lunes, 15 de abril de 2013

Un lacazán de onte



Un día gris como tantos otros, en aquellos largos inviernos de mí Galicia natal, de aquel  mí pueblo en el que el orvallo engañoso y sereno, no impedía que los niños correteásemos y jugásemos; desafiando aquella fina y pertinaz lluvia, que no lograba persuadirnos de  nuestros desaforados deseos de jugar.


Ataviados con prendas y calzado de invierno; unos, con zapatos de marca gorila, como aquellos que en cierta ocasión, recibimos todos los alumnos como regalo del centro, y que recuerdo fuimos a la zapatería de piñón a probarnos y recoger dichos zapatos, junto a los cuales, completaba la equipación,  un pantalón gris y un jersey, que si mal no recuerdo, era de color azul marino. Otros, calzados con aquellas botas de agua, que en más de una ocasión, tan solo nos servían para terminar encharcando botas y pies, al intentar descubrir la profundidad de algún que otro charco. Al final, aquellas botas de agua de color negro, terminaban colgadas cerca de la chimenea de la cocina de leña, buscando el calor que ayudase a secar el húmedo resultado de nuestra ignorante osadía. Todo ello, después de soportar como un sacabeira,  unha xota con el palo de la escoba, o con una de las zapatillas  que en ese momento calzase; eso sí, nunca me tiro unha zoca. Alguna que otra vez, me escapaba corriendo mientras escuchaba tras de mí, aquella frase con la que pretendía asustarme y asegurarme la paliza, y que dependiendo de su momento, podía sustituir o simplemente conjugar las palabras: “Co mar me coma sin elas te vas”, o “la mar me nunca coma sin elas te vas”.


Desde temprana edad, se nos educaba siguiendo unas reglas basadas en los principios del régimen. La puntualidad procurábamos cumplirla ante el temor a ser castigados; educados para saber esperar, es por ello, que en aquellos días de lluvia, esperábamos la llegada del profesor subidos y repartidos por los alfeizares de las ventanas. Principalmente, aquellas dos que siempre estaban más solicitadas, desde las cuales dada su orientación, divisábamos el camino por el que llegábamos al escolar, y por el que también solíamos ver la llegada de Don Filiberto.  Era en cada una de esas dos ventanas, donde mayormente nos arremolinábamos y apretujábamos, entre empellones que nos repartíamos mutuamente los compañeros allí subidos, a veces hasta cuatro en una sola ventana. 


Una conducta normal y hasta cierto punto lógica, fruto de esa inquietud desmedida de la que aquellos niños que hoy peinan canas, solíamos ser presa fácil, y que a esas cortas edades nos convertía en unos “lacazans”, una frase que aunque el significado de la misma nos habla de holgazan, la intención de nuestros mayores, era la de tacharnos de niños traviesos, o como dicen en mi pueblo, unhos sacabeiras. Precisamente, a aquellos cativos que pecábamos de sacabeiras, no nos gustaba se nos tachase de paparda, y mucho menos de dar la impresión de estar nas verzas. Siempre dispuestos a compartir los juegos de la época, sin limitaciones ni prejuicios; a veces compartiéndolos con el sexo opuesto, como podía ser el juego de la chapa o el escondite, y otras veces, ignorando los verdaderos riesgos a los que nos exponíamos, y que podía dar como resultado, regresar a casa escaramouchado  con alguna fendecha, firma inequívoca de algún seixo o croio salido de la mano o tirafondas de un sacabeira del bando contrario, nada que no pudiese solucionarse con unas gotas de “mercuro cromo”.


Andrés Rubido García

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