miércoles, 7 de noviembre de 2012

Dichoso mes...


En estos días, en los que el frio otoñal exhortado por las primeras nevadas, comienza a campar a sus anchas por los campos y calles de nuestros  pueblos, filtrándose por las rendijas de nuestros hogares. Días que como cada año me vienen a recordar  las castañas asadas en el horno de la cocina de leña.  Días de aquellas olvidadas mariposas, que flotando sobre la superficie de aquel misceláneo liquido de aceite y agua, contenido en aquellas lúgubres  vasijas; con las que se alumbraban las lapidas de nuestros fieles difuntos y, cuya vaporosa luz a terminado por extinguirse, ante los vientos del implacable modernismo que nos invade. Días que año tras año, son más que suficiente motivo para llevarme a imaginar en la distancia, las lápidas que con sus negras inscripciones y ubicadas a ras de suelo del cementerio que asomado al Peiral, me recuerdan que allí están los restos mortales de mis seres queridos.

Ellos están en mi constante recuerdo y, junto a ellos, todos con los que compartí parte de mi vida y  que también tuvieron que partir, como parte indispensable del trágico “contrato” del destino, que cruel e indiferente ante nuestra aprobación, hace que su enérgica voluntad se imponga.

Me entristece pensar en esa constante y desmedida lucha personal, por la que en cada lapida, florezcan lustrosos los signos inequívocos de nuestra constante dedicación. Todo ello, convertido en un esfuerzo sobrehumano de borrar el más insignificante atisbo de abandono. Hemos sustituido las flores naturales por las artificiales, las cuales nunca llegan a marchitarse. Una lucha que si bien en algunos casos prevalece por el que dirán; continúa quedándose obsoleta, al igual que en su momento desechamos aquellas vetustas mariposas, ya solo encendidas en nuestro recuerdo, junto al más importante jarrón florido de nuestros más guardados sentimientos y, alimentados, como no podía ser de otra manera, por nuestro constante recuerdo hacia ellos.

Tal vez por ello, y  recordando otra de mis reflexiones hecha sobre aquellos que se fueron, terminaba subrayando, “Que de sus inesperadas, dolorosas e inevitables partidas, aprendí a no decir nunca adiós…, sencillamente, ¡Hasta siempre!; quizá, porque nunca se han ido, quizá, porque siempre han estado ahí, cobijados en mi corazón.

Andrés Rubido García 

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