En
estos días, en los que el frio otoñal exhortado por las primeras nevadas,
comienza a campar a sus anchas por los campos y calles de nuestros pueblos, filtrándose por las rendijas de
nuestros hogares. Días que como cada año me vienen a recordar las castañas asadas en el horno de la cocina
de leña. Días de aquellas olvidadas mariposas,
que flotando sobre la superficie de aquel misceláneo liquido de aceite y agua, contenido
en aquellas lúgubres vasijas; con las
que se alumbraban las lapidas de nuestros fieles difuntos y, cuya vaporosa luz
a terminado por extinguirse, ante los vientos del implacable modernismo que nos
invade. Días que año tras año, son más que suficiente motivo para llevarme a
imaginar en la distancia, las lápidas que con sus negras inscripciones y
ubicadas a ras de suelo del cementerio que asomado al Peiral, me recuerdan que
allí están los restos mortales de mis seres queridos.
Ellos
están en mi constante recuerdo y, junto a ellos, todos con los que compartí
parte de mi vida y que también tuvieron
que partir, como parte indispensable del trágico “contrato” del destino, que cruel
e indiferente ante nuestra aprobación, hace que su enérgica voluntad se
imponga.
Me
entristece pensar en esa constante y desmedida lucha personal, por la que en
cada lapida, florezcan lustrosos los signos inequívocos de nuestra constante dedicación.
Todo ello, convertido en un esfuerzo sobrehumano de borrar el más insignificante
atisbo de abandono. Hemos sustituido las flores naturales por las artificiales,
las cuales nunca llegan a marchitarse. Una lucha que si bien en algunos casos
prevalece por el que dirán; continúa quedándose obsoleta, al igual que en su
momento desechamos aquellas vetustas mariposas, ya solo encendidas en nuestro
recuerdo, junto al más importante jarrón florido de nuestros más guardados
sentimientos y, alimentados, como no podía ser de otra manera, por nuestro
constante recuerdo hacia ellos.
Tal
vez por ello, y recordando otra de mis
reflexiones hecha sobre aquellos que se fueron, terminaba subrayando, “Que de
sus inesperadas, dolorosas e inevitables partidas, aprendí a no decir nunca
adiós…, sencillamente, ¡Hasta siempre!; quizá, porque nunca se han ido, quizá,
porque siempre han estado ahí, cobijados en mi corazón.
Andrés
Rubido García

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