De aquel Cariño, en
el que entre la carretera y la playa solo existía un relleno. De aquel nuestro
pueblo en el que aquellas tablas adoptando formas cuadradas y redondeadas,
ejerciendo su función de marcas blancas colgadas, y cada una de ellas en su
reservado gancho, erigido todos ellos sobre el lienzo del tajo del castro.
Marcas con las que se llamaban a los marineros que habitaban en las zonas más
alejadas del pueblo, y que nos hablaban de la inminente salida para la mar,
gracias al buen estado del tiempo.
Barcos que con la clara o atardecer del día nos anunciaban su llegada mediante sus
pitadas, informando a conserveros y fresqueros de las distintas especies de
pesca de sardinas, jureles, bocartes, agujas; definiéndonos el tipo de pescado capturado según sus pitadas,
y al que la sirena de la lonja que con su descomunal y a su vez alegre alarido
contestaba. Era al fin y al cabo, la principal fuente de trabajo para nuestro
pueblo marinero, en el que a pesar de las estrecheces de la época, los
comentarios y habladurías entre el devenir
de hombres ataviados con sus ropas de aguas, los remos sobre sus hombros
y los carabeles en sus manos salpicadas de escamas y oliendo a fresco;
contrastaban con las alegres y afanosas mujeres que repiqueteando sus zuecas de
madera camino de las fabricas, al tiempo que cruzaban sus comentarios cargados
siempre de alegres sonrisas, y entre los que con delicada astucia reían de
algún que otro picaresco comentario, nacido del más inocente y puro humor
cariñes.
De aquel Cariño
marinero, que poco a poco fue creciendo en su industria conservera hasta
alcanzar las más de veinte fábricas de conserva y salazones; de aquella concha
cargada de barcos, de aquella rambla que salpicada de chalanas o gamelas,
bullía entre el ruido del movimiento de ir y venir de los camiones, descargando
sus cajas de madera vacías, para luego ser cargadas nuevamente, llenas de
pescado fresco. Camiones cargados y
pesados sobre aquella bascula de la lonja en la que poco antes había sido
subastado con anterioridad, el pescado que portaban.
Un Cariño del que
solo nos queda el ambiguo recuerdo de un pueblo por cuyas chimeneas de sus
casas fluía el humo de los leños ardiendo en los fogones de sus cocinas, así
como la mezcla de olores, del humo de la leña de tojo, de las sardinas asadas y
de alguna que otra empanada, roscón o panque; que por la cercanía de las
fiestas del Carmen o patronales, se elaboraban. Hablar de Cariño, es hablar de
aquellas mujeres que necesitaban de ir por agua a la fuente, de lavar la ropa
en el río, de encender la cocina con leña de tojo, a veces ayudadas de unas
piñas o carozas, sin olvidar alguna que otra cachela o carabullos secos. Un cariño distinto en el que también se
trabajaba la tierra y se asaban las patatas aprovechando las hierbas secas. Un
Cariño en el que en más de una plaza, los caños de sus fuentes anunciaban el
agua fresca que por ellos brotaba, al igual que el susurro de sus ríos en el
que muchas veces me reclinaba a beber. Un Cariño que solo vive en nuestro recuerdo,
en el recuerdo de aquellos que aún se emocionan evocando anécdotas y
contemplando fotografías de una niñez en blanco y negro, con las que nos
complace la buena voluntad de aquellos nuestros vecinos del pueblo, y cómo no
de la buena dirección de la página de Mis Sueños. Después de todo, un sueño de
todos los que gustan de visitarla y que como yo padecen de morriña por Cariño.
Andrés Rubido García


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