Cuando las Naciones Unidas a través de su Proyecto Hambre, nos informa, que
aproximadamente 24.000 personas mueren cada día de hambre o por causas
relacionadas con la misma, y que el 75% de estos fallecidos son niños menores
de 5 meses…Cuando las desgracias naturales se suceden, como puede ser el caso
de: Inundaciones, terremotos, tsunamis, etc. Fenómenos que dejan a su paso
desolación, miseria, enfermedades y muerte…Cuando los estudios realizados por
los científicos nos demuestran que dichos desastres son consecuencia del cambio
climático, y que dicho cambio climático tiene su origen en la falta de control
de los países más desarrollados e industrializados…Cuando se tiene conciencia
de que los señores que tienen la sartén por el mango, son los primeros en mirar
hacia otro lado…Cuando son los grandes capitalistas los que enfermos de egoísmo
se afanan en continuar amasando su fortuna…Cuando los días, meses y años pasan
sin hacer nada positivo para evitar tales desgracias…Sera porque les resulta
más rentable a estos potentados capitalistas y gobernantes continuar mirando
hacia otro lado, mientras todo esto ocurre…
Y cuando
todo esto está ocurriendo, cuando se toma conciencia de la realidad que nos
rodea. La imagen que nacida del subconsciente se forma en nuestra mente, nos
habla de una indignación ilimitada; tanto es así, que por mucho optimismo que
le pongamos a la vida, a nuestro día a día; la frustración, ese fenómeno que
nos invade como consecuencia del abuso, del trabajo mal hecho, de la falta de dedicación
e incompetencia de los que despreocupándose de sus verdaderas
responsabilidades, han dedicado la mayor parte de su malgastado tiempo, en
amasar sus fortunas, gracias a sus generosos intereses bancarios, a sus
generosos salarios; todo ello, frente a la precaria situación de aquellos a los
que ya no les queda más que asistir impertérritos al embargo de sus bienes; más
que embargo, robo, del fruto de todo un esfuerzo de años, sudor y lagrimas; esa
frustración crece hasta convertirse en indignación.
Esos
indignados, son los mismos que no alcanzan a comprar un trozo de pan con el que
alimentar a los suyos. Son la carne de cañón, de cuyo esfuerzo, sudor y
lagrimas, se aprovechan de forma abusiva los peces gordos para alimentar sus
cuentas corrientes.
Son como
siempre, los trabajadores cuyas razones se pisotean, los que pierden sus
derechos a pesar de reventar sus gargantas pidiendo explicaciones que no tienen
respuestas. Son por así decirlo, los verdaderamente indignados. Una indignación
que afecta a todas las familias de trabajadores que componemos y convivimos en
este puto y corrupto sistema, en el que de forma desesperada, tratamos de
mantener vivo ese pequeño ápice de esperanza, a la espera de poder llegar a ver
en ese oscuro y largo túnel de miseria, un puntito de luz que sea el referente
de una pronta recuperación. Mientras…, aquellos que en su día nos prometieron
un país de ensueño, hoy se esfuerzan en ocultar tras sus mordaces sonrisas, el
sentimiento de culpa que les delata como únicos irresponsables y por lo tanto,
culpables de tanta miseria. Son por así decirlo y nunca mejor dicho, un puñado
de delincuentes al servicio de sus cuentas corrientes.
Andrés
Rubido García

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