Después
de un buen almuerzo y hallándome recostado en el sofá, con la mirada entorpecida
por la pesadez de los parpados y la
disconformidad mental y silenciosa, ante el programa que sirve a Lola de
distracción; “Siento” desde mi ya
perdido control de los impulsos, la tendencia de dichos parpados a cerrarse ante el poderío de
un apetecible sueño, que termina por empujarme hacia el abismo de una nada
despreciable siesta.
Tras una recortada hora en el limbo de los
sueños, y de regreso al mundo real, vislumbro la tacita del café que ha dejado de humear. Me incorporo para
alcanzarla, y después de paladear el pequeño sorbo; veo que a mi derecha, Lola también
duerme plácidamente, cuando está a punto de comenzar el capitulo de “Amar es
para siempre”
─
Lola va a comenzar el capítulo.
─
Ya lo se
─
¿Cómo? Pero si estabas durmiendo.
─
Tú sí que estabas durmiendo, que tienes el café congelado.
Abandono el principio de una
adormilada e incongruente discusión, y
me decido a dar otro sorbito a la taza del fresco café. Mientras, pienso que
tanto ella como yo teníamos nuestro puntito de razón, aunque a decir verdad, lo
que más abstraído me tiene, es el reconocer que con la edad termino por
compartir los gustos televisivos de Lola. Bueno…ya no sé si es con la edad, o
simplemente que algunos de mis gustos televisivos han sucumbido ante los de
ella. A pesar de estos insólitos cambios, continúo conservando mis primitivas aficiones
por los partidos de futbol, la lectura, escribir, así como una gran tendencia
al modelismo naval y otros trabajos manuales. Toda una gran variedad de
pasatiempos, y que como decía antes, ha día de hoy, alterno con el Sálvame
diario, Sálvame de Lux y otros no menos atractivos programas, bajo la batuta de
Lola.
Es esta la vida de un pensionista, que tras
haberme llevado en el charco unos cuantos años; ahora me paso el día entre mis
obligaciones con el “VM”, las visitas al médico de familia, ─el
cual se ha empeñado en curarme y nunca mejor dicho, como si de un bacalao se
tratase─
y los momentos de ocio que anteriormente mencionaba. Aunque también es cierto,
y no es vanidad ni pedantería, ni tampoco existe alguna razón tosca o poderosa
que me empuje a confesar, lo joven que me siento a pesar de la edad, de las
arrugas y de las canas. Por lo demás, mejor pasar por alto ciertas
inclemencias, que en alguna que otra circunstancia, irritan el mar de la salud.
Más quien no se ha sentido en algún que otro momento, tocado por algún
dolorcillo, catarro, u otro malestar, producto de los años, que según dicen los
más mayores, y creo no se equivocan, “No perdonan”. Pero volviendo al tema de
antes, y obedeciendo al niño que llevo dentro, al que me ayuda a sonreír, al que me anima a compartir reuniones,
juegos, y un sinfín de motivaciones, que son en definitiva la receta, con la
que me puedo permitir el lujo de reírme de mi sombra en más de una
ocasión…¡estoy hecho un chaval!
Andrés Rubido García

Conforta leerte, trasmites sabiduría con la sencillez de un anciano y la fuerza e ilusión de un niño.
ResponderEliminarGracias por tus palabras, siempre salpicadas de esa sencillez de la que hablas y saciadas de una honestidad intachable.
EliminarUn abrazo