sábado, 8 de septiembre de 2012

Un regalo de ensueño



Sentimiento, añoranza, morriña…que importa la razón, cuando es la propia pasión viva y latente en el corazón de cualquier emigrante por su tierra. Cuando es el momento de darle rienda suelta, y permitir que sea él, el que hable por mí. Sí, mi corazón, el verdadero ser vivo que marca cada uno de esos instantes en los que te recuerdo, cada uno de esos instantes en los que me siento transportado hacia ti…y terminar soñando, para luego…despertar con el graznido de las gaviotas que anuncian el amanecer, y cuyos primeros rayos invaden la alcoba en la que descanso plácidamente. Consagrada luz, que aprovechando sus cualidades, se filtra entre los pliegues de las cortinas con las que juguetea una suave brisa. Incorporarme y plegar dichas telas transparentes hasta permitirme descubrir una vez más, ese marco incomparable, en el que vislumbro la concha y entre cuyas cristalinas aguas se refleja el azul del cielo, salpicado de alguna que otra nube vestida de blanco inmaculado. Despertar a un nuevo amanecer frente al oriente más gallego y entre los sones y perfumes de la tierra que me vio nacer, sintiéndome libre y querido entre ese bendito y purificado aire que me llena de vida. 

Es tal mi despertar, después de tan bello sueño, que el aroma del café recién hecho, me invita a comenzar un nuevo día, que a pesar de no ser festivo, me permito disfrutarlo como tal. En el despertar, me veo Saliendo decidido y ansioso de pisar las calles por las que en otro tiempo correteaba y jugaba. En mi tranquilo caminar, me cruzo con infinidad de personas, entre las que puedo advertir esa mirada que a su vez, no puede por menos que preguntar, ¿Poldo? Una exclamación que a pesar de danzar entre la pregunta y la afirmación, me invita a sonreír con un esplendoroso y sincero ¡Sí!, cargado de rabia e inseguridad, al no ser capaz de poner nombre a quien con tanta naturalidad se ha dignado a saludarme.

 Son muchas las veces en las que contemplando imágenes, me asalta el desconcierto entre aquellos rostros tan familiarmente conocidos, y a los que no soy capaz de situar ni de ponerles nombre. Todo lo contrario, cuando recordando nombres e imágenes de mi niñez, soy incapaz de definirlos en la adultez.

A pesar de no ser la primera vez, y en la esperanza de que no sea la última; el mero hecho de pensar en visitar el pueblo, siempre me produjo una sensación indescriptible y salpicada de un desbordante deseo e impaciencia desmedida. Algo así, como el niño incapaz de dormir ante una interminable noche de reyes; y cuyo ansiado y esperado regalo se llama Cariño.  

Andrés Rubido García

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