A veces, cuando la apatía comienza a invadir mis razones de ser, adentrándose y afectando a mi mente, rincón de mis sentimientos; me esfuerzo y rebelo haciéndole frente, tratando de pensar en algo que me ayude a no caer en esa especie de letargo en el que dicho fenómeno me sumiría, de no haberme esforzado por evitarlo. Es entonces cuando el deseo por escribir se hace manifiesto y necesito de ordenar mis ideas, a la búsqueda de algo que me motive lo suficiente, como para poder poner en práctica, uno de los ejercicios que más me ayudan a relajarme.
Como siempre, busco alguna palabra con sentido propio, que en definitiva sea por así decirlo, el eje sobre el que girará el texto, y que entre otras cosas y a ser posible, esté relacionado con algo de actualidad.
Amor, palabra nacida para felicidad y desgracia de muchos mortales, cuyo solo hecho de pronunciarla, me invita al recuerdo y como no, a escribir sobre uno de los conceptos más maravillosos. Un concepto que en este mes que comienza, es capaz de hacer frente a la más acusada melancolía, o porque no decirlo, convertirla en uno de los males más difíciles de superar. Todo depende del color del cristal con que se mire, y como no, de las circunstancias del momento.
Sea como fuere, el amor es fuente de pasiones y no entiende de clases sociales, razas ni edad; simplemente es lo que su nombre define, y lo que a todo lo largo y ancho del universo, se entiende como la única bandera capaz de permitírsele ondear allá donde fuere.
Amor, un concepto cuyo incalculable valor no tiene precio. Quizá sea esta una de las razones que más enfrentamientos ha creado entre muchos de los mortales, sembrando odio y discordia, a cambio de un amor imposible.
Yo, desde estos renglones, y a pesar de los males que sobre dicho concepto se puedan enumerar, les invito a cruzar las puertas de este melancólico septiembre, pensando en los momentos felizmente vividos y compartidos con esos seres queridos y amados, y porque no, de los que nos quedan por vivir en el día a día; alimentando nuestros deseos de amor para impedir con ello que estos tiempos de crisis puedan llegar a secar nuestra fuente más preciada.
Andrés Rubido García

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