viernes, 16 de septiembre de 2011

Jugando a imaginar


Huyendo del estío, y aprovechando la quietud que me brinda el hogar, doy rienda suelta a mi deseo de cumplir con aquellos que gustan de leer con cierta asiduidad, y porqué no conmigo mismo, mis más aflorados sentimientos, impresiones, pasiones, o simplemente pataletas; algo con que poder calmar mi sed de comunicación a través de la escritura. Un ejercicio que por así decirlo, es a mi modo de ver, el más completo y veraz, en cuanto a expresión sin vuelta de hoja. Aquí no vale aquello de “donde dije digo, digo diego”; entre otras cosas, porque nada ni nadie me apremian y por consiguiente, tengo todo el tiempo del mundo para corregirme y poder expresar a través de la escritura, única y exclusivamente lo que en ese mismo momento pienso y deseo.

Hoy, a pesar de encontrarme a muchos kilómetros de distancia, mi imaginación volaba a una velocidad fuera de lo comúnmente razonable, permitiéndome caminar sobre las piedras del Peiral y mojar mis manos en alguno de los innumerables charcos que deja la marea entre las rocas salpicadas de algas. A decir verdad, no sabía donde detenerme, pues si el encanto del Peiral me embargaba; perderme por las calles del pueblo, pisar la arena de la Basteira, imaginarme remando en una gamela por las aguas de la concha, o simplemente caminar descalzo por aquella verde hierba que cubre el alto del castro, o la que cubría aquel campo en el que se tendían las redes, cerca del cascadero y del que muy cerca viví durante varios años… Algo tan simple y maravillosamente gratificante, como es el hecho de dejarme llevar por esta picarona imaginación, hasta el punto de creerme conversando con muchos de vosotros, a los que añoro y con los que conservo la esperanza de poder reunirme, para poder continuar jugando con la imaginación, evocando juegos y anécdotas de aquella época de pistolas y espadas de madera, de canicas de barro y de muchos otros juegos, en los que la electrónica del momento, tan solo era parte de la ficción.

Andrés Rubido García

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