martes, 14 de junio de 2011

A la memoria de la Mujer Gallega


Hace muy pocos días que publiqué un pequeño artículo, en el que entre otras cosas hacía constar, la total entrega y constancia de la mujer gallega por el trabajo. Siempre con la mente puesta en sus principales objetivos: su familia, su casa, y el trabajo con el que poder hacer frente a las carencias. Tan solo necesitamos recabar un poco de información entre aquellos documentos o personas que de forma directa o indirecta, tuviesen algo que ver con aquella Galicia del siglo XIX y gran parte del XX, para darnos cuenta de que la inmensa mayoría de sus mujeres, han sido y son fieles testigos de la discriminación de la mujer en el trabajo y la entereza y constancia de la que siempre ha podido presumir. Una pequeña e interesante búsqueda, para darnos cuenta de las duras pruebas con las que se veían obligadas a enfrentarse en el día a día.
 
Hablar de la mujer gallega, podríamos decir que es hablar de la mujer de su casa como se dice hoy, o de profesión sus labores, aunque con ciertas diferencias. Hablar de la mujer gallega, es hablar de la mujer trabajadora, de la mujer polivalente, de la mujer que solo entendía de trabajo sin excepciones. La mujer gallega no solo dedicaba su tiempo a las labores de la casa, que tratándose de aquella época, ya era toda una efeméride si tenemos en cuenta, los modelos de electrodomésticos y la energía utilizada por los mismos en el siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX. 
Muchas son las que no pudieron disfrutar de la niñez, entre otras cosas, porque el único juego al que podían optar, era el de su propia formación como mujer gallega. Una mujer que como bien decía antes, llevaba implícita, la entrega y constancia al trabajo.
Hablar de aquellas mujeres, es hablar de la que acudía a trabajar en la fábrica de pescado, la que descargaba las tarrafas varadas en la playa (barcos dedicados a la pesca de cerco), para lo que necesitaban introducirse en el agua hasta la cintura. La que soportaba las inclemencias del tiempo que terminaba marcando su rostro, remendando las redes o aparejos. La que trabajaba la tierra, la que comenzaba con el alba y terminaba bien entrada la noche, después de haberse asegurado que todos sus hijos habían sido atendidos. Cuando se retiraba a descansar, lo hacía pensando en el sacrifico que le suponía poder reunir un mísero salario; en el abuso y marginación laboral que todos los empresarios cometían con ellas, por el mero hecho de ser mujeres. Aún así, le sobraban fuerzas y razones para pensar, aunque fuese con los ojos húmedos, en el nuevo día, en madrugar para coger sitio en el rio para lavar la ropa. De regreso a casa, pensaba en dejar el “desayuno” preparado para sus hijos, y así, poder irse a trabajar. Un nuevo día, una nueva lucha y un suma y sigue lleno de tristezas, penurias y el valor y fortaleza que siempre les caracterizo, para continuar con la cabeza muy alta, luchando por los suyos, para los que nunca escatimó una sonrisa, por muy dura que hubiese sido la jornada. 
Quizá resulte para quien lo desconozca, para quien no lo haya vivido, que esté hablando de algo fuera de lo normal, y lo cierto es que no se equivoca; pues a día de hoy, resultaría increíble; pero no en la Galicia de del siglo XIX y principios del XX. 

No resulta nada fácil imaginar las calamidades, sufrimientos y desmanes padecidos por muchas mujeres gallegas, que visto así, podían hacer pensar en la mujer viuda, madre soltera, o simplemente abandonada de su marido, como consecuencia de los largos periodos de ausencia del mismo. La realidad era muy distinta, la emigración abrió las puertas a muchos maridos de estas trabajadoras mujeres, para con ello poder reducir las carencias y como no llegar a cumplir el sueño de muchas familias, una casa.
Pero no solo la emigración separaba al marido de la mujer. En los pueblos y ciudades costeras, los hombres se dedicaban al duro trabajo de la mar, en cuyos barcos, los largos periodos de pesca y el afán de ahorro, no permitía el fácil regreso. Es esta razón, sumada a las anteriores expuestas y a otras más que por abreviar me he dejado en el teclado, las que obligaban a la mujer gallega y trabajadora, a sufrir las vicisitudes de la vida, en las que tenía que ejercer el papel de madre y padre, y con suerte, no terminar vestida de luto con un marido y un sueño perdido, entre las frías aguas del Gran Sol.

Andrés Rubido García

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