martes, 28 de junio de 2011

A mis amigos, Andrés Ángel y Tito


La vida sigue…, no entiende de razones para detenerse; quizá debiéramos analizar que pretendemos subrayar cuando decimos “La vida sigue”. Acaso utilizamos dicha expresión, como causa o razón justificable de lo acontecido; será que pretendemos echar tierra sobre aquello que por su dureza, conviene olvidemos cuanto antes. De los valores que tenemos de la vida, si me atrevería a decir que a lo largo de ella, algunos tienden a transformarse, a resquebrajarse o incluso a perderse, como valor o concepto que de cada uno de ellos teníamos. Entre otras cosas, porque a lo largo de nuestra niñez y de nuestra adolescencia; los hemos mantenido ambientados en el futuro como algo especial, en los sueños. Todo ello, hasta que la cruda realidad nos muestra su cara más amarga; y es ahí donde el dolor se nos hace patente haciendo aflorar nuestros sentimientos, despertando la tristeza. La rabia e impotencia hacen mella en nosotros, en nuestros corazones. Es cuando se nos forma ese nudo en la garganta, y los ojos se nos humedecen de infinidad de lágrimas tristes.

Nunca aceptaremos la partida de aquellos que se nos fueron; de aquellos de cuya memoria necesitamos, para mantener alegremente vivos nuestros infantiles y adolescentes recuerdos y añoranzas. De los que formaron parte de nuestros primeros juegos, y de tantos y tantos recuerdos que afloran a mi mente; y de los que nunca he querido ni quiero desprenderme. Para mí son por así decirlo, la llave con la que por primera vez se abrió ese pequeño rincón, que con tanto mimo guardo en lo más adentro de mí ser. No podría ser de otra manera, no podría permitir que se desvaneciesen los recuerdos más añorados de aquella infancia, de mi infancia; de la infancia de ellos que a pesar de haberse terminado, sigue viva en el recuerdo, en mi recuerdo.

La vida sigue…, pero poco a poco nos va dejando vislumbrar su lado más triste, su lado más duro y cruel. Es aquella parte de la que nunca nos ha gustado hablar, quizá por tratarse de la impasible y cruda realidad, tras la que esconde sus lúgubres sorpresas. Es la misma que nos zarandea y obliga a mirarnos en el espejo, en su espejo; en ese en el que reflejados, nos invita casi de forma obligada, a contemplarnos en cada momento, y a percibir cómo los años hacen mella en nosotros física y moralmente, hasta el punto de terminar comentando; como queriendo justificar lo más tremendamente injustificable, “La vida sigue”

Andrés Rubido García

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