Recuerdo en mi edad de “escolar”, en la que era alumno
de Don Filiberto en el Escolar; aquel mi primer libro utilizado para estudiar.
Se trataba de una enciclopedia que me compró mi abuela en la casa de Etelvina, por
precepto de dicho profesor, y por la que hubo de pagar 40 pesetas. Un libro, utilizado
por la gran mayoría de alumnos, como norma y modelo elegido por dicho centro. Seguro
que muchos coincidirán conmigo, al referirme a dicha enciclopedia, era de la
casa ALVAREZ, y en su portada, figuraban los siguientes dibujos: Las Tablas de
la Ley, unos pulmones del cuerpo humano, un triangulo, un mapa de España
representando los ríos más importantes, un libro, un pincel con su paleta de
pintura, un cañón, y a la vera del mismo, aparecía un cartel con la célebre
fecha de 1808. Todo esto, rodeando el rostro inocente de un niño.
Sinceramente creo, que si tuviese que hacer
una “definición” de las representaciones que aparecen en la caratula de dicha
enciclopedia, emplazándonos a día de hoy; diría y para empezar, que se han
pasado las Tablas de la Ley por los mismos cataplines, echándole un par de
pulmones, en esta España políticamente bicéfala, que bajo la mirada de una monarquía
cada día más protocolariamente tocada y salpicada por la peste de la corrupción;
tiende a desmoronarse. Mientras y aprovechando los ríos revueltos, surgen como
pequeños rescoldos del fuego en su día extinguido, aquellos que se esfuerzan
por conservar como oro en paño, algo que la gran mayoría de españoles hemos
borrado de nuestra mente. Aquella España de la que se decía que era: Una,
Grande y Libre; la misma España en la que nos toco nacer y de la que se
cantaban grandes y “Heroicos” himnos, que en algún que en otro colegio, nos obligaban
a aprender. Llegados a este punto, también acude a mi memoria aquel romance de
Julio Cejador, titulado, “A España”, y que dicho sea de paso, también figuraba
entre las últimas páginas del apartado de Formación Político-Social (Niños), de
dicha enciclopedia. Recordar todo esto me agota y máxime, cuando la España
representada con los ríos que la cubren, me habla de una España que adolece
cubierta por unos ríos secos, ficticios y distintos, de corrientes más caudalosas
y no precisamente por la oscura enjundia que por ellos circula. Son ríos de
corrupción, por la que se ven arrastradas todas y cada una de las ilusiones de
la gran familia que compone nuestra masa obrera. Solo nos queda el pincel y la
paleta, para que cada cual pinte la suerte de esta España como mejor le plazca,
en un desesperado intento de insuflarse de optimismo, aunque la realidad sea clara
y abrumadoramente pésima.
Del cañón y la fecha prefiero no
hablar; tan solo quedarme con la definición que de dicha enciclopedia se hacía en la parte
más baja de la caratula, y en la que se podía leer: Enciclopedia, Intuitiva, sintética
y práctica. Visto todo esto, me da pena pensar, que se llegase a manipular
hasta el punto de distorsionar todas y cada una de las interpretaciones, en pos
de los beneficios de esta gran colección de mangantes desbocados; que hoy en
día nos asisten y que solo han servido y sirven para llevarnos a la ruina.
Andrés Rubido García

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