domingo, 28 de octubre de 2012

Con los ojos del alma


Agradezco a la vida, permitirme “navegar” con mi mente por el infinito “Mar de los Recuerdos”. Navegar sin rumbo fijo ni premeditado, dejándome arrastrar como barco a la deriva por la corriente. Abandonarme al antojo de mí mente, para solo así, poder contemplar las imágenes que poco a poco van tomando forma. Imágenes embellecidas por un exuberante colorido y un sinfín de aromas y agradables olores que despiertan en mí, deseos de continuar siendo el naufrago de ese barco a la deriva en un mar plagado de añoradas efemérides.

Volver a mi niñez, es recordar el pavimento de la calle Balbis destrozado por el constante subir y bajar de aquellos camiones Pegaso y Leyland. Camiones cargados con descomunales piedras procedentes de la cantera, para la construcción del nuevo rompeolas de abrigo. Por aquel entonces, tan solo existía la rampa como muelle de atraque y un único espigón, también conocido por la punta. Entre ambos, estaba a Praiña, una pequeña playa así llamada, en la que acompañado de los amigos solíamos coger minchas (bígaros), lapas y alguna que otra nécora entre las piedras que había más pegadas a lo largo de la punta. Una insignificante cosecha de marisco que alguna que otra vez, acostumbrábamos a reunir y cocer en la misma playa, en la que también rebuscábamos las cachelas o garabuyos (leña), material necesario para hacer la hoguera, en la que aprovechando alguna de las latas que arrojaban por detrás de las fábricas, y cómo no,  con el agua del mar de aquella concha, conseguir nuestro propósito. 

Recuerdo cierta excursión, en la que habiendo recogido un domingo por la mañana cierta cantidad de minchas, lapas, etc. Acordamos cocerlo en mi casa de La Laguna, para por la tarde, después de haber reunido pan, y un par de latas de conserva; terminar por pedirle prestada la bicicleta a Pancho de Bares, dado que yo carecía de ella, y de esa forma, poder acompañar a mis amigos en dicha excursión. Reunidos con el resto de compañeros, cuya comitiva se componía de tres bicicletas y cinco personas, salimos en dirección a Feas. 

La distancia a recorrer, la cubrimos entre risas y desbordado esfuerzo de pedaleo, como fue mí caso; al llevar a otro compañero en la barra. El primer infortunio surgió cuando más disfrutábamos bajando, y en la proximidad de la curva de feas. El único compañero que circulaba solo en su bici y delante de nosotros, se salía de la carretera instantes después en la misma curva, debido al exceso de velocidad. Mi deseo y denodado esfuerzo por socorrerlo, fueron inútiles, al no poder parar en el momento. El desgaste de las zapatillas de frenos, me obligaron a utilizar las suelas del calzado clavándolas en la rueda trasera, al mismo tiempo que trataba de superar el riesgo de no salirnos de la calzada. La velocidad tardó en reducirse; recuerdo que al pasar por el lado de una de las casas ubicadas en el margen derecho de la curva, pude escuchar: ¡Mataronse! 

Una vez que nos detuvimos, volvimos sobre nuestros pasos a la búsqueda del compañero. Le encontramos sentado fuera de la carretera, con el rostro apoyado entre sus manos y los codos reposando sobre las rodillas, con las piernas un tanto encogidas. Aturdido, contemplaba aquel terreno plagado de hierba en el que había caído, y sobre el que un poco más abajo había quedado su bicicleta. Por suerte, todo quedó en un susto y unos cuantos rasguños sin importancia. 

Unos instantes después, tras haber ingerido un poco de agua; el compañero que había sufrido el infortunio, sustituyo al que me acompañaba en la barra, ocupándose este último de la bicicleta del accidentado. Continuamos un poco más abajo, hasta llegar a una zona arbolada en la que decidimos acampar y dar comienzo a la merienda campestre, animada por los comentarios y risas del reciente derrape; unas risas que desembocaron en carcajadas, y en un banal silencio tras aquella inesperada pregunta de ¿Non trouxestes abrelatas? Una vez más, tropezábamos con otro contratiempo, fruto de los despistes propios de la juventud, pues las latas de conserva, las llevamos de vuelta a casa.

Son estas anécdotas entre otras, las que me llevan a perderme en ti, huyendo de esta vorágine de negatividad en la que se encuentra inmerso este mundo, cada día más viciado y contaminado. Quizá sea tiempo ya de aceptar que me estoy volviendo más cobarde que viejo, y es por ello, por lo que sin pretenderlo, termino imitando al avestruz. Es tal la negatividad que me invade, que necesito de respirar algo positivo, algo que me inspire un mínimo atisbo de autoestima; una motivación que me permita comenzar a vislumbrar la botella medio llena. 

Por más que lo pienso, que mejor que tus recuerdos para aliviar mis carencias y apaciguar mi morriña. Tú que inconsciente, has depositado en mí la fragancia imperecedera de la nostalgia, permitiéndome volver a ti en cada instante. Es este sentimiento y añoranza, el que indiferente ante la distancia, me permite disfrutar de ti, y de todos y cada uno de esos momentos vividos, aunque solo sea desde mi imaginación y con los ojos del alma.  

Quiero seguir anclado en ti, al igual que aquella proa del Oliver enterrada en tu playa. Porque si bien es cierto que los años pasan, que la muerte engendra vida…Quiero soñar despierto que vuelvo a renacer en tus entrañas. ¿Y por qué no?, entre los variados matices de ese bello multicolor que envuelve tu piel.  Despertar con el rumor del mar que te agasaja, del viento que te acaricia; mojado de la fina lluvia que te empapa. Solo así, podre volver a disfrutar de aquellos maravillosos años, perennes en mi recuerdo; y que como siempre, me hablan de tantos y tantos bellos momentos…que me resulta difícil, pasar las páginas de ese libro sin detenerme a leerlas pausadamente, y mucho menos, pensar en cerrarlo.

Andrés Rubido García

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