sábado, 24 de noviembre de 2012

Os acordáis



De aquel Cariño, en el que entre la carretera y la playa solo existía un relleno. De aquel nuestro pueblo en el que aquellas tablas adoptando formas cuadradas y redondeadas, ejerciendo su función de marcas blancas colgadas, y cada una de ellas en su reservado gancho, erigido todos ellos sobre el lienzo del tajo del castro. Marcas con las que se llamaban a los marineros que habitaban en las zonas más alejadas del pueblo, y que nos hablaban de la inminente salida para la mar, gracias al buen estado del tiempo.  Barcos que con la clara o atardecer del día  nos anunciaban su llegada mediante sus pitadas, informando a conserveros y fresqueros de las distintas especies de pesca de sardinas, jureles,  bocartes, agujas;  definiéndonos el  tipo de pescado capturado según sus pitadas, y al que la sirena de la lonja que con su descomunal y a su vez alegre alarido contestaba. Era al fin y al cabo, la principal fuente de trabajo para nuestro pueblo marinero, en el que a pesar de las estrecheces de la época, los comentarios y habladurías entre el devenir  de hombres ataviados con sus ropas de aguas, los remos sobre sus hombros y los carabeles en sus manos salpicadas de escamas y oliendo a fresco; contrastaban con las alegres y afanosas mujeres que repiqueteando sus zuecas de madera camino de las fabricas, al tiempo que cruzaban sus comentarios cargados siempre de alegres sonrisas, y entre los que con delicada astucia reían de algún que otro picaresco comentario, nacido del más inocente y puro humor cariñes.
De aquel Cariño marinero, que poco a poco fue creciendo en su industria conservera hasta alcanzar las más de veinte fábricas de conserva y salazones; de aquella concha cargada de barcos, de aquella rambla que salpicada de chalanas o gamelas, bullía entre el ruido del movimiento de ir y venir de los camiones, descargando sus cajas de madera vacías, para luego ser cargadas nuevamente, llenas de pescado fresco. Camiones cargados  y pesados sobre aquella bascula de la lonja en la que poco antes había sido subastado con anterioridad, el pescado que portaban. 

Un Cariño del que solo nos queda el ambiguo recuerdo de un pueblo por cuyas chimeneas de sus casas fluía el humo de los leños ardiendo en los fogones de sus cocinas, así como la mezcla de olores, del humo de la leña de tojo, de las sardinas asadas y de alguna que otra empanada, roscón o panque; que por la cercanía de las fiestas del Carmen o patronales, se elaboraban. Hablar de Cariño, es hablar de aquellas mujeres que necesitaban de ir por agua a la fuente, de lavar la ropa en el río, de encender la cocina con leña de tojo, a veces ayudadas de unas piñas o carozas, sin olvidar alguna que otra cachela o carabullos secos.  Un cariño distinto en el que también se trabajaba la tierra y se asaban las patatas aprovechando las hierbas secas. Un Cariño en el que en más de una plaza, los caños de sus fuentes anunciaban el agua fresca que por ellos brotaba, al igual que el susurro de sus ríos en el que muchas veces me reclinaba a beber. Un Cariño que solo vive en nuestro recuerdo, en el recuerdo de aquellos que aún se emocionan evocando anécdotas y contemplando fotografías de una niñez en blanco y negro, con las que nos complace la buena voluntad de aquellos nuestros vecinos del pueblo, y cómo no de la buena dirección de la página de Mis Sueños. Después de todo, un sueño de todos los que gustan de visitarla y que como yo padecen de morriña por Cariño.

Andrés Rubido García

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