Eres tan natural y originaria, que despiertas envidia entre aquellos que te visitan. Cada rincón tuyo un paisaje, cada paisaje una postal y cada postal un entorno en el que perderse, recreando lo más bello que Dios nos ha dado. Hueles a frescura, a lar, a tierra y a mar. Dos son los mares que te bañan y entre ellos se cuentan una y mil aventuras mientras acarician tu piel, lavándola con la más blanca y fresca espuma impregnada de su justo punto de sal; quizá por ello, son tan sabrosas las infinitas especies que en tus dos mares se crían; quizá es por ello que tus marineros te tratan y guardan con tanto celo.
Te dicen “Tierra meiga” y algo de verdad guardas, alborada que nace de tus entrañas y sonroja las mejillas de tus airosas mujeres. Son ellas, las hijas de aquellas, cuyas manos enrojecidas por la fría agua del rio, a la orilla del que se arrodillaban para lavar la ropa, las mismas que habían de estar dispuestas para labrar la tierra, para trabajar el pescado en la fábrica, para atender aquella casa en la que para poder cocinar, tendría que cortar leña, y en la que llegada la hora de la limpieza, la fregona se llamaba Maruxa y el jabón y estropajo, eran sus más fieles aliados para dejar brillante y como una patena, aquel suelo de madera sobre el que también debería de arrodillarse y en el que el esfuerzo físico, era la única solución.
Después de haber nacido en una calle de aquel Cariño del año 1948 y vivido entre las adversidades de las carencias de los años posteriores; tengo que decir que nada de eso me impidió el poder darme cuenta de la sencillez, afabilidad y entrega de sus gentes, de mi gente. Quizá ha sido y continua siendo, todo un cúmulo de circunstancias, lo que me empuja a desvelar uno de mis más guardados y queridos sentimientos. Debo y quiero decir, como hijo de Cariño, (modestia aparte) que me siento orgulloso de mis orígenes; una suerte con la que se nace, y por lo que le agradezco a la vida me permitiese ser hijo de esa bendita tierra.
Quiero terminar, pero no sin antes desde estos renglones llenos de nostalgia y cariño, dedicarle a esa tierra, a mí pueblo, a mi gente, a mis paisanos; de los que tan orgulloso me siento de ser uno más entre ellos, a pesar de la lejanía, mis más expresivas y cariñosas ¡Gracias! por ser como son.
Por último, expresar mi deseo de ser condescendiente con todos aquellos que reniegan de esa bendita tierra que tanto amo. Con su desprecio, tan solo ayudan a ensalzar y engrandecer el buen nombre de Cariño, poniendo de manifiesto el verdadero valor de Galicia y de este pueblo; así, como la magnificencia de esta tierra mía y por supuesto de todos los que al igual que yo, han tenido el privilegio de haber nacido en ella. A pesar de la distancia, agradezco la grandiosa fortuna de pertenecer a la que para mí, es la más grande y hermosa de las familias gallegas. Es por todas estas cosas y muchas más, por lo que tengo que gritar a los cuatro vientos: ¡¡¡Gracias terriña!!!
Andrés Rubido García

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