A
medida que iban llegando aquellas grandes lanchas cargadas; que en ocasiones y
dada la abundancia de la pesca, compartían la carga con el barco, ─de ahí que a
la pregunta de ¿Trae mucho? Se respondiese con la expresión de “Lancha y
barco”─ el interés en las pujas por los lotes de pescado (Chonas o salabardos)
que los marineros vendían al mejor postor, era creciente, desembocando en más
de una ocasión en verdaderas pugnas.
Como
pescaderos que eran, mis abuelos Emilio de Vares y María Vicenta da Vacariza, estaban
acostumbrados a sopesar la conveniencia de comprar por kilo o por lote. Mi abuela que había de ser la encargada de
vender en las ferias de la comarca aquel pescado; lo había de hacer por piezas
o por docenas. A Vacariza, como era conocida en el pueblo, solía sentarse sobre
alguna de las gamelas varadas en la rampla, entre amigas y amigos, que a su vez
eran por así decirlo, la competencia. Carmucha, Visita, el Capataz, eran
algunos de los que despuntaban en aquel gremio que se buscaba el sustento, en
la compra y posterior venta de pescados.
La
ida y venida de toda clase de vehículos, hoy muchos de ellos desaparecidos,
entre los que recuerdo las llamadas “zorras” cargadas de cajas y lo mismo
empujadas y arrastradas por hombres que por mujeres; el movimiento de cajas de
madera, de cestas de mimbre (Paxes), las bolsas de red (Chonas) que traían los
marineros, y que normalmente subastaban en la rampla, al gremio que antes hacía
referencia, entre los que se hallaban mis abuelos, eran los ingredientes de
aquella vorágine que en cierta medida, era el más fiel testigo de la vida
marinera de Cariño.
Recordar
a los viejos de rodillas en aquella rampla, contando los cientos de sardinas
que habían entrado en aquella chona o en aquel salabardo, me hace rebobinar
sobre el progreso de esta vida, que algunos damos en bautizar como bella. Claro
que por aquel entonces, era cuando mis abuelos, escasos de pescado, y después
de haberle pedido como favor a algún fabricante, le cediese unos cuantos kilos
de sardina cuyo valor en la subasta de la lonja había alcanzado las 6 pesetas
kilo; significaba tener que contar las piezas que entraban en ese kilo, y poder
después en la feria de Moeche, San Claudio, A Barqueira, etc., vender por docena
a un precio razonable. Para ello, interesaba que fuese una sardina medianera;
rehuyendo de tener que cobrar una peseta por sardina. Y llegados a este punto,
al cabo de 50 años, me pregunto ¿Cómo hemos evolucionado tanto? ¿Cómo hemos
alcanzado a comprar un kilo de sardinas 4 €? Si aquel gremio levantase la
cabeza y supiese que un kilo de sardinas en la plaza cuesta 665,50 pts…o más.
Pensar,
pensar…que el valor de aquel kilo de sardinas de antaño se ha multiplicado por
110. Todo ello, en este país que los sueldos se congelan por debajo de los
llamados mileuristas. Un país que destaca en la proliferación y formación de
ciertas e importantes personalidades, como flor y nata de las altas esferas,
aglutinados y conocidos a día de hoy, como: prevaricadores o malversadores de
fondos públicos. En otras palabras, y dadas las noticias de estos tiempos que
corren, podría estar hablándoles de una gran riada de ladrones a mansalva, o
como vulgarmente se dice en nuestro pueblo: Ladrones a barrer. Nunca mejor
dicho, y en esta España de cuyas arcas, y gracias a estos caballeretes de
guante blanco, les ha desaparecido hasta el polvo, para dar paso al moribundo
brillo de una pequeña alcancía, en la que se guarda con cierto “celo”, un puñado
de calderilla, con el que pretenden hacer una burda copia, de aquel bíblico pasaje
de los panes y los peces.
Andrés
Rubido García

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