Un día
gris como tantos otros, en aquellos largos inviernos de mí Galicia natal, de
aquel mí pueblo en el que el orvallo
engañoso y sereno, no impedía que los niños correteásemos y jugásemos;
desafiando aquella fina y pertinaz lluvia, que no lograba persuadirnos de nuestros desaforados deseos de jugar.
Ataviados
con prendas y calzado de invierno; unos, con zapatos de marca gorila, como
aquellos que en cierta ocasión, recibimos todos los alumnos como regalo del
centro, y que recuerdo fuimos a la zapatería de piñón a probarnos y recoger dichos
zapatos, junto a los cuales, completaba la equipación, un pantalón gris y un jersey, que si mal no
recuerdo, era de color azul marino. Otros, calzados con aquellas botas de agua,
que en más de una ocasión, tan solo nos servían para terminar encharcando botas
y pies, al intentar descubrir la profundidad de algún que otro charco. Al
final, aquellas botas de agua de color negro, terminaban colgadas cerca de la
chimenea de la cocina de leña, buscando el calor que ayudase a secar el húmedo
resultado de nuestra ignorante osadía. Todo ello, después de soportar como un sacabeira,
unha xota con el palo de la escoba, o
con una de las zapatillas que en ese
momento calzase; eso sí, nunca me tiro unha zoca. Alguna que otra vez, me
escapaba corriendo mientras escuchaba tras de mí, aquella frase con la que
pretendía asustarme y asegurarme la paliza, y que dependiendo de su momento,
podía sustituir o simplemente conjugar las palabras: “Co mar me coma sin elas
te vas”, o “la mar me nunca coma sin elas te vas”.
Desde
temprana edad, se nos educaba siguiendo unas reglas basadas en los principios
del régimen. La puntualidad procurábamos cumplirla ante el temor a ser castigados;
educados para saber esperar, es por ello, que en aquellos días de lluvia,
esperábamos la llegada del profesor subidos y repartidos por los alfeizares de
las ventanas. Principalmente, aquellas dos que siempre estaban más solicitadas,
desde las cuales dada su orientación, divisábamos el camino por el que
llegábamos al escolar, y por el que también solíamos ver la llegada de Don
Filiberto. Era en cada una de esas dos ventanas,
donde mayormente nos arremolinábamos y apretujábamos, entre empellones que nos
repartíamos mutuamente los compañeros allí subidos, a veces hasta cuatro en una
sola ventana.
Una conducta
normal y hasta cierto punto lógica, fruto de esa inquietud desmedida de la que aquellos
niños que hoy peinan canas, solíamos ser presa fácil, y que a esas cortas edades
nos convertía en unos “lacazans”, una frase que aunque el significado de la
misma nos habla de holgazan, la intención de nuestros mayores, era la de
tacharnos de niños traviesos, o como dicen en mi pueblo, unhos sacabeiras. Precisamente,
a aquellos cativos que pecábamos de sacabeiras, no nos gustaba se nos tachase
de paparda, y mucho menos de dar la impresión de estar nas verzas. Siempre
dispuestos a compartir los juegos de la época, sin limitaciones ni prejuicios;
a veces compartiéndolos con el sexo opuesto, como podía ser el juego de la
chapa o el escondite, y otras veces, ignorando los verdaderos riesgos a los que
nos exponíamos, y que podía dar como resultado, regresar a casa escaramouchado con alguna fendecha, firma inequívoca de algún seixo o croio
salido de la mano o tirafondas de un sacabeira del bando contrario, nada que no
pudiese solucionarse con unas gotas de “mercuro cromo”.
Andrés
Rubido García

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