Levantarse
un domingo por la mañana, desayunar y reunirnos con los amigos, era una gozosa rutina
semanal, que tan solo se “empañaba” con la obligación impuesta de tener que
acudir a misa de once. Posiblemente no fuésemos niños en edad de colegio, con
tendencias a la práctica de la rabona; valga como ejemplo que servidor, tan
solo la llevó a cabo una vez en el corto tiempo que estuve en la escuela de
Sierra. Sin embargo, acudir a la dominical misa de once, era algo que alguno de
nosotros relegábamos con cierta
frecuencia.
La
mañana del domingo por excelencia, era tiempo de perderse jugando a lo
impredecible; desde las escapadas o travesuras por los alrededores del puerto
en construcción, empujando y paseándonos en las vagonetas que había dispuestas
sobre las vías de los bloques del futuro muelle, hasta lo inimaginable, que
podía terminar con algo de grasa en la ropa, tras jugar alguna que otra partida
en el futbolín de Lafanadas. En cierto modo, era la verdadera y única mañana
festiva, en la que tan solo reinaba una idea en nuestras pueriles mentes; dar
rienda suelta a nuestros estímulos jugando, jugando y… por supuesto, después de
haber visto las carteleras; y de regreso a casa, tener muy claro el no
olvidarnos del evangelio de ese día, con el que poder justificar ante nuestros
mayores, la fingida asistencia a la Santa Misa.
Estas
mañanas domingueras, me vienen a recordar una muy especial, y cuya celebración
comenzaba el sábado. De todos es sabido, que con la proximidad del domingo de
Ramos, cada uno de nosotros, nos imponíamos como siempre enarbolar el ramo más
grande. Para ello, nos reuníamos los compañeros a la búsqueda de dichos ramos,
y…entre búsqueda y búsqueda, me surge la tentación irresistible de detenerme en
cada uno de los pequeños, pero siempre interesantes y añorados detalles, que al
fin y al cabo, son los que sumando, han ido construyendo este pequeño relato,
que a su vez, es uno más, de entre los que componen la historia de mi vida. Es
por ello, por lo que al ir desentrañando recuerdo a recuerdo, domingo a domingo;
tropiezo con aquel año que visitaron nuestra parroquia dos misioneros, con los
que hicimos algún recorrido por la playa, entonando a coro las letras que ellos
nos habían enseñado. Una de aquellas letras creo que comenzaba diciendo: Ahí viene el padre rataplán, el misionero
rataplán, el enviado por el señor…Eran letras, que ellos nos infundían,
apoyados por Don José el párroco, y por alguna
que otra onza de chocolate, y que al
final y una vez aprendida, cantábamos como preludio a la búsqueda de una
segunda onza, que rara vez olfateábamos.

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