jueves, 4 de octubre de 2012

Lancha y barco



A medida que iban llegando aquellas grandes lanchas cargadas; que en ocasiones y dada la abundancia de la pesca, compartían la carga con el barco, ─de ahí que a la pregunta de ¿Trae mucho? Se respondiese con la expresión de “Lancha y barco”─ el interés en las pujas por los lotes de pescado (Chonas o salabardos) que los marineros vendían al mejor postor, era creciente, desembocando en más de una ocasión en verdaderas pugnas. 

Como pescaderos que eran, mis abuelos Emilio de Vares y María Vicenta da Vacariza, estaban acostumbrados a sopesar la conveniencia de comprar por kilo o por lote.  Mi abuela que había de ser la encargada de vender en las ferias de la comarca aquel pescado; lo había de hacer por piezas o por docenas. A Vacariza, como era conocida en el pueblo, solía sentarse sobre alguna de las gamelas varadas en la rampla, entre amigas y amigos, que a su vez eran por así decirlo, la competencia. Carmucha, Visita, el Capataz, eran algunos de los que despuntaban en aquel gremio que se buscaba el sustento, en la compra y posterior venta de pescados.

La ida y venida de toda clase de vehículos, hoy muchos de ellos desaparecidos, entre los que recuerdo las llamadas “zorras” cargadas de cajas y lo mismo empujadas y arrastradas por hombres que por mujeres; el movimiento de cajas de madera, de cestas de mimbre (Paxes), las bolsas de red (Chonas) que traían los marineros, y que normalmente subastaban en la rampla, al gremio que antes hacía referencia, entre los que se hallaban mis abuelos, eran los ingredientes de aquella vorágine que en cierta medida, era el más fiel testigo de la vida marinera de Cariño.

Recordar a los viejos de rodillas en aquella rampla, contando los cientos de sardinas que habían entrado en aquella chona o en aquel salabardo, me hace rebobinar sobre el progreso de esta vida, que algunos damos en bautizar como bella. Claro que por aquel entonces, era cuando mis abuelos, escasos de pescado, y después de haberle pedido como favor a algún fabricante, le cediese unos cuantos kilos de sardina cuyo valor en la subasta de la lonja había alcanzado las 6 pesetas kilo; significaba tener que contar las piezas que entraban en ese kilo, y poder después en la feria de Moeche, San Claudio, A Barqueira, etc., vender por docena a un precio razonable. Para ello, interesaba que fuese una sardina medianera; rehuyendo de tener que cobrar una peseta por sardina. Y llegados a este punto, al cabo de 50 años, me pregunto ¿Cómo hemos evolucionado tanto? ¿Cómo hemos alcanzado a comprar un kilo de sardinas 4 €? Si aquel gremio levantase la cabeza y supiese que un kilo de sardinas en la plaza cuesta 665,50 pts…o más.

Pensar, pensar…que el valor de aquel kilo de sardinas de antaño se ha multiplicado por 110. Todo ello, en este país que los sueldos se congelan por debajo de los llamados mileuristas. Un país que destaca en la proliferación y formación de ciertas e importantes personalidades, como flor y nata de las altas esferas, aglutinados y conocidos a día de hoy, como: prevaricadores o malversadores de fondos públicos. En otras palabras, y dadas las noticias de estos tiempos que corren, podría estar hablándoles de una gran riada de ladrones a mansalva, o como vulgarmente se dice en nuestro pueblo: Ladrones a barrer. Nunca mejor dicho, y en esta España de cuyas arcas, y gracias a estos caballeretes de guante blanco, les ha desaparecido hasta el polvo, para dar paso al moribundo brillo de una pequeña alcancía, en la que se guarda con cierto “celo”, un puñado de calderilla, con el que pretenden hacer una burda copia, de aquel bíblico pasaje de los panes y los peces. 

Andrés Rubido García

No hay comentarios:

Publicar un comentario