Un
verano más que se fue, un año más que termina, y a partir de ahí, es cuando
vuelve a renacer la esperanza, entre el suspiro y la nostalgia de un pixin
lejos de su pueblo. Una vez más las circunstancias del destino lo impiden; una
vez más me prometo entre mis más grandes deseos, “El próximo año será”. Entonces,
vuelvo a percibir las imágenes de mi pueblo. Un rincón que emerge como una gran
parte de un todo de la madre naturaleza, como si de un caprichoso antojo de la
hermosura se tratase. Un capricho arropado por una mixtura de formas y
colores. Un inmenso balcón lleno de
rincones, desde los que puedo contemplar la grandiosidad de esa belleza. Son tantas
y variadas las esquinas de sus rincones y tantos los motivos, que me parece
estar vislumbrando la altanera beldad de Los Aguilones, soportando con
arrogancia los embates de las olas, y en
cuyo afanado esfuerzo, hacen denotar la blanca espuma, por la que son constantemente acariciados.
Una espuma, cuyo aroma es empujado por la brisa y nunca mejor dicho marina, a través
de la cual puedo llegar a percibir la perfecta y magistral unión del sabor a
sal del atlántico, y la bravura del Cantábrico. Es ese mismo y bello pueblo
marinero, en el que el Campo Santo,
descansa sobre el acantilado del peiral, como un deseo más de la cercanía del
mar. Es mi pueblo, y cómo no, el mismo
donde el múltiple y variado verde de los campos se funde entre la niebla que a veces corona A Capelada con el azul del cielo, a veces gris. Es allí, donde como dice una canción,” la lluvia es arte”
y forma parte del paisaje; de un bellísimo paisaje
en el que la exquisitez, desemboca en el
enlosado de la frase: “El que a Cariño va, con Cariño vuelve”, y a quien no
puedo por menos que darle las gracias al permitirme poder colgar una pequeña
parte de la hermosura de la cual nunca me cansaré de enaltecer.
Andrés
Rubido García

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