Imaginándome uno más, entre los sones
del nordeste, ululando por entre las ramas de los árboles que rendidas por su
fuerza le hacen reverencia. Entre el orvallar, apenas visible que me va calando
mientras camino por tus encrucijadas y fragosas calles, a la búsqueda de
lembranzas, al tiempo que el murmullo agarimoso del gentío, se convierte en
melodía para mis oídos, los cuales me recuerdan la voz de mi tierra, de mi
pueblo.
Después de terminar de subir por
Centeás, mis pasos me conducen al campo santo. Ya ante aquella lapida, tras la
cual reposan los restos de mi madre, entre otros familiares; una oración me
nace de lo más profundo de mi alma, con la que intento transmitir todo el
cariño que hay en mí, a esa mujer que en su día, me acuno entre sus brazos, a la
que en su día me amamantó, me beso; y a la que nunca tuve la suerte de poder
decirle ¡Mamá!
Quizá un poco más aliviado, salgo del
Campo Santo y me arrimo a la balaustrada, para desde ella, contemplar ese bello
rincón marinero, el cual nos ha servido de reunión, de juegos, de balneario y
esparcimiento a los niños del pueblo… El Peiral. Recordando años pasados,
reanudo mi caminar, dejando que sea mi
inquieta imaginación, la que guíe mis pasos a lo largo de la Calle del Campo,
para terminar bajando por la Calle de San Bartolomé. Es ya más abajo, en esa
encrucijada, en la que se me antoja buscar la Calle del Sol, esquina a la Calle
Castro de abajo. Pasar cerca de la casa en la que nací y contemplar lo que pudo
ser y no fue… Tras un instante, reanudo la bajada por la Calle del Sol, hasta
salir a la Avenida de Manuel Fraga Iribarne. La concha, siempre bella, aunque
para mí, no luzca tal y como la recuerdo, llena de barcos, tarrafas, lanchas y
motoras. El humo de algunos barcos a vapor, aquellas lanchas a remos que se
acercaban a la rambla, cargadas de pescado; el numeroso gentío, entre
conserveros y transportistas, así como peixeiros y peixeiras, o lo que es
igual, negociantes a pequeña escala, que inundaban la rambla y alrededores de
la lonja… ya se perdieron. Por aquella época, solo una especie de relleno,
sobre el que se disponían unos caballetes,
sobre los que se apoyaban unos palos, para tender los aparejos, volantas, trasmayos. Aquella playa, cuya arena alcanzaba lo que hoy es la avenida de
Manuel Fraga Iribarne, entonces… “la carretera del muelle”
Cariño, mi pueblo, la tierra que me
vio nacer; aquella de la que guardo tantas y tantas lembranzas, ligadas a una
especie de morriña que me abriga como si se tratase de una segunda piel, de la
que no pretendo desprenderme, aunque a día de hoy, en mi pueblo, me sienta un
poco extranjero, pero queriéndolo y amándolo… cada día más.
Andrés Rubido García

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