestro otoño. El otoño de nuestra vida, en el que perseveramos por continuar aparentando, en ocultar las canas, y sobre todo, en aprender a soportar que nuestros hijos digan de nosotros: “Nuestros viejos…” Algo, que si bien en un principio puede llegar a molestarnos, después de todo, hasta terminamos por entender la frase, como un calificativo cariñoso; entre otras cosas, porque la verdadera realidad, pasa por comenzar a canalizar, que hace tiempo que ha comenzado a marchitarse nuestra juventud.   

A día de hoy, y en mi caso, al igual que el de muchos otros, mi primavera es tan solo un añorado recuerdo, que me permite vagar y revivir infinidad de gratos y emotivos momentos. Tanto es así, que en ocasiones me dejo llevar hasta alcanzar a verme reviviendo aquel bello verano de mí vida. Y porque no…es como poner a funcionar el video mental de mi imaginación, y despertarme paseando por aquel otoño, en el que me parece que fue ayer cuando sople aquella tarta floreada y rematada con una guinda muy especial, en la que se vislumbraba las dos brillantes llamas de un encendido 60. 

Mi presente pertenece al invierno de mi vida. Esa estación que nos conduce, a los días cálidos y otras veces fríos de la vida, a esa edad en la que nos gusta de acurrucarnos como cuando éramos niños. Aún así, continúo disfrutando el día a día, y por supuesto, cada uno de los cumpleaños, en el que para mayor disfrute, recurro a una primavera que comienza; una primavera de cinco años llamada Pablo y que sonriente me ayuda a cumplir un año más, diciéndome aquello de: Abuelo, a la una, a las dos y a las…tres. Las humeantes velas de aquel 63 cumpleaños, convertido ya en 64, son entre risas, besos y aplausos llenos de felicitaciones; una puerta a la esperanza, de poder volver a repetir la experiencia en años venideros. Entre otras cosas, porque a pesar de estar viviendo el invierno de mi vida, continuo conservando un corazón primaveral.

Andrés Rubido García

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