Sentimiento, añoranza, morriña…que
importa la razón, cuando es la propia pasión viva y latente en el corazón de
cualquier emigrante por su tierra. Cuando es el momento de darle rienda suelta,
y permitir que sea él, el que hable por mí. Sí, mi corazón, el verdadero ser
vivo que marca cada uno de esos instantes en los que te recuerdo, cada uno de
esos instantes en los que me siento transportado hacia ti…y terminar soñando,
para luego…despertar con el graznido de las gaviotas que anuncian el amanecer, y
cuyos primeros rayos invaden la alcoba en la que descanso plácidamente. Consagrada
luz, que aprovechando sus cualidades, se filtra entre los pliegues de las
cortinas con las que juguetea una suave brisa. Incorporarme y plegar dichas
telas transparentes hasta permitirme descubrir una vez más, ese marco
incomparable, en el que vislumbro la concha y entre cuyas cristalinas aguas se
refleja el azul del cielo, salpicado de alguna que otra nube vestida de blanco
inmaculado. Despertar a un nuevo amanecer frente al oriente más gallego y entre
los sones y perfumes de la tierra que me vio nacer, sintiéndome libre y querido
entre ese bendito y purificado aire que me llena de vida.
Es tal mi despertar, después de tan
bello sueño, que el aroma del café recién hecho, me invita a comenzar un nuevo
día, que a pesar de no ser festivo, me permito disfrutarlo como tal. En el
despertar, me veo Saliendo decidido y ansioso de pisar las calles por las que
en otro tiempo correteaba y jugaba. En mi tranquilo caminar, me cruzo con
infinidad de personas, entre las que puedo advertir esa mirada que a su vez, no
puede por menos que preguntar, ¿Poldo? Una exclamación que a pesar de danzar
entre la pregunta y la afirmación, me invita a sonreír con un esplendoroso y
sincero ¡Sí!, cargado de rabia e inseguridad, al no ser capaz de poner nombre a
quien con tanta naturalidad se ha dignado a saludarme.
Son muchas las veces en las que contemplando
imágenes, me asalta el desconcierto entre aquellos rostros tan familiarmente
conocidos, y a los que no soy capaz de situar ni de ponerles nombre. Todo lo
contrario, cuando recordando nombres e imágenes de mi niñez, soy incapaz de
definirlos en la adultez.
A pesar de no ser la primera vez, y en
la esperanza de que no sea la última; el mero hecho de pensar en visitar el
pueblo, siempre me produjo una sensación indescriptible y salpicada de un
desbordante deseo e impaciencia desmedida. Algo así, como el niño incapaz de
dormir ante una interminable noche de reyes; y cuyo ansiado y esperado regalo
se llama Cariño.
Andrés Rubido García

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