Agradezco
a la vida, permitirme “navegar” con mi mente por el infinito “Mar de los
Recuerdos”. Navegar sin rumbo fijo ni premeditado, dejándome arrastrar como
barco a la deriva por la corriente. Abandonarme al antojo de mí mente, para
solo así, poder contemplar las imágenes que poco a poco van tomando forma.
Imágenes embellecidas por un exuberante colorido y un sinfín de aromas y
agradables olores que despiertan en mí, deseos de continuar siendo el naufrago
de ese barco a la deriva en un mar plagado de añoradas efemérides.
Volver
a mi niñez, es recordar el pavimento de la calle Balbis destrozado por el
constante subir y bajar de aquellos camiones Pegaso y Leyland. Camiones
cargados con descomunales piedras procedentes de la cantera, para la
construcción del nuevo rompeolas de abrigo. Por aquel entonces, tan solo existía
la rampa como muelle de atraque y un único espigón, también conocido por la
punta. Entre ambos, estaba a Praiña, una pequeña playa así llamada, en la que
acompañado de los amigos solíamos coger minchas (bígaros), lapas y alguna que
otra nécora entre las piedras que había más pegadas a lo largo de la punta. Una
insignificante cosecha de marisco que alguna que otra vez, acostumbrábamos a reunir
y cocer en la misma playa, en la que también rebuscábamos las cachelas o garabuyos
(leña), material necesario para hacer la hoguera, en la que aprovechando alguna
de las latas que arrojaban por detrás de las fábricas, y cómo no, con el agua del mar de aquella concha, conseguir
nuestro propósito.
Recuerdo
cierta excursión, en la que habiendo recogido un domingo por la mañana cierta
cantidad de minchas, lapas, etc. Acordamos cocerlo en mi casa de La Laguna,
para por la tarde, después de haber reunido pan, y un par de latas de conserva;
terminar por pedirle prestada la bicicleta a Pancho de Bares, dado que yo
carecía de ella, y de esa forma, poder acompañar a mis amigos en dicha
excursión. Reunidos con el resto de compañeros, cuya comitiva se componía de
tres bicicletas y cinco personas, salimos en dirección a Feas.
La
distancia a recorrer, la cubrimos entre risas y desbordado esfuerzo de pedaleo,
como fue mí caso; al llevar a otro compañero en la barra. El primer infortunio
surgió cuando más disfrutábamos bajando, y en la proximidad de la curva de
feas. El único compañero que circulaba solo en su bici y delante de nosotros, se
salía de la carretera instantes después en la misma curva, debido al exceso de
velocidad. Mi deseo y denodado esfuerzo por socorrerlo, fueron inútiles, al no
poder parar en el momento. El desgaste de las zapatillas de frenos, me
obligaron a utilizar las suelas del calzado clavándolas en la rueda trasera, al
mismo tiempo que trataba de superar el riesgo de no salirnos de la calzada. La
velocidad tardó en reducirse; recuerdo que al pasar por el lado de una de las
casas ubicadas en el margen derecho de la curva, pude escuchar: ¡Mataronse!
Una
vez que nos detuvimos, volvimos sobre nuestros pasos a la búsqueda del
compañero. Le encontramos sentado fuera de la carretera, con el rostro apoyado
entre sus manos y los codos reposando sobre las rodillas, con las piernas un
tanto encogidas. Aturdido, contemplaba aquel terreno plagado de hierba en el
que había caído, y sobre el que un poco más abajo había quedado su bicicleta.
Por suerte, todo quedó en un susto y unos cuantos rasguños sin importancia.
Unos
instantes después, tras haber ingerido un poco de agua; el compañero que había
sufrido el infortunio, sustituyo al que me acompañaba en la barra, ocupándose
este último de la bicicleta del accidentado. Continuamos un poco más abajo,
hasta llegar a una zona arbolada en la que decidimos acampar y dar comienzo a
la merienda campestre, animada por los comentarios y risas del reciente derrape;
unas risas que desembocaron en carcajadas, y en un banal silencio tras aquella
inesperada pregunta de ¿Non trouxestes abrelatas? Una vez más, tropezábamos con
otro contratiempo, fruto de los despistes propios de la juventud, pues las
latas de conserva, las llevamos de vuelta a casa.
Son
estas anécdotas entre otras, las que me llevan a perderme en ti, huyendo de
esta vorágine de negatividad en la que se encuentra inmerso este mundo, cada
día más viciado y contaminado. Quizá sea tiempo ya de aceptar que me estoy
volviendo más cobarde que viejo, y es por ello, por lo que sin pretenderlo,
termino imitando al avestruz. Es tal la negatividad que me invade, que necesito
de respirar algo positivo, algo que me inspire un mínimo atisbo de autoestima; una
motivación que me permita comenzar a vislumbrar la botella medio llena.
Por
más que lo pienso, que mejor que tus recuerdos para aliviar mis carencias y
apaciguar mi morriña. Tú que inconsciente, has depositado en mí la fragancia
imperecedera de la nostalgia, permitiéndome volver a ti en cada instante. Es
este sentimiento y añoranza, el que indiferente ante la distancia, me permite
disfrutar de ti, y de todos y cada uno de esos momentos vividos, aunque solo
sea desde mi imaginación y con los ojos del alma.
Quiero
seguir anclado en ti, al igual que aquella proa del Oliver enterrada en tu
playa. Porque si bien es cierto que los años pasan, que la muerte engendra
vida…Quiero soñar despierto que vuelvo a renacer en tus entrañas. ¿Y por qué
no?, entre los variados matices de ese bello multicolor que envuelve tu
piel. Despertar con el rumor del mar que
te agasaja, del viento que te acaricia; mojado de la fina lluvia que te empapa.
Solo así, podre volver a disfrutar de aquellos maravillosos años, perennes en
mi recuerdo; y que como siempre, me hablan de tantos y tantos bellos momentos…que
me resulta difícil, pasar las páginas de ese libro sin detenerme a leerlas
pausadamente, y mucho menos, pensar en cerrarlo.
Andrés
Rubido García

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