Cuando
la conjunción de los encantos de la vida, se ensalza en un trono hecho de
besos, ungido con las esencias del placer. Dones con los que la propia vida nos
va colmando de trocitos de felicidad, que en definitiva, nos sirvan para
sosegar el sufrimiento que también existe. Quizá, porque no todo el camino está
sembrado de flores… Pero cuando esta virtud existe, a pesar de los años, el
amor es sobradamente adulto, como para saber soslayar, o en su obstinación,
capear las rudezas del día a día, cuando la cruda realidad de la vida nos
muestra su lado menos bueno.
Aludir
a la longevidad de un amor, es tener que hurgar en el pasado buscando el umbral,
de aquella primera vez en que se cruzaron nuestras miradas, de las primeras y
titubeantes palabras. De las posteriores incertidumbres de nuestro primer
encuentro, que se adormece tras toda una noche de preguntas sin respuestas,
deshojando imaginarias margaritas.
Como
olvidar aquel primer día, en que mi mano buscaba la tuya, mientras caminábamos…
hasta que por fin, y ya cogidos de la mano, te confesé mis sentimientos hacia
ti. Toda una colección de miradas inocentes y sedientas de de unos besos,
insinuados por aquellas sonrisas, que al final eran las respuestas, al deseo de
abrazarnos, de sentirnos más cerca. Así,
cogidos de la mano caminamos a través del tiempo y de los años por el camino de
la vida, compartiendo alegrías y sinsabores, que siempre hemos procurado
afrontar entre besos y abrazos, entre palabras que nos ayudaban a entender que
la vida sigue, y que nuestra única búsqueda, era el continuar amándonos con el
mismo deseo y sencillez, de aquel primer día, en el que tu sonrisa me hablaba
de un amor indestructible.


No hay comentarios:
Publicar un comentario