Sin un adiós, sin apenas haber
exhalado un lamento, como queriendo demostrar a aquellos seres queridos que en
todo momento te han arropado, que no era para tanto. Todo ello, mientras en lo
más adentro de tu ser, reinaba la idea
de querer despedirte sin fuerzas, ni deseo de hacerlo.
A mi recuerdo aflora aquella
última conversación que entre posturas incomodas y la necesidad de calmantes…
me hablabas de la importancia de Carmen, tu ser más querido, de tu gran temor a
verte sin ella. Yo ingenuo, pretendía restar importancia a tu malestar, hasta el punto de decirte, que
se podía tratar de un estado transitorio, y que detrás vendría la mejoría… Paco,
yo sé que no te has ido, quizá no te halles entre nosotros físicamente, quizá
no podamos abrazarnos como solíamos hacer en cada uno de nuestros encuentros;
pero para mí, al igual que para Carmen, para tus hijas, yernos, hermanos y
demás familiares; de distinta manera para tus nietos y nieta, que aún son muy
pequeños, para todos aquellos que te han
querido y te quieren; para todos los que hemos sabido disfrutar de tu compañía,
sigues habitando entre nosotros, en nuestros corazones, en ese recuerdo que permanecerá
con nosotros hasta el final de los días, entre aires de Caleta, de tu Cádiz, que
nos relaciona contigo, y cómo no de tus amigos caleteros.
Perdóname por aquella mentirijilla
piadosa, al tratar de convencerte de que tu serio problema no tenía
importancia. Perdóname… Si me quedo con
el vivo recuerdo de tu manera de ser, por el placer que para mi representa
haberte conocido. Perdóname si no me despido de ti, perdóname si no te digo adiós,
porque estás vivo en mi corazón.
Andrés Rubido García

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