Con el comienzo del otoño, le recuerdo
metido en el mar, a veces hasta la cintura, con aquella especie de rastrillo, cuya
pala de forma triangular y forrada de red, terminaba en un mango de palo largo. Podía transcurrir
bastante tiempo, rastreando el fondo de la playa a la búsqueda de un puñado de
berberechos. Siempre embutido en aquellas ropas de agua de color amarillo, y
cuyo gorro o sueste, completaban aquel traje, con el que combatir las
inclemencias del tiempo y como no, mitigar en lo posible las bajas
temperaturas, mientras buscaba con ahínco en los arenosos fondos de la orilla
de la concha; aquel puñado de berberechos, con los que poder llevar a su
casa el aporte necesario para el sustento de su familia.
En su rostro bonachón, curtido por el paso del tiempo y cubierto de
acusadas arrugas, se podía definir la rudeza de su trabajosa vida. Una vida
ambientada en una época difícil y en la que buscarse unas pesetas para poder
subsistir mínimamente, era toda una proeza.
El fue, una persona sobradamente
conocida, apreciada y querida por el pueblo. Un pueblo que disfrutaba de su
graciosa compañía, y cómo no, ocurrencias que en algún que otro momento, surgían
como fruto de algún que otro trago, en el que a pesar de su rudeza, solía
refugiar sus más guardados sentimientos. Emociones que en su fuero más interno,
rayaban con el muro de las angustias, y cuyo dolor solía mitigar con dicho
néctar.
Son muchas las imágenes que me llegan
con cada lata de berberechos comprada en cualquier supermercado. Berberechos
que a pesar de no ser capturados en la concha, vienen a recordarme pasajes de
aquella época, entre los que contemplo su imagen, con la misma nitidez y cariño
con el que esbozo este recuerdo.
Andrés Rubido García

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