viernes, 28 de septiembre de 2012

Ahí viene el padre rataplan...



Levantarse un domingo por la mañana, desayunar y reunirnos con los amigos, era una gozosa rutina semanal, que tan solo se “empañaba” con la obligación impuesta de tener que acudir a misa de once. Posiblemente no fuésemos niños en edad de colegio, con tendencias a la práctica de la rabona; valga como ejemplo que servidor, tan solo la llevó a cabo una vez en el corto tiempo que estuve en la escuela de Sierra. Sin embargo, acudir a la dominical misa de once, era algo que alguno de nosotros  relegábamos con cierta frecuencia. 

La mañana del domingo por excelencia, era tiempo de perderse jugando a lo impredecible; desde las escapadas o travesuras por los alrededores del puerto en construcción, empujando y paseándonos en las vagonetas que había dispuestas sobre las vías de los bloques del futuro muelle, hasta lo inimaginable, que podía terminar con algo de grasa en la ropa, tras jugar alguna que otra partida en el futbolín de Lafanadas. En cierto modo, era la verdadera y única mañana festiva, en la que tan solo reinaba una idea en nuestras pueriles mentes; dar rienda suelta a nuestros estímulos jugando, jugando y… por supuesto, después de haber visto las carteleras; y de regreso a casa, tener muy claro el no olvidarnos del evangelio de ese día, con el que poder justificar ante nuestros mayores, la fingida asistencia a la Santa Misa.

Estas mañanas domingueras, me vienen a recordar una muy especial, y cuya celebración comenzaba el sábado. De todos es sabido, que con la proximidad del domingo de Ramos, cada uno de nosotros, nos imponíamos como siempre enarbolar el ramo más grande. Para ello, nos reuníamos los compañeros a la búsqueda de dichos ramos, y…entre búsqueda y búsqueda, me surge la tentación irresistible de detenerme en cada uno de los pequeños, pero siempre interesantes y añorados detalles, que al fin y al cabo, son los que sumando, han ido construyendo este pequeño relato, que a su vez, es uno más, de entre los que componen la historia de mi vida. Es por ello, por lo que al ir desentrañando recuerdo a recuerdo, domingo a domingo; tropiezo con aquel año que visitaron nuestra parroquia dos misioneros, con los que hicimos algún recorrido por la playa, entonando a coro las letras que ellos nos habían enseñado. Una de aquellas letras creo que comenzaba diciendo: Ahí viene el padre rataplán, el misionero rataplán, el enviado por el señor…Eran letras, que ellos nos infundían, apoyados por  Don José el párroco, y por alguna que otra onza de chocolate, y  que al final y una vez aprendida, cantábamos como preludio a la búsqueda de una segunda onza, que rara vez olfateábamos.

Andrés Rubido García

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