El tiempo transcurre sin piedad, comportándose como arma de doble filo. Nada queda del niño que apenas alcanzada la pubertad, soñaba con ser adulto. Sus sueños de adolescente, se han visto sustituidos por melancólicos y nostálgicos sentimientos de añoranza. Una añoranza que despierta pasiones de juventud en esta mente cobijada bajo un cuero cabelludo de blancas canas.
Atrás queda toda una vida de sinsabores y castigos, entremezclados con los recuerdos de anécdotas compartidas con mis amigos de infancia. Todo un gran camino recorrido plagado de toda clase de aventuras, de encuentros y desencuentros; de amargos y dulces momentos. Son quizá estos últimos los que me empujan a escribir con cierta moderación, esta especie de análisis sentimental; con el que siento la necesidad de revivir esas mil y una aventuras. Es la necesidad del niño convertido en adulto, y que hoy sentimentalmente añora aquella niñez, aquella pubertad; aquellos años de colegio. Fue la ignorancia del niño, que habiendo deseado y jugado a ser un adulto precoz; hoy vive de recuerdos. Recuerdos entre los que lógicamente, se vislumbran ciertos errores que he cometido y que sinceramente, sin llegar a sentir el arrepentimiento de ciertas niñerías, producto de la ignorancia juvenil; hoy me empujan a valorar con cierta tristeza la importancia de cada momento, de cada tiempo vivido, de cada día, de cada instante. Es por todo ello, por lo que hoy por hoy, trato de vivir la vida con la intensidad depositada en cada uno de esos instantes con los que se alimenta cada tiempo por pequeño que este sea. Es el resultado de aceptar con madurez, claridad y transparencia para conmigo mismo, la realidad de que el tiempo continúa transcurriendo y con él…crece cada vez más, el sentimiento del niño que fui, y que aún vive en mí recuerdo.
Andrés Rubido García

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