Si digo que he necesitado vivir
toda una vida, para llegar a “entender” la ingenua forma de cómo la he vivido…
Tendría que decir, que he sido… pues eso, un verdadero cándido. Entre las
primeras enseñanzas recibidas, sujetas a la imposición de un régimen, del que prefiero
no hablar; pasando por una niñez rota, como consecuencia de una precoz
pubertad, que sin tener nada que ver con anomalías orgánicas ni de salud, me
sirvió como puente a una adultez temprana, e impuesta. Algo, de lo que la
mayoría de los jóvenes de mi edad, tendrán sobrados conocimientos.
Nacer en todo el apogeo de
la posguerra, con las circunstancias habidas y por haber, entre las que florecían
las carencias, privaciones; en pocas palabras, necesidades que empujaban a las
familias a sentirse avocadas a implicar a sus hijos en las tareas de los
mayores, con la consabida privacidad de una enseñanza adecuada; eran razones más que suficientes, para
terminar ejerciendo como un adulto a la edad de 12, 13, o 14 años.
Es hoy, cuando merodeando
por el invierno de mi vida, decido hacer una valoración, de mis idas y venidas
por este mundo, a día de hoy, convertido en un gran queso gruyere, en el que
cada ojo es una guarida de gánsteres, y
donde el político más “correcto y afable” aquel que más aparenta y por
el que todo un pueblo pondría las manos en el fuego, para defender su dignidad;
es a la postre, un ladrón con cargo remunerado, y privilegios por doquier.
Llegados a este punto, no tendría mayor importancia, si ha dicho ladrón, una
vez cogido con las manos llenas de billetes, se le obligase a devolver todo lo
robado; así, como la inminente dimisión de su cargo, y cómo no, su ingreso en
prisión… ¡Maravillosa ilusión! Pero resulta, que todo este proceso llevado a
cabo, de cara al pueblo, no es más que un burda pantomima, o lo que es igual,
una representación de los responsables de frenarle el carro. Hablo de lo que
sería un distinguido ladrón, que además se le acusa de: Prevaricación,
malversación, falsedad documental, tráfico de influencias, cohecho, blanqueo de
capitales. Todo un abanico de delitos cometidos, y cuyas víctimas siempre
seremos los mismos.
Pero lo verdaderamente
grave, pernicioso y cansino, es la ingente ramificación de esa tendencia al
alza, y que ha día de hoy, se ha convertido en un bucle. Ocurre, cuando se le
pierde el respeto a la justicia, cuando el cargo que se ocupa, facilita el
meter la mano, en aras de engordar nuestras cuentas, de la misma forma que lo
hace el colega de turno. Cuando ese ladrón, ese delincuente de cuello duro; es
tan solo uno más, entre toda una infinita lista de corruptos degenerados, baboseando
por inflar sus cuentas evadidas y asentadas en distintos paraísos fiscales,
mientras todos aquellos reconocidos como masa obrera, se aglutinan en las colas
del paro, a la espera de un trabajo con un salario de miseria.
Para que luego me digan, que
vivir en la añoranza de unos recuerdos, nos suele llevar a poco menos que
enquistarnos, mientras la vida se nos apaga. Me gustaría soñar plácidamente;
pero ante la incapacidad de dicho deseo, quiero despertar… pero despertar en un
país con futuro, en un país gobernado por gentes que creen que lo que hacen, es
positivo para su país y para el pueblo. Quiero despertar en un país, en el que
el pueblo abandona el sofá y la tele, y sale a la calle a luchar por sus
derechos, y a protestar por las injusticias y por la falta de aplicación e
igualdad de las leyes, para con todos.
Andrés Rubido García

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