Hurgar
en el recuerdo de una edad, en la que solo pensar en aquellos dedos manchados
de tinta, me lleva a revivir imágenes, como aquella, en la que me veo sentado
en aquel pupitre, al lado de mi compañero de clase; es como retroceder
cincuenta años. Es sábado y estoy dibujando en mi cuaderno, uno de los gráficos
que hacen referencia al evangelio del próximo domingo. Se trata de una parte de
la tarea del día. Por el rabillo del ojo, observo al profesor depilándose el
dorso de las manos y dedos, con una
pequeña navaja de mango rojo.
En
la parte delantera y más alta del pupitre, recuerdo los tinteros de porcelana
blanca empotrados en el lugar labrado para los mismos, al igual que las muescas
para reposar la pluma. Algo que me lleva a situarme en una época, en la que el bolígrafo,
cuya aparición se hizo realidad allá por el año 1953, comenzaba a desbancar a
la mencionada pluma. Una época, en la que el franquismo tenía prohibido que en
las escuelas estatales, los niños y
niñas compartiésemos las mismas aulas. Tiempos de susurros…en el que mis
mayores me recordaban en más de una ocasión, la prohibición de hablar de
ciertos temas. Fue por así decirlo, la historia de la opresión impuesta bajo el
dominio de la dictadura.
A
pesar de aquella larga lista de prohibiciones, los corazoncitos de los que en
algunos casos, comenzábamos a saborear las mieles de la adolescencia, no se
limitaban a sus aspiraciones de competir con sus iguales, y superarse tanto en
los estudios como en los juegos. Las llamadas excepciones, siempre se han hecho
notar, y en estos casos, en los que los síntomas del amor hacían su aparición a
edades tempraneras, el riguroso y extremo cuidado por mantenerlo en secreto,
era parte indispensable de aquella pueril y bella aventura.
De
algo hubo de servir aquel tiempo, en los que el baúl de los tabúes se mantuvo
cerrado. Aprendimos a hablar en silencio, con la mirada, con una simple
expresión, con una sonrisa. No necesitábamos expresar con palabras nuestros
sentimientos más encontrados. Sentimientos, cuya fuerza prevalecía con creces sobre
las prohibiciones impuestas; al menos, hasta llegado en principio, ese posible ignorado, duro y agresivo momento del
desencuentro.
Posiblemente,
parezca un comportamiento fuera de lugar, dada mi corta edad como “enamorado”.
Sin embargo, creo que además de tratarse de un fragmento de mi adolescencia; aquel nombre que reinaba
en mi mente y que por cariño y respeto me privare de mencionar, aún sigue
escondido. Quizá fue el más efímero de los casos por así decirlo, pero aquel
sentimiento fue capaz de mantenerse vivo y arraigado, a la espera de que se
produjese el crucial momento, en el que aún sin saber, cómo, dónde ni cuándo;
poder mostrarle, mi quizá voluble, pero al fin y al cabo sentimiento, a la
enamorada de mis sueños.
Andrés
Rubido García

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