jueves, 20 de diciembre de 2018

¡¡Resistiré!!


Si bien es cierto que el Dúo Dinámico  ha cedido desinteresadamente los derechos de su canción, a la campaña de juegaterapia, entidad cuya letra han elegido como himno para l@s niñ@s enferm@s; también es cierto que después de ver el video, no he podido controlar la más aguda de las emociones. Dicho esto, y después de haber visto que la letra de dicho himno fue un poco resumida, pensando en l@s niñ@s; me decidí a recordarla entera, tal y como en su día la cantaba el Dúo Dinámico. Llegado a este punto, creo que es una letra que dice mucho, y que para aquell@s enferm@s oncológicos, en el que por desgracia, hablamos de un catalogo inmensamente variado, tanto en genero, como en edades; algo de lo que esta puñetera enfermedad no entiende, y para lo que he pensado, que no estaría de más, que nos cantásemos esta canción, tal y como nos la cantaba el Dúo Dinámico… aunque en un primer momento, reconozcamos que como cantantes somos malos, o que al intentarlo  se nos pueda quebrar la voz… Pero si echamos mano del título de la propia canción, dejando que fluya de nuestra garganta, con la misma fuerza y coraje con el que deseamos seguir adelante; entenderemos que al igual que en cualquier manifestación, la voz es la mejor herramienta, y en esta nuestra manifestación, es más que importante. A tod@s l@s que por alguna razón, se sientan aludidos, les animo a cantarla, haciendo hincapié sobre todo en el titulo de la misma. Un gran abrazo.

Andrés Rubido García

jueves, 22 de noviembre de 2018

Divagando


Imaginándome uno más, entre los sones del nordeste, ululando por entre las ramas de los árboles que rendidas por su fuerza le hacen reverencia. Entre el orvallar, apenas visible que me va calando mientras camino por tus encrucijadas y fragosas calles, a la búsqueda de lembranzas, al tiempo que el murmullo agarimoso del gentío, se convierte en melodía para mis oídos, los cuales me recuerdan la voz de mi tierra, de mi pueblo.

Después de terminar de subir por Centeás, mis pasos me conducen al campo santo. Ya ante aquella lapida, tras la cual reposan los restos de mi madre, entre otros familiares; una oración me nace de lo más profundo de mi alma, con la que intento transmitir todo el cariño que hay en mí, a esa mujer que en su día, me acuno entre sus brazos, a la que en su día me amamantó, me beso; y a la que nunca tuve la suerte de poder decirle ¡Mamá!

Quizá un poco más aliviado, salgo del Campo Santo y me arrimo a la balaustrada, para desde ella, contemplar ese bello rincón marinero, el cual nos ha servido de reunión, de juegos, de balneario y esparcimiento a los niños del pueblo… El Peiral. Recordando años pasados, reanudo mi caminar, dejando que sea  mi inquieta imaginación, la que guíe mis pasos a lo largo de la Calle del Campo, para terminar bajando por la Calle de San Bartolomé. Es ya más abajo, en esa encrucijada, en la que se me antoja buscar la Calle del Sol, esquina a la Calle Castro de abajo. Pasar cerca de la casa en la que nací y contemplar lo que pudo ser y no fue… Tras un instante, reanudo la bajada por la Calle del Sol, hasta salir a la Avenida de Manuel Fraga Iribarne. La concha, siempre bella, aunque para mí, no luzca tal y como la recuerdo, llena de barcos, tarrafas, lanchas y motoras. El humo de algunos barcos a vapor, aquellas lanchas a remos que se acercaban a la rambla, cargadas de pescado; el numeroso gentío, entre conserveros y transportistas, así como peixeiros y peixeiras, o lo que es igual, negociantes a pequeña escala, que inundaban la rambla y alrededores de la lonja… ya se perdieron. Por aquella época, solo una especie de relleno, sobre el que se disponían unos caballetes,  sobre los que se apoyaban unos palos, para tender los aparejos, volantas, trasmayos. Aquella playa, cuya arena alcanzaba lo que hoy es la avenida de Manuel Fraga Iribarne, entonces… “la carretera del muelle”

Cariño, mi pueblo, la tierra que me vio nacer; aquella de la que guardo tantas y tantas lembranzas, ligadas a una especie de morriña que me abriga como si se tratase de una segunda piel, de la que no pretendo desprenderme, aunque a día de hoy, en mi pueblo, me sienta un poco extranjero, pero queriéndolo y amándolo… cada día más.

Andrés Rubido García

domingo, 28 de octubre de 2018

Las huellas de la edad


Al igual que vamos cumpliendo años; la edad con el paso de los mismos, va dejando su huella marcada en nuestro cuerpo y en algunos recónditos rincones de nuestra mente. No obstante, ha día de hoy, soy consciente de la respuesta de mi mente ante ciertas preguntas, cuyas respuestas se hallan un tanto próximas a la frontera del olvido. Mentiría, sino reconociese cierto temor a la presencia de la huella, con la que nos va marcando la vejez. Temor a olvidar aquello que siempre e añorado, querido y amado. Después de todo, y haciendo una rudimentaria valoración de lo positivo o negativo, en mi caminar por el sendero de la vida, que me ha tocado vivir; tendría que decir, que lo positivo supera a los pasajes negativos. 

Sea como fuere, no pretendo llorarle a la diosa fortuna, a fin de que me recompense por los malos tragos vividos. Sin embargo, después de haber sobrevivido a tres naufragios; este cuarto, y sin agua por medio, también me gustaría superarlo, y no precisamente por mi total entrega ante las vicisitudes. Algo a lo que creo estoy respondiendo, pero no soy yo quien deba valorar  esa entrega. Diría, que al igual que el naufrago se agarra a un madero por pequeño que sea, y ante el cual deposita toda su confianza; es en este caso, cuando también trato de buscar y agarrarme ese madero.

Son muchas las veces que pienso, que el mero hecho de haber sido un marino, no me ha permitido disfrutar de mi familia tanto como me hubiera gustado. Es ahora con el peso de los años, cuando intento “Recuperar” el tiempo perdido. Una quimera que no se sostiene ni entre nubes de algodón. Pero es hoy, después de haber disfrutado de maravillosos acontecimientos y celebraciones familiares; hoy cuando me sobran las riquezas que no tengo ni deseo, cuando solo con mi pensión me permito disfrutar de aquellos mis seres queridos. Cuando un efusivo abrazo me recuerda la necesidad y la importancia de los mismos… cuando me recuerdo que soy el  esposo, el padre y el abuelo más feliz del mundo; es cuando le pido  a la suerte, unos añitos más de esta hermosa vida que me ha tocado vivir.

Andrés Rubido García

martes, 10 de julio de 2018

"El año que biene será"


Después de 9 años sin aparecer por mi pueblo, comienzo a hacer balance de las circunstancias. Un balance con el que no trato de rendirle cuentas a nadie, porque a Dios gracias, nada debo. Quizá me sienta en deuda con esos abrazos y parabienes  que me gustaría poder dar a mis paisanos, a mis amigos, a mis parientes. A esa gran familia, que con lazos de sangre o no, continuo manteniendo vivos en mi corazón.

Se acerca el día más grande del pueblo, y cómo no, el de los marineros. Es la Gran Festividad de la Patrona, el de nuestra Señora del Carmen, el de nuestra Virgen más querida. Es el momento de comenzar a pensar en pintar los barcos y tenerlos preparados para nuestro Gran Día por excelencia. Entre los entregados componentes de nuestra famosa Danza de Arcos; ya comienzan a entrenar y soñar despiertos con ese gran momento, en el que es muy difícil huir de las emociones, al verlos danzar con respeto, con amor y con la ilusión que inunda sus corazones alrededor de nuestra patrona, de la más querida.

Por todo ello, y una vez más, sin ánimo de perder las esperanzas, continuo pensando “El año que viene será” Aunque reconozco, que la distancia, solo me impide la celebración de los abrazos, de convivir con todos vosotros esa hermosa Festividad, así como de disfrutar un poco de ese bendito pueblo que me vio nacer. También es cierto que no me olvidare nunca, del respeto y alegría con el que vivo ese día, en este caso, invadido por algún nudo en mi garganta, que me lleva a humedecer mis ojos, pero con todos vosotros en mi pensamiento, a los pies de nuestra patrona, mientras contemplamos a nuestra danza de arcos bailando  al son de la banda de gaitas. 

Andrés Rubido García

jueves, 22 de marzo de 2018

A la memoria de Paco


Sin un adiós, sin apenas haber exhalado un lamento, como queriendo demostrar a aquellos seres queridos que en todo momento te han arropado, que no era para tanto. Todo ello, mientras en lo más adentro de tu ser, reinaba  la idea de querer despedirte sin fuerzas, ni deseo de hacerlo. 

A mi recuerdo aflora aquella última conversación que entre posturas incomodas y la necesidad de calmantes… me hablabas de la importancia de Carmen, tu ser más querido, de tu gran temor a verte sin ella. Yo ingenuo, pretendía restar importancia  a tu malestar, hasta el punto de decirte, que se podía tratar de un estado transitorio, y que detrás vendría la mejoría… Paco, yo sé que no te has ido, quizá no te halles entre nosotros físicamente, quizá no podamos abrazarnos como solíamos hacer en cada uno de nuestros encuentros; pero para mí, al igual que para Carmen, para tus hijas, yernos, hermanos y demás familiares; de distinta manera para tus nietos y nieta, que aún son muy pequeños,  para todos aquellos que te han querido y te quieren; para todos los que hemos sabido disfrutar de tu compañía, sigues habitando entre nosotros, en nuestros corazones, en ese recuerdo que permanecerá con nosotros hasta el final de los días, entre aires de Caleta, de tu Cádiz, que nos relaciona contigo, y cómo no de tus amigos caleteros. 

Perdóname por aquella mentirijilla piadosa, al tratar de convencerte de que tu serio problema no tenía importancia. Perdóname…  Si me quedo con el vivo recuerdo de tu manera de ser, por el placer que para mi representa haberte conocido. Perdóname si no me despido de ti, perdóname si no te digo adiós, porque estás vivo en mi  corazón.
Andrés Rubido García