jueves, 22 de noviembre de 2018

Divagando


Imaginándome uno más, entre los sones del nordeste, ululando por entre las ramas de los árboles que rendidas por su fuerza le hacen reverencia. Entre el orvallar, apenas visible que me va calando mientras camino por tus encrucijadas y fragosas calles, a la búsqueda de lembranzas, al tiempo que el murmullo agarimoso del gentío, se convierte en melodía para mis oídos, los cuales me recuerdan la voz de mi tierra, de mi pueblo.

Después de terminar de subir por Centeás, mis pasos me conducen al campo santo. Ya ante aquella lapida, tras la cual reposan los restos de mi madre, entre otros familiares; una oración me nace de lo más profundo de mi alma, con la que intento transmitir todo el cariño que hay en mí, a esa mujer que en su día, me acuno entre sus brazos, a la que en su día me amamantó, me beso; y a la que nunca tuve la suerte de poder decirle ¡Mamá!

Quizá un poco más aliviado, salgo del Campo Santo y me arrimo a la balaustrada, para desde ella, contemplar ese bello rincón marinero, el cual nos ha servido de reunión, de juegos, de balneario y esparcimiento a los niños del pueblo… El Peiral. Recordando años pasados, reanudo mi caminar, dejando que sea  mi inquieta imaginación, la que guíe mis pasos a lo largo de la Calle del Campo, para terminar bajando por la Calle de San Bartolomé. Es ya más abajo, en esa encrucijada, en la que se me antoja buscar la Calle del Sol, esquina a la Calle Castro de abajo. Pasar cerca de la casa en la que nací y contemplar lo que pudo ser y no fue… Tras un instante, reanudo la bajada por la Calle del Sol, hasta salir a la Avenida de Manuel Fraga Iribarne. La concha, siempre bella, aunque para mí, no luzca tal y como la recuerdo, llena de barcos, tarrafas, lanchas y motoras. El humo de algunos barcos a vapor, aquellas lanchas a remos que se acercaban a la rambla, cargadas de pescado; el numeroso gentío, entre conserveros y transportistas, así como peixeiros y peixeiras, o lo que es igual, negociantes a pequeña escala, que inundaban la rambla y alrededores de la lonja… ya se perdieron. Por aquella época, solo una especie de relleno, sobre el que se disponían unos caballetes,  sobre los que se apoyaban unos palos, para tender los aparejos, volantas, trasmayos. Aquella playa, cuya arena alcanzaba lo que hoy es la avenida de Manuel Fraga Iribarne, entonces… “la carretera del muelle”

Cariño, mi pueblo, la tierra que me vio nacer; aquella de la que guardo tantas y tantas lembranzas, ligadas a una especie de morriña que me abriga como si se tratase de una segunda piel, de la que no pretendo desprenderme, aunque a día de hoy, en mi pueblo, me sienta un poco extranjero, pero queriéndolo y amándolo… cada día más.

Andrés Rubido García

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