sábado, 8 de octubre de 2011

Navegando entre recuerdos


Aún hoy, después de tantos años y al igual que si de una droga se tratase; siento la necesidad de traer a mi mente hermosos y entrañables recuerdos. A medida que las arrugas y los achaques de los años que no perdonan, me van marcando y recordando que somos mortales; siento la necesidad de contemplar el mar, ese mar, compañero silencioso y testigo fiel de las buenas y malas experiencias a lo largo de cuarenta años.


Entre mis recuerdos y experiencias más amargas, están todas y cada una de las veces que me despedía de mi mujer de mis hijos. El soltar amarras y ver como en la distancia se diluía la estela que el barco dibujaba en su navegar, acrecentaba mis sentimientos de esposo y padre, que a su vez, alimentaba la emoción que me embargaba, ahogándolo todo en un nudo que terminaba formándose en mi garganta. Nudo que trataba de aliviar con la esperanza puesta en un pronto regreso, que en ocasiones se traducía en seis u ocho meses.


Sería absurdo tratar de contabilizar las veces que he tenido al igual que la mayoría de los marinos, la necesidad casi obligada de esconder mis miedos, mis temores; echándole cojones a las circunstancias. Cojones sacados de una pésima interpretación avalada por la necesidad; sobre todo, cuando la realidad es lo suficientemente cruda y dura, como para permitirme continuar disimulando un miedo que me nace desde lo más hondo de mis entrañas y me va minando hasta romper mi esfuerzo por disfrazarlo. Al final termina irremediablemente brotando como una exhalación. Entonces es cuando de verdad me escondo físicamente de mis compañeros, para no amedrentarlos más; y sin percatarme de que ellos están haciendo lo mismo que yo, intento sobreponerme a esa dura realidad, desahogando un poco de ese llanto contenido bajo el cobijo de la soledad más amarga.


En una de mis desventuras, o lo que es igual, en mi primer naufragio acaecido a las 03:55 horas del día 18 de junio de 1968, en el buque denominado “Pondal”, recuerdo que en el atardecer del día anterior, yo a las 20:00 horas había terminado mi turno de guardia de maquinas, y me reuní con el compañero que salía de su turno de guardia de timón en el puente de mando. Acordamos hacer una tortilla para calmar nuestro apetito y comérnosla en cubierta, al aire libre, tratando de aprovecharnos de lo poco bueno que disponíamos, aunque solo fuese por una noche con un tiempo de mar rizada y una brisa del NO. (Noroeste), pero que debido a la proximidad del verano, se apetecía. Sobre las 21:45 horas, después de comentar un poco nuestras andanzas por tierra, al tiempo que saboreábamos aquella tortilla con más cebollas que patatas, decidimos retirarnos a dormir.


Me despertaron a las 03:30 horas en medio de un gran alboroto, al tiempo que alguien me gritaba: “Levántate si no quieres morir ahogado como un cerdo”. El sobresalto fue tal, que nada más ponerme en pie, un fuerte golpe de mar zarandeo el barco, haciéndome perder el equilibrio, por lo que mi ceja derecha se golpeo con uno de los tornillos mariposas de la tapa de registro de un cuadro eléctrico de sonda. La sangre comenzó a brotar, pero la emergencia por la que atravesábamos, resto toda la importancia al golpe. Toda la calma, incluida la apetecible brisa que nos había acompañado en la cena, se había tornado en un infierno de olas y golpes de mar impresionantes que rompían contra el cascaron de 30 metros. Un cascarón que aunque de hierro, crujía como si de una silla vieja se tratase. Las circunstancias extrañas en las que nos hallábamos, resultarían increíbles para cualquier conocedor o experimentado marino. Un barco, que si bien minutos antes se había quedado sin gobierno, terminaba encallado en medio de un temporal de mar y rodeado de una fina niebla y sin apenas viento. Nos entrecruzábamos las miradas como buscando la respuesta, como queriendo saber que estaba pasando; y sobre todo si ese seria el final de todos nuestros buenos y malos momentos.


Las incesantes llamadas y emisiones de SOS a las distintas estaciones radiocosteras de Las Palmas y Arrecife, así como la posibilidad de que hubiese algún barco escuchando nuestra desesperada situación, razón por la que los patrones emitían tanto en onda media, como en onda corta; resonaban y martilleaban mi mente en un principio; haciendo desfilar por ella, toda una película de mi vida, de los seres más queridos, de todo aquello, a lo que sentía la necesidad de aferrarme, como si ello fuese mi única tabla de salvación, con la que poder evitar un fatídico desenlace.


Mientras preparábamos desesperadamente nuestra salvación, pude observar a compañeros de rodillas y llorando. Entre ellos, al que lo hacía rogando a Dios y a la Virgen del Carmen que no le dejase morir, porque el día antes su mujer le había dado la buena nueva por radio, de que eran padres de una hermosa niña. Al que defendía a toda costa y con un gran cuchillo entre sus manos, que no le quitasen los flotadores, a los que se aferraba como si de su último recurso se tratase. Al patrón que agarrado a la rueda del timón, intentaba salvar una embarcación que ya tenia su sala de maquinas inundada, con mas de un metro de agua. Y como no, a los más, no se si temerosos, pero si pesimistas, que gritaban: ¡De esta no nos salvamos!; Yo mismo que me había vuelto y sin apenas darme cuenta, frío, calculador y egoísta; nada más que pensaba en mí, y los sentimientos de pena habían desaparecido. Casi me atrevería a decir que me encontraba “relajado”, pero no bloqueado, pues todavía tuve la suficiente entereza, para bajar a la sala de máquinas y poder parar el único pequeño motor auxiliar que manteníamos en marcha. Recuerdo que antes de regresar a la cubierta, y al verme frente a frente de una imagen de la Virgen del Carmen colgada del mamparo de popa, le hice una promesa, que cumpliría si nos permitía volver a ver a nuestras familias.


Tras cinco largas horas de caos e incertidumbres, sobre las 09:00 horas, nos localiza una avioneta de reconocimiento, la cual, al no poder comunicarse con nosotros por radio, nos pide por un altavoz o megáfono, que nos tranquilicemos, que se encuentran en camino dos helicópteros. Pocos minutos más tarde, aparecen en la zona dos helicópteros para realizar el salvamento, viéndose obligado uno de ellos a abandonar por falta de combustible. Aún así, comencé a creer que no todo estaba perdido, que existía la posibilidad de poder volver a pisar tierra firme. Después de ver como la niebla comenzaba a disiparse, pudimos darnos cuenta del peligro que corríamos, dada la cercanía de unos arrecifes entre los que nos encontrábamos, así como el fuerte oleaje que golpeaba sobre nuestro través de babor.


Con las balsas salvavidas en el agua, recuerdo que fui uno de los primeros que salto sobre una de ellas. Teníamos que ayudarnos con los zaguales (remos cortos) para separarnos del barco en la medida de lo posible, facilitando así la maniobrabilidad del helicóptero y evitando la posibilidad de que el cable de rescate de la grúa del mismo, se enredase con las jarcias del barco. Fui el último en abandonarla, después de haber ayudado a uno de los compañeros a colocarse la braga, por haberse accidentado su mano derecha. La balsa, la abandone bastante antes de que el helicóptero volviese en mi ayuda; un golpe de mar, fue suficiente para volcarla y verme en el agua. Cuando pude ver el cable del helicóptero sobrevolando mi cabeza; me aferre a él en un intento de marinearlo, hasta conseguir colocarme la braga.

Ya en el helicóptero, camino de la costa más próxima, en este caso Marruecos; en la zona conocida como “El Cabiño”, situado a 20 millas por el Norte del Falso Bojador; contemplaba el barco. Un cascarón al que a pesar de ser mi puesto de trabajo, había sido testigo de muchos buenos y malos recuerdos; un testigo que se me antojaba vivo, y que se quedaba solo deshaciéndose entre golpes de mar cerca de unas rocas amenazantes. Aquello me entristeció y…Una vez en tierra firme y a salvo, recuerdo mientras el que comandaba la operación, dio la orden a un auxiliar para que nos diesen unas mantas y una botella de brandy para recuperarnos…Pensaba entre lo que pudo ser y no fue, al tiempo que sin darme apenas cuenta, había comenzado a llorar como un niño. Desconozco si solo era por la alegría de verme a salvo, o por la tristeza de ver al compañero de fatigas y con corazón de acero, deshaciéndose entre golpes de mar y bajo el triste graznar de las gaviotas. Poco podía imaginar, que aquel era solo el primer capítulo de un naufrago, al que todavía le esperaban y nunca mejor dicho por la proa,dos capítulos más.

Andrés Rubido García

1 comentario:

  1. Tocayo:sobran comentarios,,tan solo decirte que el dia que dejé la mar, mi madre hija,esposa y madre de marinos, emocionada me decia, ¡¡ por fin a partir de hoy podré dormir,,, un abrazo... Andres Ezequiel Garcia Vidal...

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